Vigilando al Malvado Hechicero, estaba siempre un joven centinela. Rudo, cruel, y que le daba al preso su pan duro y su agua caliente con desprecio y retraso.
Eso fue los primeros años. Luego, de tanto estar juntos, acabaron haciendo amistad. Y hasta se tuteaban.
-Oye, ¿cómo es que nunca te dan el relevo?
-¿Tan harto estás de mí?
-No, no te enfades. Es sólo curiosidad.
-Yo soy el mejor centinela del mundo. Nací para guardar celdas y mazmorras, y eso es lo que hago.
-Sí, pero también naciste para hacer otras muchas cosas.
-¡No seas absurdo! ¡Me han encomendado una misión y con gusto la cumplo!
-Tú, chaval, tú estás más preso que yo.
-No, no es cierto, aquí tengo una misión, soy útil. Aquí tengo comida cuando se me viene el hambre...
-¡Si se puede llamar a esto comida!
-¡Calla, no me interrumpas!...Y techo cuando llueve.
-Sí,-contesto melancólico el Malvado Hechicero-aquí no te mojas. Pero, ¿no has pensado en la cantidad de días de sol que te estás perdiendo?
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