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viernes, 16 de abril de 2010

La Furia de Navarrea.

Los sorteos coperos tienen estas cosas: un equipo malucho de tercera fila contra el mejor equipo del país. Cierto era que había precedentes de victoria de David sobre Goliat, pero esa no iba a ser la ocasión.

En aquella localidad a medio camino entre el pueblo y la ciudad, no obstante, todos quedaron muy contentos tras el partido de ida: los directivos, porque habían metido a media comarca en el campo (pagando), y los niños y las chavalitas, porque habían visto de cerca a sus ídolos. El 0-4 fue sólo una anécdota.

Para el partido de vuelta, ningún jugador olvidó cargar su cámara.

-¡Id a cambiaros, coño, y dejad de haceros fotos!-les tuvo que decir su entrenador.

5-0. 10 minutos para el final. Tampoco estaba mal. Después de todo, con lo que costaba uno de aquellos tipos, se podía comprar varias veces todo su club. ¿A quién debía sacar? Sabia que unos minutos en aquel estadio tan grande, aunque estuviera tan vacío, eran todo un premio para cualquiera de sus suplentes. A ver...¡Navarrea, que el chavalín está trabajando muy bien últimamente!

Salvador Navarrea siempre se tomó las cosas muy en serio, y aquel partido no iba a ser menos. Fresco y esclavo de la ansiedad como estaba, saltó al campo como un exhalación y empezó a correr detrás del balón como un pollo sin cabeza.

Empezaron los murmullos de cierto cachondeo en los graderíos. El entrenador empezó a preguntarse si no se había precipitando lanzando a aquella cabra loca de 18 años a tan laureado césped. ¡Salva, Salva, tranqui, macho!

* * *

¡¡¡Gol, gol!!! El entrenador no pudo reprimir una sonrisa de sorpresa y alegría. Por lo menos, no se irían a casa con su casillero a cero, que no era poco. Si es que "el Keko" era un pedazo de futbolista. Podría jugar en Segunda perfectamente. ¡Lástima que fuera tan golfo!

Mientras sus compañeros se felicitaban con sonrisas parecidas a las de su entrenador; Navarrea, como un poseso, fue en busca del balón y, tras rescatarlo de la red, recorrió a máxima velocidad el camino hasta el punto central, donde depósitó la bola. Todo esto, ante la incredulidad de propios y extraños y la hilaridad del poco respetable presente.

Las imágenes del sprint de Navarrea, balón bajo en brazo, aparecieron en todos los telediarios del día siguiente. Los más benévolos, alabaron su pundonor con mucho más paternalismo que admiración; los más crueles (que de esos siempre hay más) se limitaron a burlarse de él.

No obstante, y por un par de días, Navarrea fue uno de tantos famosos ocasionales.

Luego, se le olvidó como a la mayoría

* * *

3-2. Por ese resultado se le escapó a aquel mejor equipo del país la Liga de Campeones ocho meses después.

Cuando aquella figura de talla mundial entró en la sala de prensa, su famosa sonrisa -esa que había vendido tantos refrescos- esta bien hundida bajo un manto de decepción y rabia.

-¿Qué ha fallado hoy? ¿Qué os ha faltado?

La gran figura miró al periodista con el rostro sin escribir y le contestó con una sinceridad de la que sólo es capaz un orgullo guerrero recién derrotado.

-Los cojones del chaval aquel de la Copa.

Dicho lo cual, se levantó y se fue a llorar en solitario y a gusto.

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