Ramirín tenía tres gallinas, dos cabras y una chocita con huerto cerca de un pozo.
Ramirín se alimentaba de huevos, queso, hortalizas y agua (porque el pozo estaba cerca de su chocita, y no daba nada de pereza ir).
Y cuando llovía, se metía en su choza a ver llover por la ventana.
Ramirín era el más feliz del reino.
Hasta que un día llegó a aquel país un heraldo de lejanas tierras, en busca del príncipe titular del reino, pues era preciso que alguien fuera a las tierras lejanas y susodichas a matar a un dragón y rescatar a una princesa.
Pero resultaba que el rey ya se había quedado sin hijos varones, por lo que no había regio héroe en activo que ofrecer.
El heraldo, triste del chasco y del viaje en balde, iniciaba el retorno a su país cuando pasó junto a la choza de Ramirín.
-¿Qué te pasa?-preguntó Ramirín al ver aquel hombre con esa cara de pan sin mantequilla ni mermelada.
-Heraldo de lejanas tierras soy, y en busca de un príncipe vine a este reino, pero me vuelvo como vine, pero peor y más cansado.
-Yo no soy príncipe, pero supongo que soy mejor que nada.
-¿Me harías ese favor?
-Sí, hombre.
Y así termina nuestro cuento de hoy, con Ramirín disfrazado de principito de opereta, oculto detrás de una roca, con una espada en la mano temblorosa y unas terribles ganas de ir al baño. El dragón se acerca, ya huele su aliento azufrado y ardiente, y, sospecha, el dragón también le ha olido a él.
¿Quién le mandaría a él? Con lo feliz que era con sus tres gallinas, sus dos cabras y aquella chocita con huerto cerca de un pozo.

Aunque, nunca se sabe, igual tiene un mandoble de suerte...
No hay comentarios:
Publicar un comentario