Los graciarrieros en pleno se echan a la calle para participar en la tradicional procesión de la madrugada del Viernes Santo (o, al menos, presenciarla).
El momento más esperado llega cuando la comitiva recala en Mayor esquina con Doctor Pérez-Piñón. Es entonces cuando el paso para y las respiraciones se contienen hasta engendran el silencio más absoluto.
-¡Aay, aaaaayyyyy, aaaaaaaaaaayyyyy......!
La saeta rasga el silencio y acaricia la noche.
-¡Ayaaayaayaayaaayyyy....aay!
Desde su balcón, Vlad Draniescu, vampiro con denominación de origen transilvana llegado a Gracia del Río (huyendo del hambre) y metido a panadero (por aquello de que hay que comer) interpreta por enésimo año consecutivo su esperadísima saeta.
Al pie del paso, Dona Soledad enjuga una lagrimita y comenta que nadie canta saetas como el señor Vlad.
Terminada su actuación, el paso sigue su paso y Vlad -tras agradecer los aplausos con una leve reverencia- se vuelve a refugiar en la misteriosa oscuridad de su alcoba.
Dicen que un día don Cosme le preguntó a Vlad cómo era eso de que le diera por cantar saetas, siendo como eran los vampiros tan poquito dados a las cosas de la religión, a lo que el rumano respondió encogiéndose de hombros y diciendo: "Mire, padre, esas son cosas que uno no sabe explicar. Se llevan en la sangre y ya está".
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