Pero aquello era Geografía, conocimientos teóricos en estado puro. Sin lugar a dudas, no había lugar para las dudas. Y con respecto a lo otro, a poner los cinco sentidos para salir vencedor en el combate de la picaresca. "¡Aquí no copia ni Blas, Trestuestes!", se dijo a sí mismo.
Regla número uno, no te puedes fiar de nadie. Que es muy amargo el suspenso, y muy tentadora la chuleta o el vistazo al ejercicio del prójimo.
Regla número dos, confía en tu instinto. Ese que hace que, al ver una cara, te apeste a tramposo.
Paola Rubio tenía precisamente esa mirada. Por difícil, por triste, por doloroso que fuera afrontarlo, Paola Rubio -Paolita, la que no trataba a los profesores como a enemigos- estaba a punto de sucumbir a los dulces encantos de copieteo. ¿Sería la primera vez? ¡Daba igual!
Sí, ahí estaba. Los peores temores se confirmaban: entre los folios del examen, asomaba a una pequeña hojita de minúscula letrucha. Una chuleta de manual de educación.
Era el último año de Paola en el colegio, y también el último examen de Geografía, muy posiblemente, de toda su vida. Paola iba de cabeza a estudiar Psicología, algo que, en su caso, no era una vocación, sino un destino histórico.
"En fin, cumpla usted con su penosa obligación, Trestuestes. Pillada con las manos en la masa, suspenso fulminante y a septiembre de cabeza. Y en septiembre ya no suelen quedar plazas en la Facultad de Psicología".
"Es una pena, sin duda. Esa niña es una estúpida integral por poner en peligro su futuro profesional y el bienestar mental de media España por una chiquillada. ¡Ella solita se lo ha buscado, que hubiera estudiado! ¡Sí, señor, la obligación de esa niña era memorizar un montón de accidentes geográficos para luego poder olvidarlos!"
"De acuerdo, es un encanto de persona, y me ha levantado el espíritu decaído en más ocasiones de las que puedo recordar, ¡pero eso no le da permiso para saltarse las normas!"
Enfrascado como estaba en estos pensamientos, a José Luis Trestuestes se le fue el santo al cielo, y cuando se dispuso a retirar la chuleta y el examen, la primera ya había desaparecido, como por arte de magia. ¡Había perdido un tiempo precioso!, sin duda de modo involuntario.
Sí, sin duda.
-Solo tengo las hojas del examen, José Luis.
-Ya, perdona, me había parecido...Bueno, sigue, anda.
* * *
Una semana después, Paola recorría sonriente el pasillo de los mayores con su boletín de notas en la mano.
-¡Enhorabuena, Paola!
-¡Gracias!
-De cabeza a Psicología.
-Bueno, todavía me falta aprobar el examen de ingreso.
-Eso está chupado. Tú eres una muy buena estudiante.
-Bueno, una veces más que otras...
-Ya.
-Oye, que...que gracias.
-Por.
-Por lo que tú ya sabes.
-No sé de qué me hablas...De nada.
-Por cierto, ¿sabes dónde está el río Urbión?
-Dímelo tú, que eres la que ha aprobado Geografía.
-¡Pues haciendo un curso!
Paola se alejó por el pasillo de los mayores, muerta de risa con su propio chiste.
¡La madre que la parió!
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