Melitón Cabrejales, empleado de banca de profesión y tacaño de vocación, aprendió una dura lección un día que pasaba junto al escaparate de un centro comercial.
¿Cómo era posible que aquel televisor, que le había costado 100.000 pesetas hacía tan poquito, ahora se vendiera a menos de la mitad de ese precio?
Súbdito de la indignación, voló a la sección de electrónica, donde un amable dependiente perfectamente uniformado (o sea, con un traje ligeramente pequeño y una cantidad de gomina ligeramente grande), le informó de que la tecnología es un caballo desbocado que va dejando aparatos obsoletos a su paso.
Fue es ese momento y lugar, y en mitad de un ataque agudo de amor propio regado con tacañería, que Melitón Cabrejales juró que a él no le tomaban más el pelo.
Desde ese día, Melitón Cabrejales vive un paso por detrás de la última tecnología, es decir, "siempre a la penúltima". Ha cambiado los vistosos mostradores de las últimas novedades por rebuscar en las cajones de "liquidación". Así, se compró un walkman con radio digital coincidiendo con la llegada del discman, y su primer discman cuando se presentó el reproductor de MP3 de 128 megabytes de capacidad (aparato este último que tiene pensado adquirir a muy corto plazo).
Melitón Cabrejales disfruta tanto de la tecnología como usted y como yo: se admira de las increíbles prestaciones de su nuevo aparato, y vive su felicidad consumista. La única diferencia es que no puede andar presumiendo por ahí de que su cacharrito es el mejor de toda la oficina o el bloque.
Pero ése es un precio que está dispuesto a pagar para seguir siendo un tacaño.

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