"Terminado mi primer encuentro con el vicario, me volví de inmediato a la prisión de Strangeways, pues deseaba terminar cuanto antes con todos los preparativos de la ejecución. Así podría centrarme del todo en mis pesquisas.
Tenía la firme e inquietante convicción de que el vicario sabía mucho más de lo que decía, y me preguntaba cuál sería la razón de que un hombre de Dios permitiera que aquel cuerpo siguiera escondido, incluso a costa del agónico sufrimiento de unos padres.
Llegado a la cárcel, mi "Hombre en Strangeways" me informó de que entre aquellos muros se encontraba otro visitante: un tal doctor Edwards, que sería el encargado de hacerse cargo del cuerpo de Sharper tras su muerte. Había decidido donarlo a la investigación científica. Sin duda, más leña al fuego de la auto-propaganda para aquel tipejo.
-Es un loquero de esos. Especializado en asesinos. Se está entrevistando con Sharper. Así tendrá más datos a la hora de sacar conclusiones cuando investigue su cuerpo.
Me asomé a una pequeña mirilla situada en la puerta de la celda. Es un proceso habitual que nos permitía ver al condenado con discreción, y poder evaluar su peso y constitución física, los dos aspectos claves del asunto.
En efecto, Sharper -enclenque, encorvado, pálido y con poco pelo- no tenía mucha pinta de frío criminal, aunque, por otra parte, la mayoría de ellos no la tienen. Se lo digo yo. Junto a él, el tal Doctor Edwards le hacía una pregunta tras otra, a las que recibía respuestas poco entusiastas, que el médico anotaba en una libreta.
Decidí que las conclusiones de Edwards me podían ser de cierta utilidad, por lo que me quedé charlando con mi "Hombre en Strangeways" hasta que, por fin, se abrió la puerta de la celda.
-¿Qué le ha parecido, doctor?
-Un sujeto de estudio interesante. Estoy deseando diseccionar su cerebro.-contestó con ese aire de superioridad de ciertos profesionales de la medicina.
"Enternecedor", pensé.
-¿Opina que revelara el paradero del cadáver antes de morir, doctor?-intervine.
-¡Yo sólo soy un simple médico psiquiatra, no un adivino!
¡Qué simpático!
-¿Cree que lo hizo solo?-insistí.
-¡Por supuesto que sí! Estos tipos son siempre unos inadaptados sociales, no saben hacer nada en compañía. Viven su penosa existencia con el crimen latente y reprimido en sus cerebros, hasta que algún acto aleatoria y en apariencia inocente, hace que la bestia despierte. El sujeto no me ha querido dar más datos, pero apuesto a que la pobre niña se rió del color de su pajarita o algo similar...-me contestó antes de marcharse apresuradamente. La gente que se cree más de lo que son siempre va con mucha prisa, eso les hace sentirse todavía más importantes.
Aquel sabio sabiondo me resultó del todo desagradable, por lo que decidí que había llegado el momento de hacer mi propio estudio psiquiátrico experimental.
Bajé al sótano de la cárcel, y capturé una de las ratas que tanto abundan por allí. La metí en un saco y le dije a mi "Hombre en Strangeways" que la soltara en la celda del condenado.
-¿Estás loco? ¿Para qué?
-Sólo quiero probar una cosa. La dejas que dé un par de vueltas, y luego la matas como tú sabes.
-Pero...
-Esto esta lleno de ratas, nadie sospechará.
Dicho y hecho, el bicho fue discretamente liberado en la celda, mientras yo observaba por la mirilla.
Estaba claro que el animal producía en Sharper repugnancia y miedo, pues se echó hacia el otro lado de la celda, al tiempo que gritaba: "Una rata, ¡mátenla, mátenla!. Obediente y servicial, mi "Hombre en Strangeways" cogió una escoba y se ensañó con el pobre animal, hasta dejarlo convertido en una bola de pelo inerte impregnada de sangre por todas partes.
Entonces fue cuando Sharper empezó a vomitar y se mareó.
¿Y ése era el tío que había asesinado a una niña a sangre fría y le había arrancado los ojos de las cuencas con una navaja?"
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