La bajada se le estaba haciendo cuesta arriba al caballo sobre el que caminaba Oxímoron. Montura y jinete luchaban contra la debilidad con todas sus fuerzas.
Los pocos seguidores que tenía iban delante de él, para asegurarse de que cualquier emboscada no les pillara por sorpresa.
-¿Alguno tenéis agua fresca, aunque esté caliente?- susurró Oxímoron a gritos.
El silencio se escuchó por todo el valle. Si le habían oído, no le habían escuchado.
-¿Por qué no afirmáis al menos que no, amigos?
-¡Señor, nos preguntáis con vuestra propia respuesta!
-Os imploro que perdonéis tan imperdonable descortesía. -ordenó el rey- El sol de este desierto me está quitando la luz.
-¡Señor, jamás podremos perdonaros, pues jamás podréis ofendernos!
-¡Oh, no encontraré hombres más fieles, pues buscarlos sería la más alta traición a vuestra fidelidad!
-¡Señor, sabéis que vivimos para morir por vos!
-¡Y yo daria la vida por seguir viviendo junto a vosotros! Por eso me duele no poder daros más pan que el hambre ni más fortuna que la desgracia.
-¡Pero esto ha de cambiar, señor, ya sea por la razón de las armas, o por la violencia de las palabras, volveréis al trono, pues -en justicia- nunca os habéis ido!
El pobre rey asintió, dando por verdad lo que sabía mentira. Sus hombres no tenían más experiencia que su juventud, y ésa hace que se sueñen hasta las pesadillas. ¡Ay, Oxímoron, que perdiste todas tus victorias, caminas ahora, preso de tu propia libertad, con la única certeza de un destino incierto!

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