Don Cosme se preparaba en sacristía ajena para oficiar la boda de una pareja a la que no conocía ni de vista. Todo esto, acompañado por un miembro de la Guardia Civil.
-Gracias de nuevo por esto que va a hacer, padre.
-De nada, cabo, para eso estamos...¿Oiga, y qué pasa con esos dos, que el cura de aquí se niega en rotundo a casarlos y está todo el pueblo que trina con la boda?
-Cosas del ruralismo, padre. Mejor que no sepa usted nada...
-Pero los contrayentes no habrán...
-No, no, unas muy bellas personas. Ya ha visto usted que están todos los papeles en regla.
-Ya....¿Y por qué han tenido que venir al pueblo? ¿Por qué no se han casado en la capital?
-A ella le hacia ilusión, ya sabe.
-Entiendo. En fin.
-¿Listo?
-Vamos...Pero, oiga, lo del pasamontañas, ¿es necesario?
-Sí, póngaselo, padre, es por su propia seguridad.
Y así fue como el padre Cosme ofició una boda en parroquia ajena y a puerta cerrada con llave, en presencia del novio, la novia, dos padrinos de ocasión y un destacamento de las fuerzas de orden público. Y todo esto, con el rostro cubierto con un pasamontañas, por si acaso.
Llegado desde fuera, se oía el griterío insultante e insultón. Y, de repente, asomó por un ventanuco románico una cabeza sin afeitar envainada en una boina:
-¡Fuera de aquí, cabrones! ¡Y usted, dé la cara, pedazo de cobarde renegado!
En ese momento, don Cosme se alegró de haber seguido el sabio consejo de la Benemérita.
-¡Baje de ahí inmediatamente, Padre Afrodisio, o le pego un tiro!
-¡No me da la gana de bajarme, que ésta es mi parroquia! ¡Y usted, intruso mamón, me acabaré enterando de su identidad y lo voy a denunciar a la autoridad eclesiástica!
Al final, fue preciso desalojar al sacerdote por las (muy) bravas.
Terminada la ceremonia, don Cosme fue de inmediato facturado en coche de la Guardia Civil de vuelta a Gracia del Río. No se había quitado en embozo, por si acaso.
En cuanto a los novios, abandonaron la iglesia por la puerta principal (a ella le hacía ilusión), entre la clásica nube de arrojadizos que envuelve a los recién casados, aunque ésta no fue de arroz, sino de piedras. Menos mal que estaba allí la fuerza pública para escudarlos hasta el coche, al más puro estilo de un arbitrucho de segunda división. Tampoco se oyeron gritos de "¡vivan los novios!" De hecho, a estos los querían matar.
¿La razón de todo? Mejor que usted no lo sepa. Confórmese con recordar que en algunos pueblos son casi tan rencorosos como brutos.

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