Pero cuando acaba, se ha acabado. Se sale del estadio eufórico o hundido, siendo un músico más en un concierto multitudinario de comentarios cuajados de tópicos. Pero bastan unos minutos para que la vida diaria poco a poco vuelva a apoderarse de tu cabeza y, cuando llegas a casa, ya casi ni te acuerdas del resultado. Hasta el próximo partido.

Todo está permitido durante un partido. Dejas tu vergüenza, tu dignidad e incluso puede que tu razón en la puerta del estadio.
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