La enfermera sonrió. Los abuelos primerizos eran todavía peor que los padres, y, también, lo mejor de aquel trabajo.
-Es el primero, ¿sabe?
Lo dicho.
-¡Del Madrid, va a ser más del Madrid que yo! ¡Y va a ser un jugador de mus de primera, porque yo mismo le voy a enseñar! ¡Que hasta mi pelo va a tener el chaval!
La enfermera contempló la indómita pelambrera del caballero. Si se cumplía aquel deseo, el pobre niño no iba a ganar para peines. En fin, misión cumplida, hora de seguir con el trabajo.
El abuelo se quedó sosteniendo a su nieto, en un abrazo que sería eterno.
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