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jueves, 22 de abril de 2010

Lo de los Nombres No Tiene Nombre.

Creo que la vida sería mucho más sencilla si las personas se limitaran a tener un solo nombre.

Pero, por desgracia, los padres se empecinan en poner a sus hijos nombres que utilizarán poco, o nada.

Así, nuestro amigo Rober, en realidad se llama Roberto María. El Roberto lo usa para el trabajo y el María sólo en las grandes ocasiones administrativas y ceremoniales.

¿No sería más sencillo haberle llamado Rober y ya está?

Y usted me dirá que Rober suena demasiado informal y que Roberto María suena mucho más regio e imperial.

No le falta razón, pero también reconozca el tremendo lío de apodos, diminutivos y similares que se acaba creando: Roberto María para el cura el día de la boda, Roberto en el trabajo, Rober para los amigos de la Universidad, Robertito para mi familia, Robito para los amigos del cole, Roro para los colegas del equipo de baloncesto...

En estos tiempos obsesionados por la normalización, tanta variedad -y el lío que genera- es absolutamente intolerable.

Por no hablar de los motes que no guardan ni la más mínima relación con el nombre original (mi nombre es Carlos Manuel, pero todo el mundo me conoce como "Mocha") o la manía de continuar las sagas familiares, que condena a un niño por toda la eternidad a ser "Manolito" o "Manolo hijo".

¡Intolerable tanto lío!

Mi propuesta concreta es que, hasta los 18 años, todos los niños y niñas sean reconocidos por un nombre provisional y que, llegada dicha edad, sea la propia persona quien elija el nombre por el que quiere ser conocido el resto de su vida, que será único y oficial a todos los efectos.

Así nos íbamos a quitar de un montón de complicaciones...

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