Seguramente no. Ahora la gente nace en hospitales, que reconozco que se gana mucho en higiene, pero se pierde encanto. Además, cada vez se ausenta uno menos para pedirle perejil a la vecina. De hecho, ya muchas veces, ni se la conoce.
Debe ser culpa de esta vida nuestra tan de acá para allá, que apenas paras por casa porque tiene que trabajar horas y horas si quiere poder pagarla. Ironías del mundo contemporáneo y adosado. Antes sí que se disfrutaba de los pisos. Antes sí que teníamos una vecina a la que encasquetarle al niño una tarde o pedir el clásico vasito de arroz. Una doña con nombre (y, normalmente, sin apellidos). Ejerciendo aquella forma tan pura de solidaridad -ya perdida- de unas microsociedades en la que todos eran como familia. Un mundo donde el problema de uno era el problema del patio, y respetabas al abuelito de Pepín el del cuarto como al tuyo propio.
Ahora los edificios son inteligentes y de diseño, pero fríos, fríos como hospitales, donde abundan los saludos con prisa y las sonrisas impersonales.

Yo crecí en un edificio feo, bobo y sin ascensor de un barrio gris de ladrillos rojos. No había problema, sus moradores lo llenábamos todo de mil colores.
"Música a cuento de..." comunidades impersonales. Un trocitín de "Mi nombre es nadie", cortesía de super Ennio Morricone.
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