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lunes, 3 de octubre de 2011

El Misterio del Bibliómano Singular.

Las bibliotecarias también se jubilan, aunque parezca que no, aunque den la impresión de estar eternamente ancladas en los 51 años, tras sus gafas cursis, su jersey pasado de moda y su mala leche moderada.

A Concha la jubilación le iba a traer algo más que un reloj con placa grabada (que también).


Amadeo sentía que era su obligación moral, aunque hubieran pasado casi 40 años. Al fin y al cabo, la biblioteca seguía allí y ese libro tenía su sello estampado sobre su hoja tres.

-Hola, buenas, venía a devolver este libro en nombre de mi padre, aunque me parece que se le ha pasado un poco el plazo...

El bibliotecario examinó con suma perplejidad el tomo. ¿Dónde estaba el código de barras del sistema informático de gestión? ¿A qué sistema de clasificación pertenecía la etiqueta que tenía en el lomo?

-¿Pero este libro de cuándo es?-estalló.

-Pues, según lo que tiene estampado, mi padre lo tenía que haber devuelto hace cerca de 40 años.

-¿Y para qué nos los trae ahora?

-Es que él ha fallecido y, revisando sus cosas, ahí estaba...

-¿Y qué quiere usted que hagamos con esto?

-No sé, pensé que quizás...

-¡Hay que fastidiarde! En fin, consultaré con alguien que lleva más tiempo. ¡Concha, Concha, ven, por favor!

Concha, luciendo en la mirada todos los galones del funcionario veterano, se levantó de su silla para aproximarse lenta, altiva y amenazadora al mostrador.

-¡Este señor, que mira lo que nos trae!

Concha tomó el libro, lo situó a la distancia correcta de sus ojos, y ajustándose las gafas con gesto serio, leyó el título.

-¡"Piedras como Lágrimas de Río"!

-¿Lo conoces, Concha?

-"Piedras como Lágrimas de Río"-Concha comenzó a reírse con un gozo impropio de su sobria posición dentro del engranaje bibliotecario municipal-¡La madre que lo trajo!

-¿Es valioso, entonces?-interrogó esperanzado Amadeo, pensando que quizás había hecho su buena obra del día.

-¡No vale un pimiento, pero me trajo loca al poco de entrar a trabajar aquí! Nunca lo había cogido nadie, normal, siendo como era un ladrillo de poesía cursi, pero un fulano se lo llevó, y no hubo manera de que lo devolviera. Como yo era la nueva, me encargaron de que llamara a su casa. Lo debí hacer cien veces, pero nunca estaba para mí. Incluso le retiramos el carné y todo, pero le dio igual, jamás supimos más de él o del libro. En cualquier caso, como no interesaba a nadie, lo dejamos estar y nadie se quejó.

Amadeo acarició curioso la tapa del libro. Su padre había sido un grandísimo amante de los libros. ¿Qué tendría aquél para que hubiera merecido renunciar a todo un carné de lector a cambio de poseerlo? De haberlo sabido antes, se lo habría preguntado, pero ya era tarde. Se quedaría con la duda para siempre, así que era mejor dejarlo estar y seguir con su vida, ahora que ya había cumplido su obligación como buen ciudadano.

-Bueno, pues me voy, adiós.

Concha tomó el libro y, con una sonrisa de victoria en los labios, lo lanzó a la caja donde los ejemplares demasiado comunes y cascados para merecer otra destino esperaban su ejecución en forma de reciclaje de papel.

No es que el libro estuviera en muy mal estado, es que aquella porquería no se merecía ni los cinco minutos de tecleado que suponía reintegrarlo al sistema.

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