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sábado, 30 de abril de 2011

Los Casos de Woodchat Shrike: La Americana (6)

Nadie podía salvar a Crobbs, ni tan siquiera todo el entusiasmo de "La Americana".

Siempre intento ser el mejor en esto, aunque jamás lo seré (nunca superará a mi maestro). No es por tonta vanidad, sino para evitar sufrimientos innecesarios a mucha gente. Me gusta pensar que soy como el terrón de azúcar que ayuda a tragar la más amarga de las medicinas, ¡Ya ve usted que tontería!

Dicho lo cual, me esmeré especialmetne con Crobbs. Si "La Americana" no podía salvarle la vida, yo me aseguraría de que aquello fue casi instantáneo. Y lo fue, hay testigos muy honorables de más que contrastada reputación.

Por eso mismo no rechacé el trabajo. Haberlo hecho, haber dejado al pobre chaval en las chapuceras manos de "El Paleto" habría sido un acto de cobardía. Y yo no soy un cobarde, al menos, a ese nivel.

Pero dio igual. "La Americana" se había pasado toda madrugada delante de la cárcel, encabezando una concentración con sus entusiastas y casi sobrehumano berridos.

Y diciendo muchos tacos.

Aquella tarde, llamé a David para ver si sabía cómo estaba ella.

-Con un berrineche impresionante, amigo. ¡No para de llorar! Menuda recuerdo que se lleva de Inglaterra.

-¿Se va?

-En un par de días.

Yo era consciente de que ella estaba allí sólo de paso, como todos los estudiantes. Pero la verdad es que nunca me apeteció averiguar cuándo se iba. Como verá, a ese nivel yo sí que era bastanta cobardica.

En fin. Ya estaba. Se empuja en el baúl y se guarda para siempre. Ese baúl de dentro de mi cabeza en el que tengo tantas y tantas porquerías. Empujar simpre duele un poco, pero no dura mucho, lo que tardo en cerrar la tapa.

Al día siguiente, intenté apararentar normalidad e indiferencia en aquella mi enésima despedida para siempre. En presencia de David, le di la mano y fingí mi mejor sonrisa de simple amistad.

-¡Bueno, que tengas suerte!

-¡Gracias! ¡Seguro que más que el pobre Crobbs! ¡Cómo debio debió de sufrir!

-Apenas se enteró

(¿Por qué dije eso?)

-¿Y tú qué sabes?

-Pues porque yo mismo lo hice. 5 segundos. Eso duró todo.

(¿Qué más daba? Si se iba para siempre, tenía derecho a llevarse la verdad de recuerdo).

-¿Cómo que tú...?

-Ahorco por el País y la Reina, señorita. Y soy el mejor. Te lo garantizo.

Dicho esto, me levanté y salí por la puerta del pub sin decir palabra o darme la vuelta. "¡Hasta siempre y hasta nunca, 'Americana'!", pensé.

Siempre he sido así de torpe remantando las cosas importatnes.

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