domingo 31 de julio de 2011

Nunca Quise Ser Psiquiatra (No Estoy tan Loco).

Chiste fácil aparte, el título de la entrada de hoy es muy cierto.

La verdad que las murallas que me separaban del estudio y ejercicio de la Medicina eran múltiples e infranqueables.

De entrada, la más importante es que nunca tuve vocación (ni la más mínima).

La segunda es que, afortunadamente, nadie de mi familia me dijo aquello de: "Estudia lo que quieras, que yo te apoyo, aunque ya sabes que a mí me hace mucha ilusión que seas médico".

Para colmo, había que estudiar Matemáticas, y yo soy de Letras cerrado.

Y, para remate, yo intuyo una gota de sangre y me desmayo.

Dicho lo cual, admiro mucho a los médicos, porque hacen una labor absolutamente esencial. Al fin y al cabo, un mundo sin profesores estaría lleno de analfabetos (quizás felices), mientras que un mundo sin médicos estaría lleno de cadáveres.

La Psiquiatría es una de las especialidades que más admiro, pues es la que, en el fondo, se ocupa de las enfermedades del Alma, que es sin duda nuestro órgano más complejo.

Curiosa paradoja la de la Psiquiatría, que, mientras el resto de sus colegas trabajan con cuerpos enfermos de personas que desean continuar viviendo, a menudo trata a cuerpos sanos de personas que no desean seguir con vida.

Y, sin duda, no debe ser fácil trabajar, cuando tantas veces la solución al problema es tan sencilla y a la vez tan compleja, cuando el mismo problema es tan absurdo y tan complicado al mismo tiempo, cuando uno se da cuenta de que es absolutamente imposible razonarle a los sentimientos humanos.

Ya sé que ellos dicen que es todo cuestión de química, y que una pastilla bien recetada obra milagros, pero yo he leído demasiados libros para acabar de creerme todo eso.

No, el Alma Humana no está compuesta de ningún elemento de la Tabla Periódica.

(He releído todo esto y da la impresión de que estoy para que me encierren. No me lo tenga en cuenta, es el calor, que me embriaga las neuronas).

sábado 30 de julio de 2011

La Hermana Pobre de la Publicidad (Homenaje a la Propaganda).

Al contrario que la otra, que es bien recibida por televisión y radio, a ésta le cierran las puertas de la mayoría de las casas.

"No se admite propaganda", reza ese cartel tan bonito que confeccionó el señor presidente de la comunidad de su teclado e impresora. En otros sitios, más dados a los gastos extraordinarios, han adquirido una de esas cestitas metálicas, con su correspondiente cartel: "Señor Cartero Comercial, por favor, deposite 24 copias".

Tampoco tiene mayor fortuna la que se entrega en mano por la calle (generalmente, de academias multidisciplinares o locales de ambiente selecto donde tomar una copa en compañía de elegantes señoritas, que me pregunto cómo es posible que, siendo el sitio tan selecto, le den la invitación a todo hijo de vecino que pasea por la calle). Muchos viandantes la rechazan con gesto serio, mientras que otros la cogen y van directamente en busca de una papelera para echarla. Por lo general, en la más cercana ya no queda sitio.

En efecto, nadie quiere esos papeles de mayor o menor calidad, con más o menos colorines y más o menos elaborados que reciben el nombre de "propaganda".

Algunos tienen la fortuna de anunciar productos atractivos (léase electrónica) y uno les dedica unos segundos en forma de rápido vistazo, para, acto seguido, depositar el folleto en la papelera con un suspiro, ya sea porque uno no tiene presupuesto para el ordenador portátil o, peor todavía, porque acabas de ver que el que te compraste hace 10 días lo han rebajado un 20% (a traición).

Pero la mayoría de la propaganda ni se lee: toda la gama de comida rápida, tratamientos dentales varios o la entrañable octavilla fotocopiada en que Marcial se ofrece a pintarte el piso por 350 euros con rapidez y limpieza, esos son pasados por la basura sin juicio ni lectura.

Lo que nos lleva a la eterna pregunta: "¿Realmente es rentable hacer propaganda?, que siempre recibe la eterna respuesta: "Si lo siguen haciendo, se conoce que sí".

No obstante, y cierro con esta advertencia, la propaganda siempre tiene su venganza póstuma, materializada en el diálogo:

-¿Pedimos unas pizzas?

