¿Cuántas veces, muy señor mío y de su señora, ha tenido usted que arrastrar la consonante para deshacer un malentendido o duda?
¿Cuántas veces ha recalcado "billones con b" para que no se confundieran con "millones"?
Tantos siglos de idas, venidas y cambios en la lengua (esas que tantos nos fascinan a los filólogos), nos han dejado un idioma a menudo incómodo de pronunciar y de entender.
Dudas sobre qué ha hecho realmente un canario que te cuenta que se ha "ido de casa", momentos de apuro atrabalenguelado con "pogramas" y "redaciones" y, como quedo dicho, problemas con meses y cantidades.
¿Por qué no, pues, encargar a la RAE que confeccione una lista con todos los malentendidos más comunes de la Lengua Castellana y que nos den alternativas eficaces? De este modo, puede que se volvieran una institución útil a los ojos de la gran mayoría, para la que ahora son poco más que unos señores muy listos y muy aburridos que se reúnen para sacar un diccionario de cuando en cuando.
¿Por qué no?
Pues me contesto yo solito. Porque el español es un ser vivo, propiedad exclusiva de todos los que los que lo usamos con mayor o menor tino y presunta corrección. Porque sólo usted y yo, y los otros cuatrocientos millones largos de personas, decidimos qué se dice y qué se deja de decir. Porque cualquier intentó de imponer pronunciaciones o vocablos, por muy descaradamente beneficioso que sea, siempre estará condenado al fracaso y ejecutado.
Porque los reales académicos españoles de la lengua, al fin y al cabo, no son más que unos viejecitos que intentan arbitrar un partido de fútbol que juegan -sin hacerles mucho caso- unos mocosos en un descampado.
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