A la entrada del restaurante había más movimiento que en el tanatorio cuando se muere una hormiga reina. El dueño, por si acaso, se había encerrado con llave y un mesa puesta detrás de la puerta. Estaba en contacto telefónico con una patrulla de la policía local, convenientemente alertada. Los dos agentes contemplaban la escena, a una distancia también conveniente.
-¿Pero usted qué ha hecho para que esté toda esa gente así?
-¡Ni idea!
-¿Por qué no se lo pregunta?
-¿Usted ha visto el cabreo que tienen? ¡Joder, pregúnteselo usted, que es el profesional!
-¡Tiene que ser algo bien gordo!
En ese momento, con un banco del parque como improvisado ariete, dio comienzo el asalto final al restaurante.
-¡Que le están pegando a la puerta con algo!
-Sí, lo estamos viendo. Es con un banco del parque.
-¿Pero ésos no están atornillados al suelo?
-Sí, los pobre tornillos resistieron hasta el final...Son unos héroes...
-¡Que van a tirar la puerta abajo, hagan algo!
-Ya, tiene razón, habrá que intervenir...¡A ver señores, a ver...!
Ni caso
¡Pum, pum..!
Alertado por los dos disparos al aire, el caso llegó.
-A ver, señores, un portavoz, por favor.
Un señor calvo y con bigote hispánico común se adelantó.
-¿Pero usted quién se cree que es para abrir fuego en presencia de ciudadanos?
-¡La autoridad competente!
-¡La autoridad competente, mis huevos! ¡Entrégueme esa pistola de inmediato!
-¡Oiga, no le consiento que..!
-¡Que me dé la pistola!
Es lo que tiene tratar con la turba enloquecida, que antes de que te des cuenta ya te han rodeado y desarmado. Así fue como, en heroico acto de servicio, aquellos dos valerosos agentes terminaron en pelotas en una fuente pública. El sacrificio no fue en vano, porque al señor del bar le dejaron en paz.
Y lo peor del tema es que nunca sabremos qué diablos había hecho aquel hostelero para que toda esa gente se pusiera así...
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