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miércoles, 1 de diciembre de 2010

Vísteme Deprisa, que Tengo Prisa.

Dicen los poetas que nunca se pasa el tiempo tan deprisa como cuando uno es feliz junto a la persona amada.

¡Y una mierda del tamaño de las obras completas de Anónimo! Nunca se pasa tan deprisa el tiempo como cuando son las 8 con 11 minutos de la mañana, y estoy gestionando la ingestión de una tostada en la cocina de mi casa (sí, soy el único español que desayuna en su domicilio, razón por la cual la Federación de Bares y Cafeterías ha puesto precio a mi cabeza. Afortunadamente, todos sus sicarios se pasan el día tomando café abollado o cañas tapadas, por lo que estoy seguro).

¡Vivir con la hora pegada a los Montes Tirapeos (o sea, mi santo culo), ese es mi cruel destino!

Por mucho que lo intento, no logro darme prisa deprisa. En efecto, soy de apresuramiento lento; de celeridad pausada; de apuro funcionarial. Vamos, que por sistema corre el desdichado reloj más que yo.

¿Ea acaso debido a que en mi pecho late el corazón de un caracol, o simplemente es que estoy recién levantado y por ello soy mas koala que persona?

Sea cual sea la razón, lo único constatable es que siempre acabo correteando por mi calle -como el velocista que no soy-, con el reojo puesto en mi reloj y rogando al espíritu de los semáforos para que ninguno me sea desfavorable (y rojo).

Mi único consuelo, que, como dice sabio el dicho: "Las prisas son para los ladrones y los toreros malos".

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