Tenía talento, a raudales, para eso que tanto me gusta llamado baloncesto. Un talento que le llevó a ser una gran estrella del deporte universitario y a ser fichado por los Boston Celtics en junio de 1986.
Yo, por aquel entonces, estaba a puntito de cumplir 12 años. Jugaba al basket en los aros (cuando no estaban rotos por culpa de la brutalidad de los mayores) de un colegio de barrio. Era uno de tantos críos sedientos de ídolos con cuya imagen decorar nuestras paredes, carpetas y sueños.
Len estaba destinado a saciar esa sed: porque saltaba alto, porque machacaba a placer, porque metía muchos puntos.
La noticia no pasó de ser un breve en la sección deportiva del periódico, esa que yo devoraba a diario: Len Bias había muerto a causa de una sobredosis de cocaína, tan sólo 48 horas después de anunciarse su millonario fichaje por los Boston Celtics.
Cuando lo leí, yo no sabía quién era aquel tío, pero si lo habían fichado los Celtics de Larry Bird, debía ser muy bueno. Por desgracia, yo ya no iba a tener ocasión de comprobarlo.
Desde ese día, cuando alguien menciona a ese polvo blanco y malparido en mi presencias, a veces se me viene el nombre Len Bias. Entonces, maldigo a la puta cocaína por haberme robado un puñado de buenos ratos e ilusiones de adolescencia.
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