Tiene el rostro raro, como falto de sal, y una mueca perpetua de cansancio y resignación algo irritada.
Como los perros se acaban pareciendo a sus amos -y viceversa-, los niños de la Señorita Patro también son cansinos. Si uno se asoma a la clase, los verá a todos como anestesiados, haciendo ficha tras ficha con el moflete apoyado en el pupitre y una lentitud inmensa. Mientras, la Señorita Patro deja pasar el tiempo sentada frente a su mesa, con los brazos cruzados y la mirada perdida y cotilla en el infinito de la calle de al lado. Y suspirando, como los latidos del corazón de su propio hastío.
La Señorita Patro lo que quiere es jubilarse de una vez, y, por si sus andares, ojos y resoplidos no lo dejaran bien claro, ella se dedica a repetirlo a diestro y siniestro.
"¡Yo ya he trabajado bastante!", chilla con susurros bajitos, bajitos, mientras se toma un café a sorbos y pastas.
José Luis Trestuestes hace como que le hace caso y se ríe para sus catacumbas.
"¡Qué pastas tan ricas! ¿Quién las ha traído?", dice la Señorita Patro mientras se zampa la enésima bañadita en café. "No debería, pero están tan ricas..."
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