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viernes, 16 de septiembre de 2011

El Crucero de Tomas (y 8).

-¡Muchas gracias, señor capitán, ha sido usted muy amable, y toda su tripulación, claro!

-¿Lo han pasado bien?

-¡Superior!, ¿verdad, Marcos?

Marcos se limitó a estrechar la mano del capitán con una sonrisa.

-¡Bueno, es la hora de la despedida, señor capitán!

-Espero volver a verles pronto por aquí.

A Marcos la sonrisa se le agrió melancólica.

-¡Nunca se sabe, nunca se sabe!, ¿verdad, Marcos?

-¡Claro que sí!

Tomás echó una última mirada al mar, tomó una profunda bocanada de sal como despedida y descendió la pasarela que le llevaba de vuelta a su dura rutina.

No pasaron muchas horas antes de que Tomás volviera a la puerta del supermercado, porque, aunque el desayuno en el barco había sido substancioso y podía hacer las veces de comida y cena, no quería irse al albergue con el estómago vacío.

Tomás ya está de vuelta en la realidad, pero ahora sueña con mayor frecuencia, porque tiene con qué soñar, porque los bellos recuerdos del mar y la luna le inspiran mientras ronca. Sigue comiendo sus galletitas cuando puede y, aunque no son "rosbís", no pierde la esperanza de que algún día a los señores que las fabrican les vuelva a dar por regalar cruceros.

-¡Me vuelve a tocar fijo, Marquitos!

-¡Pues claro que sí, Tomás!

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