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domingo, 18 de septiembre de 2011

Gracia del Río (Un Pueblo con Poco de Ambas). Rogelio.

Rogelio no tiene nada que no sea dinero, ni tampoco parece quererlo.

Al pelo -largo- está claro que no se le fue el color por exceso de lavado, por contra, se quedó blanco de tanto esperar la visita del peluquero, virgen como está de tijera. Tres cuartos de lo mismo la barba.

Los ojos son pequeños, y sólo hechos a la luz del día, por ser ésta gratuita. A la luz de bombillas y velas, en contraste, no saben ver, por la falta de entrenamiento.

La nariz es picuda y aguileña, y se encuentra en constante búsqueda de alguna fuente de dinero.

La boca carece de dientes, ya que éstos, en lugar de caerse, se tiraron ellos mismos, en suicidio desesperado por la carencia de trabajo y la ausencia ilógica de cuidados odontológicos.

Las orejas están tan sucias que es prodigio que pueda llegarles algún sonido, teniendo las ondas que superar una cantidad de cera que haría morir de envidia a la emperatriz de las abejas reinas.

En lo referente a su cuerpo, es tal el grado de flaqueza que tienen su tronco y extremidades, que no se conoce adjetivo en todo el diccionario capaz de hacer justicia a tal nivel de ausencia de carne. Es, sin exagerar, una lección de traumatología con patas, un esqueleto al que no le han pelado la piel.

Viste siempre igual, con ropa que le regalaron, y, de puro agradecimiento, no se ha puesto otra desde hace años.

Vive en lecho de madera y cartones en la plaza del pueblo. Siempre se acuesta y se levanta con el sol, por miedo a que alguien se vaya a inventar un impuesto sobre el sueño y le pongan una multa a traición.

Ve la tele de los escaparates (que ni a los bares entra, por si acaso le cobran), escucha las radios que se asoman a las ventanas y lee los periódicos de ayer que le suministran las papeleras.

Rogelio es el pobre del pueblo, aunque dicen las malas lenguas que está podrido de dinero, porque todo lo que gana, en lugar de gastárselo en vino o apuestas, lo ahorra (aunque nadie sabe dónde lo guarda).

Visto así, el ahorro debe ser el peor de todos los vicios.

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