Ignacio Varas (Nacho Varas para los amigos, que son pocos pero buenos) tiene lo justo para vivir sin trabajar. Un estupendo día, le tocó la Lotería. Hizo sus cálculos y decidió marcharse a un sitio como Gracia del Río, donde las cosas son mucho más baratas que en la capital.
Tiene para comprar cada día una barra de pan, una botella de vino de combate, unos tomates, un filete y algo de fruta. Tiene para comprarse el periódico a diario y ciertos libros que le apetece leer. Tiene para tomarse una cerveza con tapa en el bar de Matías. Tiene para costearse algún que otro cacharro electrónico ocasional y para cambiar de aires unos días un par de veces al año (en autocar, eso sí).
Nacho Varas pasea las tardes de sol (las de lluvia se queda en casa a leer, oír la radio o simplemente, se dedica a ver llover). Se baja hasta el Guirlachuelo y se sienta sobre la tierra mojada de sus orillas para admirar su curso cansino, o puede que se interne en las tierras de los "S'abollas" y los "Amostachaos", y pasee sin más rumbo que el que dicta el caprichoso canto de los pajaritos.
De noche, se sienta en la terraza del bar de Matías o toma el fresco en una silla de playa a la puerta de su casa. Nacho Varas es la viva imagen de la serenidad, siempre con una sonrisa en los labios y una idea en la mirada.
Nacho Varas no tiene reloj. Se acuesta cuando tiene sueño, se levanta cuando deja de tenerlo; come cuando tiene hambre y enciende la luz porque se ha hecho de noche. En las contadas ocasiones en que quiere saber qué hora es, se baja al cercano bar y, asomando la cabeza por la puerta, pregunta: "Matías, ¿qué tienes de hora?"
Curioso. Todo el mundo sueña con que, si le toca la Lotería, hará grandes viajes o se comprará coches de lujo, o joyas o mansiones.
Pero, quizás, Nacho Varas es un único que supo entender realmente cómo se ganaba en ese juego.

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