-Vale.

-¿Has visto la propaganda esa que mandaron, la venía lo del 2x1?

-No...Creo que la tiramos.

viernes 29 de julio de 2011

¡Wilkins, Baje la Pistola o le Pongo un Parte!

Quizás le sorprenda enterarse que eso de los problemas disciplinarios más o menos graves en las aulas no es algo de este siglo o de este país.

Puede que le sorprenda incluso más saber que en los elitistas colegios privados de la Inglaterra de finales del XVIII y comienzos del XIX había unas movidas de un calibre, por fortuna, todavía desconocido en España.

¿Exagero?

Juzgue usted mismo:

Noviembre de 1797. Henry Ingles, director de la prestigiosísima escuela Rugby pilla a un alumno dando tiros, le pregunta de dónde ha sacado la pólvora y él afirma que se la ha vendido un comerciante del pueblo, pero éste lo niega y el alumno es azotado. Resultado, una comisión estudiantil le rompe el escaparate al comerciante. Obviamente, no ha sido nadie, por lo que el directo decide que los cristales rotos se pagan entre todos los alumnos del curso. Poco después, se produce una fortísima explosión delante del despacho de dirección, que tira la puerta abajo y revienta todos los cristales. Es el inicio de una revuelta donde arden pupitres y libros, y que fuerza a intervenir al ejército sable en mano. Los cabecillas son expulsados. Uno de ellos, Willoughby Cotton de 14 añitos, alcanzaría el rango de teniente general en el ejército británico.

¿Sigue pensando que exagero? Más ejemplos:

1768, los mayores de Eton se rebelan porque no se les reconoce el derecho a castigar ellos mismos a los alumnos pequeños que se pasan de listos. Acaban forzando al director (Dr Foster) a dimitir, mientras que en Harrow hubo dos revueltas (1771 y 1808) porque no se consulta a los alumnos a la hora de elegir director

Pero la palma parece que se la lleva Winchester. En 1793, los alumnos, tras saquear tiendas del pueblo para aprovisionarse, se hacen con el control de una torre del colegio, desde donde abren fuego de piedras y balas contra los profesores, en unos hechos que han pasado a la historia como "La Gran Rebelión de Winchester". En 1808 se vuelva a liar, esta vez porque el director quiere quitar un día de fiesta sin haber pedido la aprobación de los estudiantes. Por último, en 1818 se producen disturbios que han de ser sofocados por el ejército a punta de bayoneta.

¿Por qué tanta tensión?

En esencia, porque los alumnos eran niños de mucho dinero con la vida resuelta, y no les sentaba nada bien recibir y tener que acatar órdenes de señores muy cultivados, pero de una clase social claramente inferior y que enseñaban cosas -a su juicio- absolutamente inútiles. Los profesores, por su parte, tampoco sentían demasiado amor por tan clasistas alumnos.

La solución al problema se encontró en una débil ley no escrita: "Nosotros mandamos en las aluas, vosotros en los pasillos y el patio". Aunque, como se ve, a menudo ni por esas se podría preservar la paz en las escuelas.

jueves 28 de julio de 2011

Los Casos de Woodchat Shrike: Una Casita de Campo cerca de Stevenage (y 12).

Ahí terminaba el relato, el inquietante relato.

¿Estaba mi amigo en lo cierto? ¿Habían ejecutado sin defensa ni juicio a la persona cuyo nombre sólo se atrevía a insinuar? De ser cierto, ya se lo anticipé, el asunto era de incalculable relevancia, porque le habían robado a la Humanidad la versión del monstruo de una de las mayores monstruosidades del siglo XX.

¿Por qué no se le había juzgado como al resto? ¿Por qué no habían lucido el trofeo de caza más codiciado? ¿Por qué no se le había dejado hablar? ¿Es que temían que revelara algo que debía permanecer eternamente oculto a cualquier precio?

¿O acaso no se sentó ante un tribunal porque así lo exigieron los que lo traicionaron? ¿Quiénes fueron? ¿A cambio de qué?

¿Quiénes estuvieron presentes tras aquella puerta? ¿Sintieron alivio al ver cumplida su venganza? ¿Había alguien más al corriente de toda la operación? Estaba seguro de que los soldados que trajeron al preso no eran conscientes del inmenso valor de su carga.

