Se lo encontrará en la cola del súper, la parada del autobús o la sala de espera del dentista.
Si está usted solo, la duda le carcomerá por dentro; si está acompañado, podrá comentar la jugada.
-Yo creo que es él.
-No, a mí me parece que es demasiado bajito.
Mientras, él, que ya se lo sabe de memoria, mira para otro lado, incómodo como un tanga de esparto.
Debe ser muy duro parecerse a un famoso. Pasarte toda tu vida bajo las miradas dubitativas y cotillas. La única solución es armarse de paciencia, y soportar el peso de la fama ajena con resignación, o armarse de valor, y decirle a todo el mundo, con una sonrisa en esos labios tan parecidos a los del famoso: "Me parezco mucho, pero no lo soy".
También habrá quien te lo recuerde:
-No sé si se lo habrán dicho alguno vez, pero usted se parece a Burt Lancaster.
-Pues sí, la verdad es que es la tercera vez que me lo dicen.
(Esta mañana).
O bien puede sacarle rédito económico a la curioso coincidencia. Se compra uno ropa parecida a la del famoso (de mercadillo, se entiende), se estudian y copian sus movimientos, se imita su voz y puede que, puestos a invertir, hasta interese que un cirujano plástico remate el parecido. Luego, se contacta con una agencia especializada, y a esperar los contratos para bromas en fiestas de cumpleaños, apariciones con texto de una línea en programas de humor o participación en anuncios publicitarios que no se pueden permitir al de verdad.
Y entonces, cuando uno ya siente el dinero extra en la cartera, el famoso en cuestión se pasa de moda y deja de interesar.
¡El muy mamón!
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