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martes, 7 de julio de 2009

El Descenso de los Embajadores (Marrones Diplomáticos).

Tres ejemplos del diplomático desprecio que los gobiernos demuestran hacia la diplomacia. En otras palabras, tres hombres cuyas apuestas por el diálogo y la razón fueron bochornosamente ninguneadas.

Kichisaburo Nomura, embajador de Japón en los Estados Unidos de Norteamérica en el momento del ataque de Pearl Harbor. Mientras el negociaba con el Secretario de Estado norteamericano Hull, sus superiores pasaron mucho de sus esfuerzos y decidieron iniciar las hostilidades. Le mandaron desde Japón el mensaje cifrado con la declaración de guerra, pero en la embajada se liaron con lo del descifre y las bombas les llegaron a los norteamericanos antes que la noticia. Para que luego digan de la eficiencia japonesa.

Graham Martin, embajador de los Estados Unidos de Norteamérica en la República de Vietnam del Sur entre 1973 y 1975. Creyó hasta el final en que los comunistas del norte no ganarían la guerra al sur. Fue evacuado -muy a regañadientes- por aire desde la embajada a un buque de guerra norteamericano. Al llegar, pidió que los helicópteros volvieran a por algunos de sus empleados vietnamitas, que habían quedado atrás. Pero el Tio Sam (encarnado en el presidente Ford), dijo que nones. La gran pregunta es por qué un país que se había pasado casi nueve años arriesgando vidas y material para tirar bombas, no podía hacer lo mismo un par de horas para salvar vidas.

Carlos Ortiz de Rozas, embajador de la República de Argentina en el Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte durante la Guerra de las Malvinas. Se enteró de la invasión por una llamada telefónica recibida a las 4 de la mañana en un hotel de Roma (eso es un despertar, y lo demás son macanas). Se encontraba allí para buscar la mediación del Papa sobre el particular. La cosa parecía ir bien. De hecho, el embajador británico en Buenos Aires le había dicho: "Las islas les van a caer en la mano como una fruta madura", hacía sólo tres meses. Sí, las cosas iban bien hasta que un puñado de espadones asesinos decidieron intentar el único camino inteligente que conoce un descerebrado.

La gente trepaba el muro de la embajada en Saigón, pero los helicópteros nunca llegaron.

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