Sospechaba y sospecho firmemente que Woodchat conocía la respuesta a alguna de esas interrogantes, pero, como ya dije al principio, él había decidido que lo mejor era callar y olvidar.

Pensar en todo aquello me producía malestar y un creciente mareo. Por tanto, decidí seguir el consejo de Woodchat: aparqué todo el asunto en algún rincón perdido de mi mente y seguí con mi vida.

Con el deseo de que la siguiente aventura de Woodchar Shrike no fuera tan horriblemente turbadora.

miércoles 27 de julio de 2011

Los Casos de Woodchat Shrike: Una Casita de Campo cerca de Stevenage (11).

"Usted no ha trabajado, por lo tanto no se le paga. En cualquier caso, y una vez más, gracias". Ese era el único contenido de la carta. Un modo elegante y sencillo de recordarme lo que ya de sobra sabía: todo aquello no había ocurrido. La carta no llevaba firma, pero sí un membrete que -usted sabrá disculparme- me reservo. Fiel al espíritu del día, le pegué fuego y dejé que se consumiera en un cenicero de la cafetería donde hacia tiempo hasta que mi tren partiera hacia Londres.

Me propuse continuar con mi noche de sueño por etapas en el trayecto de vuelta, aprovechando la inusual comodidad de un vagón de primera, pero no pude.

Uno jamás olvida la mirada que le clava la persona a la que está a punto de matar. Llevó los ojos de todas mis víctimas, las de las guerra y las de la horca, como una jauría de fantasmas que me persigue, que se me aparecen en sueños e incluso, a veces, simplemente cuando cierro los ojos. Aprendes a vivir con ello. O a sobrevivir. No hay alternativa.

Y esa mirada, ésa era especial entre las especiales, y no era la primera vez que la veía.

De vuelta, por fin, a ese sótano-taller al que llamo casa, coincidí con mi casero que jamas cobrará porque me debe la vida (lo dice él). Como buen hombre de pasado militar, se limitó a saludarme sin hacer preguntas. Yo, en cambió, tenía una petición un tanto urgente.

-¿Le puedo echar un vistazo a tú colección de libros sobre la Guerra?

-¿Alguno en particular?

-No, creo que cualquiera me valdrá. De hecho, cuanto menos especializado, mejor....

Encontré una buena foto del rostro que buscaba. Bajo un pelo que ya no estaba, sobre un bigote sin duda hacía años afeitado, la mirada, esa misma mirada.

Pero dejémoslo aquí, será lo mejor.

La siguiente pista es Sarah Kecks".

martes 26 de julio de 2011

Los Casos de Woodchat Shrike: Una Casita de Campo cerca de Stevenage (10).

"Bueno, ahora comamos algo. ¡Seguro que tú también tienes hambre!"

No, yo no tenía ni pizca de apetito, pese a que llevaba muchas horas sin comer. Pero, fiel a lo que ya anteriormente expuse, tome un par de los bocadillos que me ofrecía ese tipo y me los zampé contra mi voluntad.

Comimos en silencio. Ninguno de los dos ni podía ni debía conocer más datos del otro. Terminada la comida, y por seguir fiel a mis principios, intenté conciliar un poco el sueño, aunque me costara. No sabía cuál era el siguiente paso de aquel plan de maquinaria tan precisa que me estaba arrastrando, pero no podía hacer otra cosa sino esperarlo.

Ignoraba cuánto tiempo había pasado en ese sueño sin estar dormido del todo, cuando mi compañero me tocó en el hombro y me hizo una seña para que le siguiera.

Entre los dos, cogimos el saco con su infame carga y subimos hasta el piso superior. Ya era casi de noche. Salimos a la calle y allí nos esperaba una camioneta con las llaves puestas. Por indicación del yankee, cargamos el saco y nos pusimos en marcha.

Pasados pocos minutos, a lo lejos se distinguía una gran hoguera. Al principio, pensé que serían campesinos quemando algo, pero parecía demasiado grande. Un momento, ¿qué día era? ¡5 de noviembre! El día en que los británicos recordamos que un tal Guy Fawkes quiso volar nuestro parlamento, con parlamentarios y rey dentro. Y lo hacemos con grande hogueras.

