-Si cuando te mueres se te queda esta cara de gilipollas, creo que me va a dar mucha vergüenza palmarla- dijo él de todo corazón.
-¿Nunca habías visto a un muerto?- se extrañó ella.
-No, siempre me había dado cosa. Pero como a este señor apenas le conocia, pues me he animado. Era un cliente del despacho, ya sabes...
-Entiendo...Y tienes razón, se le ha quedado una cara de gilipollas que no es normal.
Ella reprimió a duras penas una carcajada. ¡Jo, dos años de facultad intentando hacerle reír sin éxito -porque le habían dicho que al corazón de una chica se llega por ahí- y ahora, quince años después y en un condenado tanatorio, lo lograba!
-Y tú, ¿de qué conocías al finado?
-Es..o sea, era, tío de mi marido.
A él le volvió dar un pinchacito en el alma. Por supuesto, ella estaba casado, absolutamente normal y previsible. ¿Qué más daba? Llevaba años sin verla, y ya la había olvidado completamente. O quizás no.
-Me dijiste que teníais un crío.
-Lolete, un bandarrilla. ¿Y tú?
-¿Yo?
-¡Que si están con alguien!
-¿Yo? Parece mentira que me preguntes eso. Sabes perfectamente que con las chicas yo lo único que meto es la pata.
Ella volvió a ponerle dique a una carcajada. Esta, quizás, de cierta culpa.
-Te subestimas. Te lo dije mil veces.
-Sí, me lo decías mucho. Me lo decís todas, ¡pero aquí ninguna le pone el cascabel al gato!
Esta vez, todo lo que ella puso fue una sonrisa de ternura resignada.
-Oye, ¿y esos bombones que llevas en la mano?
-La condenada doméstica del finado, que llamé a su casa preguntando por él y le entendí: "al señor se lo han llevado al sanatorio. ¿Quiere que le dé las señas?" ¡Estas señoras de los países del Este, que pronuncian muy malamente!
Esta vez sí que le costó a ella tragarse la carcajada.
Demasiado tarde para él.
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