El amable empleado del servicio de archivos de la Universidad de Portstone no fue de mucha ayuda. El cadáver en cuestión era de hacía más de 50 años, y la información de esa época todavía no había sido pasada a la base de datos por los esclavos de la mano de obra becaria. Como él me dijo, "Esto no es Oxford ni Cambrigde. Los recursos son limitados y hay otras prioridades antes que informatizar cosas que no interesan a prácticamente nadie". Gracias por recordarme que era un bicho raro.
La única solución que me ofreció fue hacerme un pase para el almacén-archivo, donde podría pelearme con las cajas y y los cajones clasificados por años e investigador responsable, siempre y cuando nada saliera de allí sin previo consentimiento de la Universidad. Bueno, al menos me consiguió una lista de profesores de neurología y psiquiatría de la época. Era un comienzo.
El año lo tenía, ahora sólo era cuestión de ir catedrático por catedrático. Tampoco eran tantos. Con la paciencia que da una pasión impaciente, fui caja por caja, carpeta por carpeta, buscando cualquier referencia a Sharper. Empleaba casi cada minuto de mi tiempo libre entre aquellas cuatro paredes, y apuraba hasta el último segundo mis largas jornadas de investigación. Cuando venía a echarme, el amable empleado me miraba con una cara que iba ganando en perplejidad por días. Supongo que se moría de curiosidad por pedirme más datos sobre la naturaleza de mi febril investigación, pero aquello habría ido directamente contra esa discreción de la que los británicos nos sentimos tan orgullosos.
Me sorprendió la cantidad de cosas que guardaban los psiquiatras, la gran mayoría en apariencia absolutamene inútiles, aunque no dudo que hubiera una buena razón para haberlas conservado: una baraja de cartas, una camiseta, una muñeca de trapo...
¡Un saco! ¿Para que habría guardado ese tal...Dr E.T.Edwards un saco? ¿Y qué tenía dentro?
Una pequeña carpeta. Con un hermoso pajarito en la portada. La saqué del almacén sin permiso, escondida bajo mi jersey. Intuyo que el amable empleado se dio perfecta cuenta del hurto, pero supongo que el estimaba que, después de tanto trabajo, yo me merecía mi recompensa. Además, viniendo de aquel vetusto almacén, ni podía tener mucho valor ni nadie lo iba a echar en falta.
"Hasta mañana", mentí yo. "Adiós, mañana le veo", mintió él.
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