Fue en aquel casting donde conoció a su hada madrina, que de un toque de varita mágica la convirtió en Lola Pacheko, y le concedió su sueño de ser la Princesita de la Pasarela. Desfiló, desfiló y desfiló. También la hicieron fotos, y más fotos. Se aficionó a algunos vicios, se casó por el rito balinés con un ala-pivot de un equipo de baloncesto, y al mes se divorciaron por el rito de los juzgados de Plaza Castilla.
Pero de todo eso hace ya veinte años. La Princesa de las Pasarelas no sabía que, en realidad, el reino de la moda es una república bananera. La revolución llegó comandada por un puñado de mocosas con las tetas más arriba y las piernas más abajo.
Lola Pacheko intentó exiliarse en el mundo de la interpretación, pero tuvo que rendirse a la evidencia de que no se le entendía cuando hablaba. El dinero inagotable se agotó (o, mejor dicho, se lo agotaron unos cuantos chulos) y ahora ella trabaja de dependienta en la sección de complementos de unos céntricos almacenes y vive de alquiler con su hada madrina, que echa una mano a la economía doméstica aceptando encargos de costura y, de cuando en cuando, haciendo trucos de magia en fiestas infantiles.
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