El americano pareció darse cuenta de que yo me había percatado y sonrió. En poco tiempo, aparcaba cerca de la hoguera, donde niños y mayores cantaban, reían y celebraban.

-¡Sin llamar la atención, amigo, sin llamar la atención!

Yo asentí.

Tomamos nuestro saco y, discretamente, nos acercamos a la poderosa hoguera y arrojamos nuestra carga al fuego. Sólo una anciana nos miraba.

-¡Un muebles viejo! -dije sonriendo.

Pero la señora ya estaba distraída con otra cosa y ni contestó. Nos quedamos allí un rato, el suficiente para cerciorarnos de que el saco ardía correctamente y nadie lo iba ya a volver a tocar jamás.

Entonces, el yankee me estregó un sobre, me estrechó la mano y se perdió en la oscuridad y el olvido montado en aquella camioneta.

El sobre contenía una carta y un billete de primera desde la cercana estación de Stevenage hasta Londres".

lunes 25 de julio de 2011

Los Casos de Woodchat Shrike: Una Casita de Campo cerca de Stevenage (9).

"El zumbido se prolongó durante unos cinco interminables minutos más. "¡Caramba, le están dando bien ese fulano, no quieren correr riesgos!". A mi compañero parecía que aquello le estaba impresionando mucho menos que a mí. Entonces, tres golpes en la puerta. El yankee pulsó el otro botón y el maldito zumbido, por fin, cesó. "Bueno, pues ahora a esperar diez minutos". Por supuesto, había que dar tiempo al publico de aquel macabro espectáculo para que emprendiera la huida a gusto y sin prisas. "¡Es el tiempo en que el cuerpo tarda en enfriarse, ¿sabes?". Claro, también por eso, no había caído.

-¡Amigo, lo que vamos a encontrar ahí al lado no es agradable! ¿Quieres que me encargue yo solo?

-No -repliqué seco y severo, casi indignado. Era una cuestión de honor nacional: alguien había decidido que debía haber un representante británico en todo aquello, y lo habría hasta el final.

-Vas a ver, lo peor es el olor.

Tenía razón. Por fortuna llevaba casi un día entero sin probar bocado, porque habría vaciado la tripa por la puerta de emergencia superior si hubiera tenido algo dentro. Tampoco es que fuera muy agradable a la vista. Curioso que a aquello le llamaran progreso. Por fortuna, mi compañero se percató de la situación e hizo él casi todo el trabajo. Yo prácticamente me limité a sostener el gran saco donde metimos el cadáver.

Luego, con sorprendente mimo, mi compañero se puso a desmontar las piezas de su tétrico juguetito, hasta que sólo quedo una silla de madera. Guardó lo que le valía en una maleta y, como por arte de magia, sacó un hacha de no se sabía donde y me la entregó: "¡A por la silla!"

Me lié a hachazos contra aquel mueble con una rabia que me sorprendió incluso a mí mismo. No cabía duda, ese teatro del terror al que muchos llamaban justicia no era otra cosa que la venganza en su más pura, primitiva y cruel expresión. ¿Por qué me seguía prestando a participar en él? Quizás porque para mí ya no había escapatoria, estaba maldito para siempre.

El yankee se limitaba a reír mientras tomaba los pedazos fruto de mi carnicería maderera para meterlos en el mismo saco del cadáver. Su risa -poderosa y ronca- retumbaba en toda aquella habitación de muerte".

domingo 24 de julio de 2011

Los Casos de Woodchat Shrike: Una Casita de Campo cerca de Stevenage (8).

"Mi compañero tenía en sus manos una caja con un par de botones, y de la que salía un cable que, a través de un agujero en la pared, llegaba a la otro habitación. No había duda de cuál era su finalidad. Jugueteaba nervioso con ella. Yo cacé su mirada, y él me indicó con un gesto que todavía no era el momento.

Entonces, alguna de las misteriosas personas de la otra habitación le quitó la mordaza al alemán, intuí que esquivando un salvaje mordisco.

El reo empezó a chillar, con la desgarradora mezcla de ladridos y gimoteos de un perro rabioso al que están matando a palos. Yo volví a mirar al yankee, él volvio´a negar con la cabeza.

