Pero en aquel momento daba igual. Tenía un tarde de sábado por delante y un poco de pasta en el bolsillo. En esos momentos, los autobuses son el profeta que guía a los chavales de extrarradio a la tierra prometida del centro, con sus cines, hamburgueserías y salones de maquinitas.
-Hola, Jona.
-Hola, Leopoldo.-replicó Jonathan entre extrañado y sorprendido.
-Que, ¿al centro en el 52?
-Sí.
-Entonces tienes unas pocas paraditas. Yo también voy casi hasta el final de la ruta del 103.
-¿Es que tienes el coche en el taller?
-Yo no tengo coche-contestó Leopoldo sonriendo.
-¿No tienes coche?
-No, el presupuesto no me da para esos lujos. Recuerda que doy pocas horas de clase.
-¡Qué mierda!
-¡No, todo lo contrario! Descubriros la música de Vivaldi, de Bach, de Verdi...¡De tantos y tantos grandes maestros, de esos genios de la belleza! ¡Es un trabajo estupendo!
-Pero no tienes coche.
Entonces, como la campana salvadora del boxeador sonado, llegó el 52.
-En fin, Jona, tu bus. ¡Que lo pases bien!...¡Y acuérdate de que el viernes tenemos control!
De camino al paraíso del ocio, Jonatham reflexionó sobre su conversación con Leopoldo. La conclusión era clara.
Iba a estudiar la Ópera Italiana Rita la Cantaora.
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