Hubo un hombre que, ejerciendo el supremo y sagrado derecho de consagrar la propia existencia a lo que te salga de las narices, se propuso ser el primero en llegar hasta el Infinito: Allá donde se juntan la líneas paralelas.
Tras años de caminar y caminar, por fin llegó un jueves por la tarde.
Y allí estaba un tío sentado.
-¡No me fastidie!, ¿qué hace usted aquí?
-Ya ve, tomando el Infinito.
-¿Lleva mucho tiempo?
-Sí, casi infinito. No, en serio -perdone el chiste fácil-, llevaré como unos tres años.
-¡Pues me ha chafado usted, porque yo quería ser el primero en llegar al Infinito: Allá donde se juntan las líneas paralelas!
-Ya, pasa con frecuencia. Lo mismo le dije yo al que estaba cuando llegué.
-!O sea que ni siquiera soy el segundo, soy el tercero!
-¡No qué va! ¡Debe ser usted como el veinte o así! Si tiene curiosidad, cuente las calaveras.
-¡Calaveras!
-En efecto, es que uno llega con al ilusión, y del berrinche mata al que está antes.
-¿Eso hizo usted?
-Y eso hará usted.
-¿Cómo puede decirlo con tanta sangre fría?
-Alivio más bien, que uno empieza a estar harto de tanto Infinito.
-¡Pero yo no soy un asesino!
-Pues nada, lo mejor es que se vuelva por donde ha venido.
Y así fue como aquel soñador, que no asesino, se volvió a casa. Allí le esperaba su mujer.
-¿Llegaste al Infinito: Allá donde se juntan la líneas paralelas, cariño?
-Llegué.
-¿Y qué tal?
-Psst, bastante decepcionante. Mucho turismo.
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