Los siguientes instantes fueron de los más angustiosos de mi vida. Yo no estaba acostumbrado a aquello, a la tensión, a la espera...Hasta ese día, todas las ejecuciones a las que había asistido había sido rápidas, limpias, eficaces. ¿Por qué hacer sufrir así al condenado? Fuera quien fuera, hubiera hecho lo que hubiera hecho, no se merecía aquella lenta agonía. Estuve tentado de tratar de arrebatarle la caja de control al yankee, pero no podía, mi deber era acatar las órdenes de un fantasma envuelto en la honrosa bandera de mi país.

Fue entonces que empecé a prestar atención a los gritos enloquecidos, enajenados del alemán: "¡Hiroshima, Nagasaki...Iremos todos juntos al infierno como los asesinos de gente indefensa que somos. Y también irá ese enano español hijo de puta, nunca me gustó, sabía que me acabaría vendiendo! ¡¿Qué le habéis dado a cambio de mi pellejo?!"

Y en ese momento, por fin, tres golpes secos en la puerta y el yankee pulsó con decisión uno de los botones. Un zumbido sordo y mortal se unió a los chillidos del alemán, y los convirtió en el berrido primitivo e inarticulado de un dolor absoluto recorriendo todos los huesos del cuerpo. Eso duró unos veinte segundos, luego, únicamente el zumbido".

sábado 23 de julio de 2011

Los Casos de Woodchat Shrike: Una Casita de Campo cerca de Stevenage (7).

"-Mira, todo lo que tienes que hacer es amarrar al tipo de los tobillos, las muñecas y la cintura. Del resto me encargo yo. Es muy probable que se resista, pero me han asegurado que tú tienes experiencia en este tipo de trabajos y no te van a temblar las piernas.

-Bueno, he hecho algo parecido alguna que otra vez.

-Sí, eso tengo entendido.

-Oye, ya que esto va a ser tan irregular, ¿por qué no atamos al fulano ahora, que está adormilado?

-No, el encargo exige que el tío esté despierto durante todo el proceso, quieren que se entere.

¿Quién quería que se enterara? Sabía que, de momento, no había respuesta, y posiblemente jamás la hubiera. Pero estaba claro que, fuera quien fuera, era de los nuestros y estaba mucho más alto que yo, por lo que sólo me quedaba cumplir con mi País, como el resto de la veces. Además, seguramente todo aquel asunto quedaría para siempre sepultado en ese húmedo sótano. Para siempre.

-Mira, parece que ya se va despertando, vamos a quitarle la venda. Tú hablas alemán, ¿no?

-Sí, cosas de la guerra....

-Ya, pues, de momento, no le quites la mordaza. Limítate a decirle que nos acompañe sin oponer resistencia, o será peor.

Ya, claro, peor.

Fue horrible, como nunca antes me había pasado. En cuanto recuperó la mínima consciencia, aquel hombre se lió a correr, patalear, lanzar cabezazos...La mordaza me impedía entender lo que nos intentaba decir, pero intuyo que no eran cosas bonitas. Finalmente, gracias sobre todo -he de admitir- a la hercúlea fuerza del oso yankee, conseguimos amarrar al prisionero a la silla

-Tú tampoco es la primera vez que haces esto, ¿verdad, colega? -le dije. Él se limitó a quitarse es sudar de la frente con la manga de la camisa.

Ahí estaba, listo para morir, aunque revolviéndose como una fiera acorralada, en lucha estéril contra las correas, como alguien que no se resigna a morir hasta el último segundo. Por primera vez en toda aquella montaña rusa pude dedicar unos segundos a observar al reo. Tendría unos sesenta años, aunque siempre es difícil determinar la edad exacta de una persona cuando no hace mucho de una guerra. Estaba completamente rapado, y sus ojos se clavaban en nosotros con una mirada que jamás lograré olvidar, de odio puro y desafiante. Me causó tal escalofrío, que no pude evitar manifestar externamente. Él pareció darse cuenta y se pareció burlarse bajo su mordaza. Era, lo juro, la misma risa del Diablo,

Mi compañero consultó su reloj.

-Vamos a la otra sala, están al llegar.

Otra vez "quiénes", otra vez no tenía sentido preguntar, sólo quedaba obedecer.

Pasamos a la habitación contigua y el yankee cerró la puerta. Aguardamos en silencio durante unos minutos. Detrás de la pared, se seguían oyendo la inútil pugna contra lo inevitable.

