Un tío vestido de noble medieval cruzando tranquilamente la calle. La gente del barrio ya ni le ve, aunque alguno le saluda; los de fueran piensan que debe tratarse de algún truco publicitario, o que simplemente está como una regadera.
Hacer de Laertes tiene estas cosas: te vas a Francia a mitad del primer acto y no vuelves para vengar la muerte de tu hermana hasta la mitad del cuarto. Dos horas dos de esperar para volver a pisar el escenario.
Por eso Guy Ugagh, que siempre fue práctico y comodón, se alquiló un apartamento justo delante del teatro. ¿Qué sentido tiene la espera en el estrecho camerino, cuando se puede hacer en la comodidad del sofá de tu casa? Día tras día, función tras función, Guy se despide de su familia escénica y emprende el camino a casa. No se desviste ni se desmaquilla, que ya le he dicho que Guy Ugagh es un comodón de mucho cuidado.
El retorno está calculado: cuando el cuarto acto da comienzo, un oportuno telefonazo de un tramoyista advierte de que es hora de volver. Guy se estira el mono de cómico, hace como que se peina un poco y vuelve a cruzar la calle entre la división de opiniones.
-¿Dónde está mi padre?
Y así, día tras día, mes tras mes, -con suerte- año tras año (Hamlet siempre fue muy popular entre el público que visita la ciudad).
A veces le dicen a Guy que él tiene talento, que se ha acomodado, que podría pelear por interpretar hasta el papel del propio Hamlet. Él se limita a sonreír, encogerse de hombros y protestar: "¿Pretendes que me aprenda 1495 líneas? ¡Con las 206 de Laertes ya me basta y me sobra!"
Seguramente que Guy Ugagh nunca ganará un premio como actor, pero, como conformista y comodón, debería llevárselos todos.
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