Efectivamente, nadie en su sano juicio puede esperar ganar apostando más dinero del que pierde. En efecto, las pequeñas cantidades que uno araña de cuando en cuando acaban, irremisiblemente, invertidas la siguiente jornada, sorteo o partida.
Lo que nos lleva a aquello de que una apuesta aliña y sazona el deporte. Me parece muy bien, pero, por mi parte, un Madrid-Barcelona ya me parece suficientemente sabroso en sí mismo.
En realidad, según yo lo veo, el gran atractivo de la apuesta es la posibilidad de alimentar la ego-chulería propia, haciendo alarde de nuestros profundos conocimientos sobre absolutamente todo, e, incluso, de una misteriosa clarividencia sobre los caprichos del futuro inmediato.
Basta con fijarse en la satisfacción con que más de uno, de dos y de tres pregonan (cual sardinas frescues) sus aciertos al final de una carrera de caballos, o el gesto de superioridad paternal de alguno cuando dice lo de "si ya te lo decía yo, hombre" al cobrarse la cena que se cruzó sobre quién ganaría la Liga.
Pero, en cualquier caso, la que siempre gana es la banca. ¿Qué se apuesta?
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