-Y tú.
Ahí fueron poco originales. Cuando el último recuerdo que se tiene de un treintañero es de cuando esté aún no llegaba a los veinte, la diferencia de peso siempre es inevitable.
-¿Y qué es de tu vida?
-Me casé.
-¡No jodas!
-¡Todos los hicimos!
-Yo no.
-¡No jodas!
-¡Ya ves!...¿Y tienes críos?
-No...Sabes que nunca me gustaron los niños.
-No, no lo sabía. En el cole no hablábamos de esas cosas.
-Claro, es verdad....¿Y cómo es que no te has casado?
-Sabes que yo nunca fui de los que se casan.
-Cierto, lo decías mucho en clase...En realidad, lo decíamos todos, pero parece que tú eres el único que no ha cambiado de opinión.
-igual es que, simplemente, no he cambiado.
-¡Pues qué pena! ¡La vida es cambio, y el cambio evolución!
-Sí, quizás tengas razón.
-Bueno, que me tengo que ir. Un placer habernos vuelto a ver, ¡aunque haya sido de casualidad!
-Igualmente...Venga, nos vemos.
-Sí, eso, hasta la vista.
Se alejaron los dos corriendo cada uno por su lado, con la esperanza de que los bellos recuerdos de la niñez siguieran intactos, sin haberse visto afectos por tan absurdo e inoportuno reencuentro.
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