Entonces, oímos el chirrido de una puerta al abrirse en la otra sala y pasos".

viernes 22 de julio de 2011

Los Casos de Woodchat Shrike: Una Casita de Campo cerca de Stevenage (6).

"Por fin llegué a mi destino, más cansado de lo previsible, e incluso de lo aceptable, tras la carrera. Me estaba haciendo mayor. La casa parecía estar vacía, y tenía aspecto de llevar abandonada bastante tiempo. El grupo dejó sus paracaídas tirados en lo que supuse era la cocina y se dirigió a toda prisa hacia el sótano. Yo les seguí.

Allí, me encontré con un panorama que parecía aclarar algunas dudas, pero me planteaba otras nuevas. Ante mí, una sala de esas que yo tan bien conocía, una celda de esas donde los condenados me esperan a mí, y conmigo a la Parca con lazo.

El alemán, todavía medio tonto, fue depositado en su silla correspondiente. Entonces, el general se giró hacia mí:

-Bien, ahora espere aquí. Nosotros nos vamos.

Sin darme oportunidad de decir palabra, aquel peculiar comando salió por la puerta -cerrándola tras de sí- y se volatilizó como el espectro de la sorpresa, con el lejano sonido de un coche alejándose como única despedida.

Me estaba empezado a poner nervioso, en cuestión de unas horas había pasado de estar trabajando tranquilamente en mi taller a verme encerrado en una casa de campo a solas con un alemán desconocido y adormilado.

De sopetón, se abrió la puerta y apareció un tipo con barba, tripa y sonrisa bonachona, parecía Santa Claus de joven.

-Hola, tú debes ser el ayudante local.

¿Ayudante? ¡Hacía años que era titular! Y ese acento...¡Ese tipo era de Estados Unidos! ¿Qué pintaba un yankee en todo aquello?

-Sígueme, colega, te explicaré qué tienes que hacer.

Confundido como quizás nunca en mi vida, seguí mansamente a aquel tipo a la habitación contigua.

¿Dónde estaban la soga y la trampilla? ¿Y qué hacía ahí esa silla?"

jueves 21 de julio de 2011

Los Casos de Woodchat Shrike: Una Casita de Campo cerca de Stevenage (5).

"Sin nada mejor que hacer -de momento- decidí echar una cabezada. Se debe dormir y comer siempre que haya oportunidad, ya que nunca se sabe cuándo vendrá la siguiente cuando uno está en la guerra, y a mí me habían devuelto de sopetón a aquella con los alemanes que yo creía cerrada hacía años.

Me despertaron de un codazo -al más puro estilo del ejército- , me entregaron un paracaídas y me señalaron la puerta. Tirarse en paracaídas sin previo aviso y todavía medio dormido es algo que también es parte de la más rancia tradición castrense.

-Hace años que no me tiro, general- protesté.

-No sea quejica, capitán. Esto es como montar en bicicleta, y apuesto a que en el fondo lo echa de menos.

Algo de razón tenía, estar colgado casi ingrávido del cielo era una sensación agradable, y me traía multitud de recuerdos. Pero no había demasiado tiempo para la nostalgia, me aproximaba a un punto de aterrizaje cuya ubicación ignoraba y estaba desarmado, por lo que más me valía tener los sentidos alerta.

Mire a mi alrededor. El resto de mis compañeros de aventura también descendía en paracaídas. Uno de ellos lo hacía en uno especial, que permitía que el prisionero lo acompañara. A juzgar por su ausencia de movimiento de éste, o seguía sedado o estaba absolutamente paralizado por el pánico.

Me centré en no perder de vista al general, puesto que, dado que no se me había indicado lo contrario, la norma era que aterrizáramos todos lo más cerca de él que nos fuera posible.

Tomé tierra de un modo un pelín brusco, sin duda la falta de práctica, pero no había tiempo comentar la jugada. Recogí rápidamente mi paracaídas y empecé a correr en la dirección que lo hacía el resto del equipo. Nuestro destino parecía ser una casa que distaba unos 50 metros de nosotros.

