Este es el punto de vista masculino, esos curiosos seres para los que las uñas deben estar cortas y limpias. Y ya.
Para la otra mitad de la humanidad, las uñas son una constante (y costosa) fuente de preocupación y desvelo. ¿Largas o cortas? ¿Pintadas o sin? ¿De qué color?
Por no hablar de las uñas de los pies. Esas si que están absolutamente de adorno. Es un concepto que los tíos tenemos bien asimilado. No tanto las féminas, que, rizando el rizo, se adornan compulsivamente esos diez adornos con vivos (y no tan vivos) colores.
Es, en suma, uno de las grandes ventajas de ser varón. Que dejas a tus uñas en paz (y viceversa), salvo los ocasionales dos minutos sentado en el water, con ese curioso instrumento, y esos pedacitos saliendo disparados a los cuatro confines del cuarto de baño. (A no ser que seas uno de esos tíos con pasta y clase que hace que otras personas corten sus uñas por él. El colmo del lujo, desde mi puntito de vista).
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