-¿Este es el sitio donde se come todo lo que uno quiera, y todo gratis?
Lo decía con la misma cautela, reverencia y excitación de un conquistador español recién llegado a El Dorado.
-Sí.
-¡Joder, no sé por donde empezar!
-Por lo que más te guste.
-¡Si es que hay muchas cosas que no sé ni lo que son y otras hace tanto tiempo que nos las pruebo, que se me ha olvidado si me gustaban o no!
-¡Pues nada, a catarlo todo!
-Sí, todo, todo, pero algunas cosas me vas a tener que explicar cómo se comen, porque no sé si voy a saber...
-Tranquilo, macho, que a mí me pasa lo mismo. ¡A ver si te crees que el sueldo de cajero da para muchos lujos!
Tomás comía a pequeños bocados, masticando cuidadosamente, como si quisiea fijar en su memoria todos y cada uno de los sabores.
-¡Hay que disfrutar bien de estas cosas, porque igual no lo pruebo más en mi vida! -dijo sonriendo con la boca medio llena. -Sabes, tío, le he dado muchas vueltas. Al principio, pensaba no comer casi, para luego no echarlo de menos cuando volviera a mi mierda de miseria, pero al final he decidido disfrutar bien de todo esto, ahora y cuando lo recuerde. Seguro que si hago un esfuerzo, la porquería de mi día a día me sabrá a estos manjares,... ¡especialmente porque me pillará con mucho hambre!
Marcos sonrió al ver tan feliz a su compañero.
-¡.Y además, Tomás, qué coño, que lo van a tirar y está muy feo tirar la comida!
-¡Que me lo digan a mí!
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