Al cruzar un camino, un cartel captó mi atención durante una décima de segundo: "Stevenage 2". Pero no había tiempo para pensar. Tenía que segur corriendo campo a través hasta aquella finca donde, esperaba, todo ese absurdo embrollo de idas, venidas y alemanes drogados se aclarara un poco".

miércoles 20 de julio de 2011

Los Casos de Woodchat Shrike: Una Casita de Campo cerca de Stevenage (4).

"Aterrizamos en la pista. Fuera, la más completa oscuridad, sólo rota por la mínima iluminación necesaria para posibilitar la maniobra de toma de tierra del avión. Acerqué mi reloj a la ventanilla para aprovechar ese poco de claridad. Eran casi las 5 de la mañana.

El avión rodó por la pista, hasta detenerse en lo que parecía un extremo. Uno de los militares abrió la puerta y, de un ágil salto, se plantó en el suelo. Al instante, otro le pasó una escalerilla que llevábamos dentro del avión y la puso. "En marcha", me indicó el general, y, rápidamente, todos descendimos del aparato.

Sin embargo, el piloto no había detenido los motores. Estaba claro que nuestra visita iba a ser bien corta.

Pocos segundos después, a lo lejos se empezó a escuchar el sonido de una avioneta, que fue haciéndose más nítido hasta pasar por nuestro lado y posarse en la pista del aeropuerto. De inmediato, uno de mis acompañantes encendió una linterna y sentí como el ruido de la hélice venía hacia nosotros.

Cuando la avioneta estaba ya a pocos metros, el general me dio un golpe en el hombro: "vamos, ya sabe lo que tiene que hacer". La puerta se abrió y de ella surgió una forma que intuí humana. De inmediato, dos de mis compañeros de viaje la agarraron, al tiempo que yo me acercaba e, intentando vencer al motor de la avioneta, chillé: "Esté tranquilo, venga conmigo, y todo saldrá bien", una frase que había pronunciado muchas veces, tanto en alemán como en mi propio idioma, aunque ésa era la primera vez que al receptor no le quedaba menos de un minuto de vida. A toda prisa, iniciamos el camino de vuelta a nuestro vehículo, al tiempo que la enigmática avioneta aceleraba su motor y elevaba el vuelo tras haber estado en tierra apenas un par de minutos.

También en cuestión de minutos, ya estábamos de camino a casa. Nuestro misterioso pasajero estaba tranquilo, gracias sin duda al calmante que uno de mis compañeros de misión le había inyectado nada más subir. No lograba distinguir mucho de su rostro, tan solo que llevaba los ojos cubiertos con una venda e iba amordazado.

Los primeros atisbos de la claridad de un nuevo día llamaron mi atención a través de la ventanilla. A juzgar por la dirección de que venían, volábamos hacía el Nordeste, y, tomando en cuenta lo que había durado el vuelo de ida, nuestro fugaz encuentro con la avioneta posiblemente había tenido lugar en alguna parte de la Península Ibérica o el Norte de África.

Uno aprende ese tipo de cosas en el ejército".

martes 19 de julio de 2011

Los Casos de Woodchat Shrike. Una Casita de Campo cerca de Stevenage (3).

"Me condujeron por un intrincado laberinto subterráneo de pasillos hasta llegar a un despacho no muy diferente de las celdas con las que tan familiarizado estoy. Allí, un pez muy gordo de uniforme me recibió. Conocía lo suficiente los engranajes de la maquinaria del Gobierno de su Majestad para intuir que aquel tipo tampoco iba a arrojar mucha luz sobre todo aquel asunto, y no me equivoqué. Se limitó a alabar mi trayectoria al servicio de la Reina y el País y a indicarme que, de nuevo, mis servicios eran requeridos en una misión de extrema delicadeza. De momento, no hacia falta que supiera más, tan sólo debía limitarme a ponerme un uniforme militar que tenían preparado y a acompañarles. Por último, recalcó que todo aquello debía mantenerse en el más estricto y escrupuloso de los secretos.

Por supuesto.

Un discreto automóvil con matrícula militar nos trasladó a una base de la Real Fuerza Aérea, cuyo nombre no pude distinguir, pues ya era bien de noche. Allí, un avión de transporte nos esperaba ya listo en cabecera de pista. Sin perder ni un solo segundo, embarcamos y, en cuestión de minutos, ya sobrevolábamos el paisaje nocturno inglés, con una oscuridad sólo rota de vez en cuando por las luces de los pequeños pueblecitos.

