Fallar una pena máxima en una final de la copa del mundo (para colmo, con 0 a 0 en "El Inapelable") y que no pase de ser una anécdota es el colmo de lo anecdótico. Sí, resulta todo un lujo poder exclamar-con una inmensa sonrisa en los labios-: "¡Fallé aquel penalty!".
Eso le pasó a Antonio Cabrini en 1982, que tiró, falló...y no pasó nada, principalmente porque su equipo acabó ganando por 3 a 1.
De entrada, reitero una vez más mi profundísima admiración por el lanzador de penalty decisivo, toda una heroica figura que -en el mundo actual- se enfrenta con un valor que roza el fanatismo a un trance más propio de un personaje de la mitología griega o de una tragedia isabelina inglesa que de un chaval del extrarradio al que se le da bien dar patadas a un balón.
Dicho lo cual, lo tiró mal de narices, o sea, fuera. Porque no hay fallo de mayor envergadura que tirar un penalty fuera. Es siempre preciso asegurarse de que el balón va dentro, y dejar el resto del trabajo a la inutilidad del portero. En efecto, regla número uno del atacante balompédico: "No desprecies la torpeza de portero y defensores, a menudo ellos llevan más peligro en el área con el balón en los pies que tú".
Aunque recordemos, una vez más en descargo de Cabrini, que enfrente tenía al temible arquero germánico-teutón Tony Schumacher -con bigote y todo- y ese tío imponía. De hecho, estoy convencido de que todos los delanteros que le metieron un gol pudieron hacerlo porque no le veían la cara en el momento del remate.
Pero, ¿qué más da? Ganaron y eso es de lo que se trata. Por tanto, un "Penalty de Cabrini" es un error o problema que pudo tener graves consecuencias pero a la postre no fue así. Por ejemplo: "Me olvidé de cerrar el coche, pero fue el penalty de Cabrini, porque volví y ahí estaba".
Momento del golpeo en sí.

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