Walt Sharper era mi siguiente pista. Y un individuo de lo más repugnantemente curioso.
Por resumir mi investigación en la hemeroteca: un gilipollas de vida gris al que un aciago día le dio por querer llamar la atención (pocas especies tan peligrosas como ésta sobre la faz de la tierra). Secuestró a una pobre niña indefensa de manera totalmente aleatoria, la acuchilló y escondió el cadáver, salvo los preciosos e inconfundibles ojos azules de la cría. Esos se los llevó a la comisaría para demostrar en el momento de entregarse que había cometido el crimen . Fue condenado a muerte y hasta el último momento se negó a revelar a la familia que había hecho con los restos de su niña. Por tanto, aquellos pobres padres jamás pudieran enterrar a su pobre hija como es debido.
Por si no fuera suficiente, en su inmenso afán de llamar la atención, aquel sujeto había pedido como última voluntad que lo ahorcaran el día de Nochebuena. Eso era algo que normalmente no se solía hacer, pero las autoridades -sorprendentemente- decidieron hacer una excepción. Para remate de la faena, el tal Sharper había donado su cuerpo a la ciencia para que lo investigaran. Supongo que con el fin de intentar hallar las raíces de la estupidez y la crueldad humanas en grado extremo.
La verdad es que era uno de esos casos que hacen que uno se pregunte si tales tipejos no merecen la muerte. No obstante, antes de formarme una opinión, decidí esperar a ver qué me tenía que contar mi amigo Woodchat. Al fin y al cabo, él le había dedicado el libro que me servía de pista. Y con todo su afecto.
Sí, mi única pista. ¿Por dónde seguirla? Se me ocurrió dirigirme a la Facultad de Medicina de la Universidad de Portstone, la que había estudiado al fiambre de Sharper, y confiar en que mi buena fortuna no me hubiera abandonado.
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