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jueves, 2 de diciembre de 2010

Forja de Juerguistas (España en Fiestas).

Por aquello de que mis dos padres son naturales de Madrid, yo crecí sin más pueblo que una bella ciudad. Hecho que marcó mi destino de sujeto más bien alérgico al cachondeo y el sarao.

Porque, que no le engañen, ni Ibiza, ni Nueva York City, las fiestas de verdad son las de la España provincial, esas que siempre tienen un nombre en plural del tipo "Verdajeras", "San Horacios" o "Cosechadas". En ninguna otra parte del mundo se topará con lo que es norma en los pueblecitos de nuestra geografía: esas peñas del pañuelo al cuello y vaso de plástico en mano, esas paelladas populares, esa Plaza de la Constitución (Antigua Plaza del Generalísmo) tomadas al asalto por los adoradores del vino de batalla, esas naves industriales convertidas en templos de la música chunda-chunda y el Dyc-Cola, ese romance veraniego de ocasión -siempre tórrido y carnal- con un portal por testigo.

De todo eso disfrutaron mis amiguitos del colegio, y en esa auténtica escuela del desenfreno lúdico mamaron su gusto por la fiesta de luna a luna. Pasión que se trajeron de vuelta a la ciudad y a la que también dieron rienda suelta en ella.

Mientras yo, perplejo, trataba de explicarme aquella irrefrenable y generalizada obsesión por "ir al pueblo", esa que les hacía despreciar cualquier otro plan veraniego, porque "en ningún otro sitio te lo pasas como en fiestas".

Pero, por raro que le parezca, yo no cambio mi ciudad por ninguno de esos pueblos. Cierto que no tenemos capeas donde vaqullas doctoradas pillan a borrachines con bigote, o ceremonia de proclamación de reina y damas de honor, siempre acompañada por el espectáculo de variedad de algún humorista televisivo venido a menos, o castillo de fuegos artificiales como broche de oro...

...pero ni falta que nos hace.

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