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viernes, 9 de septiembre de 2011

El Crucero de Tomás (1).

Tomás hace tiempo que no usa el apellido para nada. Es Tomás en la calle y es Tomás en el albergue. Su única familia es una prima en otra ciudad que también le llamaba Tomás. Hace mucho que no sabe nada de ella.

Tomás no tiene trabajo porque, es sus propias palabras: "lo que poco yo sé hacer, lo sabe hacer cualquiera, y mejor y más deprisa que yo".

Tomás está parado pero no para quieto: "abre, 'buenos días, señora'; cierra, 'buenos días, caballero'" . No es que le saque mucho a eso de estar en la puerta de un supermercado, pero ha aprendido a vivir con poco. "Subsistencia", así lo llaman los expertos sin experiencia en comer de regalado y dormir de prestado.

Y, no obstante, hay veces que la jornada se da muy bien, y Tomás hasta se permite el frívolo lujo de pasar al supermercado para regalarse un caprichito dulce e industrial.

-A mí las de chocolate no me gustan, yo soy más de las de nata.

Marcos, el cajero, sonríe, al tiempo que observa como Tomás se va tomando sus galletas a bocaditos, saboreando cada mordisco. Siempre es agradable ver que alguien disfruta realmente de la comida y la toma como una bendición, no como todos esos mocosos que exigen y consiguen de sus madres un bollo que no aprecian.

-¡Toma, pon tus datos y mételo en esa urna!

-¿Qué es eso?

-Para un sorteo. Se da un boleto con cada paquete.

-¿Y qué se rifa?

-Por varias cosas: un viaje, electrodomésticos y lotes de productos.

-Trae, a ver si me toca algo y se lo cambio a la empresa por el dinero...Porque, ya me contarás qué hago yo con un reproductor de DVD, si no tengo tele.

-Ja, ja, ja...

-Joder, ¿qué dirección y teléfono pongo?

-Pon la del super. Si te toca, ya te avisamos.

-¡Seguro que me toca!

De camino al albergue, Tomás se percató de que había sido la primera vez en mucho tiempo que había escrito su nombre completo.

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