La foto dio la vuelta al mundo: el cadáver de un niño cosido a balazos -destrozado, de hecho- por proyectiles diseñados para tanques, mientras su hermano, de nombre David, llora desesperado abrazado a él. De fondo, un militar que intenta en vano consolar al crío. Los dos chavales huían del ataque al que estaba siendo sometida su aldea, convertida en improvisado cuartel de las fuerzas propias.
El joven estudiante de periodismo abrió el siguiente archivo, un vídeo. Había sido tomado durante aquel mismo ataque y mostraba, con no demasiada calidad, como una silueta en el cielo era alcanzada por una linea de humo y reventaba en mil pedazos. Era un misil abatiendo al helicóptero asesino y sus ocupantes. El joven periodista no pudo reprimir el comentario: "¡A la mierda, hijo de puta!"
La exclamación de odio y jubilo fue compartida por todo el planeta. Tras el incidente, quedaba bien claro quienes eran los buenos y quienes los malos de aquella guerra. Y, por eso, todo el mundo se alegró cuando ganó el bando correcto y nadie se preocupó de la suerte de los perdedores. Al fin y al cabo, eran un atajo de "ametralla-niños".
El joven estudiante de periodismo apartó la vista de la pantalla de su ordenador y contempló el pequeño monumento plantado en mitad de los árboles. Había sido levantado -justo en el lugar de su muerte- en honor a aquel "pequeño e inocente mártir por la Paz", en palabras del Secretario General de la ONU, una de las muchas personalidades que estuvo presente en la inauguración.
Sacó un par de fotos más y miró al cielo, como pidiendo inspiración divina para contar una historia mil veces contada de un modo original. Imposible. Se volvió al pueblo, a ver si entrevistando a alguno de los aldeanos sacaba algo en claro, aunque ese recurso -después de tantos años- también estaba más que exprimido. Comprobó que su billetera seguía en su sitio. En aquel lugar nadie hablaba del tema gratis. De hecho, no entrevistaba al único testigo directo de los hechos -el propio niño David, convertido ya en todo un hombre-, porque se le salía de presupuesto.
* * *
Finalmente, decidió abandonar el trabajo, pues los testimonios que se podía permitir venían de bocas ya demasiado mayores y con tendencia a irse por las ramas. Uno, por ejemplo, se había empeñado en contarle que un circo estaba de visita en el pueblo en el momento del ataque -acampado a las afueras de la ciudad-, el cual había sido enviado por el gobierno para entretener a las tropas y levantar el ánimo de la población. Desgraciadamente, para postre, el anciano le había insistido en que fotografiara un cartel del show, que tenía colgado de recuerdo en la pared.
Bueno, otra vez sería. Y con este sentimiento de tiempo y dinero perdidos, y una espinita clavada en el orgullo de periodista, se volvió a la capital.
* * *
Contra pronóstico, el joven estudiante de periodismo se volvió prestigioso y respetado. Le había llegado el momento de aprobar aquella asignatura pendiente, cuyo precio ya de sobra podía pagar. Lo haría esa misma noche, en directo y ante millones de televidentes. Sabía que David contaría la historia de siempre, pero, sin duda, una vez más le pondría a todo el país el corazón en la boca y los ojos llorosos. Además, aseguraba una buenísima cifra de audiencia.
-¿Ha llegado ya?
-Sí, está en la sala VIP.
-Genial, voy a bajar a saludarle.
Al abrir la puerta, encontraron al invitado visiblemente nervioso, presa del temblor, mientras que el televisor de la sala yacía, roto y humeante, en el suelo.
-¡Dios mío!, ¿qué ha pasado?
-Osos, echaban una cosa de osos, yo odio a los osos, no lo podía soportar-era lo único que alcanzaba a decir balbuceando.
La entrevista tuvo que ser cancelada por indisposición del invitado. Aquella noche, tampoco aprobaría la asignatura pendiente. "¡Macho, este tío tiene un trauma con los osos, y gordo!", le comentó enfadado su productor.
Cierto. Y llamativo, también.
* * *
Sentado ante la foto del cartel de aquel circo, el joven estudiante de periodismo convertido en estrella se preguntaba cómo había sido capaz de desarrollar una teoría tan disparata y por qué le costaba tanto no creer que fuera cierta.
"La Increíble Osita Barbie", rezaba en grandes letras de colorines el cartel. Gracias a la magia del departamento de producción de su programa, había podido contactar con el antiguo propietario del circo, con quien mantuvo una breve entrevista telefónica.
-Entonces, me dice usted que nadie del circo -ni persona ni animal- resultó herido durante el ataque.
-No, por suerte no, aunque el enemigo nos sobrevoló.
-Estaban ustedes cerca del sitio donde mataron al niño aquel, ¿verdad?
-No sé...No me acuerdo.
-Ya. ¿Y no se les fugaría ningún animal durante el ataque?
-¡Qué cosas más estúpidas me pregunta! ¡Mire, yo le admiro a usted mucho, pero por el bien de los dos, le voy a colgar ya mismo!
-Gracias, ha sido de gran ayuda.
-¡Váyase a la mierda!
No, jamás podría probar todo aquello, ni creía que le conviniera intentarlo. Ahora lo único que le quedaba era la sensación de que a aquel niño las balas le habían destrozado el cuerpo cuando ya estaba muerto, y que unos hombres acusados de matar a sangre fría, en realidad, habían salvado una vida. Pero, sobre todo, se le habían quitado todas las ganas de entrevistar al tal David.
De hecho, sentía ganas de vomitar.
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