El chiste de Gabino Raudales Gragea fracasó estrepitosamente. Ni una sonrisilla, aunque fuera de cortesía apenada. Él lo hacía por intentar animar la cola del paro, pero estaba claro que era mejor desistir. Sin duda, lo mejor iba a ser intentar darle un poco de cháchara al de delante, por aquello de acelerar el paso del rato.
-Y usted, ¿a qué se dedica?
-A cualquier cosa que paguen, chaval.
-Ha.
Déjalo estar, Gabinete. Cantar, canturrear un poquillo, flojito y con gusto. Eso entretiene y no depende de terceros.
-¡Reloj, no marques las horas...!
(El eterno bolerazo).
-¡Mira, cólega, hazme el favor de dejar de dar el maldito coñazo!
Estaba visto que eran todos unos sosos. El periódico, mañana se compraría el periódico. Decidido.
Porque, mucho (muchísimo) se temía que habría un mañana en aquella misma cola, y un pasado angustioso y un agónico al otro. Para él...y para los demás.
No hay comentarios:
Publicar un comentario