Volamos en silencio, puesto que los rostros serios y tensos de mis compañeros de viaje no invitaban a la conversación. Tampoco tenía el más mínimo sentido formular preguntas que de sobra sabía que no iban a encontrar respuesta.

Tan sólo quedaba esperar el final de aquel misterioso e incierto viaje.

Tras unas horas, note como el aparato comenzaba su descenso. En ese momento, el pez más gordo se acercó a mí y me habló al oído.

-Vamos a recoger a una persona que sólo habla alemán. Quiero que usted le indique en ese idioma que este tranquilo y que nos acompañe sin oponer resistencia.

-De acuerdo.

¿Por eso me habían llamado, porque hablaba alemán? Sin duda, algo más debía de haber detrás de todo aquello. Pero, de momento, lo único que podía hacer era obedecer la orden y esperar acontecimientos".

lunes 18 de julio de 2011

Los Casos de Woodchat Shrike: Una Casita de Campo cerca de Stevenage (2).

"Llamaron a la puerta mientras estaba enfrascado en la más delicada etapa del disecado de un águila. No estoy acostumbrado a que me interrumpan mientras trabajo, seguramente porque recibo pocas visitas. Clamé por un poco de paciencia, pero los insistentes golpes en la puerta no parecían tenerla. Con un enfado que me crecía por las sienes, me dirigí a abrir.

Dos militares de semblante serio esperaban al otro lado. Me llamaron por mi nombre y me indicaron que debía acompañarles de inmediato. Aquello me sorprendió en extremo, pues mis "encargos de parte de la Reina" solían llegar por correo y con tiempo más que de sobra.

-¿De qué va esto?

-Limítese a acompañarnos, capitán.

-Hace tiempo que deje el ejército, señores.

-Pues considere que ha vuelto, al menos por un par de días.

-¿De qué va todo esto?

-Se le explicará cuando lleguemos a nuestro destino. De momento, síganos.

Con gesto de fastidio y confusión cogí la chaqueta que tenía más a mano y salí de mi casa en dirección a un coche aparcado fuera.

Mientras recorría las calles de Londres con uno de aquellos inexpresivos tipos a cada lado, repasaba mentalmente toda mi carrera militar. Aquello para mí ya era un capítulo cerrado y, honestamente, no encontraba ningún cabo suelto por el que se me pudiera pedir rendición de cuentas. Nunca se sabe, quizás habían decidido darme una medalla por algo que había hecho.

Mientras yo disimulaba la sonrisa que me había producido tan absurdo pensamiento, el coche franqueó el control de entrada a una propiedad gubernamental y aparcó discretamente en un patio trasero.

Allí me esperaban otro militar. ¡Qué importante me debía de haber vuelto sin yo saberlo!"

domingo 17 de julio de 2011

Los Casos de Woodchat Shrike: Una Casita de Campo cerca de Stevenage (1).

John Biggleswade era la pista. No era un nombre real, sino el comienzo de una enredadísima madeja de la que, usted sabrá disculparme, no le daré más detalles, pues en hacerlo empeñé mi palabra del modo más solemne.

Juré no dar más detalles porque todo aquello era grave, muchísimo. En esta ocasión, el relato de Woodchat Shrike no revelaba detalles más o menos curiosos de crímenes que el tiempo había devorado hasta enterrarlos en el olvido, sino que sacaba a la luz una hechos de tremenda relevancia para la historia del Reino Unido y de toda la Humanidad.

Es por eso que el camino que lleva hasta John Biggleswade y el manuscrito del que él me hizo entrega debe quedar por siempre secreto, porque para muchos lo que ese hombre -o puede que mujer- había hecho era un acto de alta traición. Como el que Woodchat Shrike había cometido escribiendo lo que le mismo había jurado llevarse a la tumba. Pero Woodchat, tras una durísima lucha interna que él mismo confesaba, había decidido que las generaciones futuras tenían derecho a conocer la verdad.

¿Toda? Lo dudo. Me temo que Woodchat se había guardado detalles, información que sería demasiado doloroso conocer. En efecto, sospecho que en su encrucijada moral entre la lealtad a su País y el servicio a la Historia, Woodchat había optado por traicionar un poco a ambas.

Mas basta de superfluos prolegómenos a un relato que puede cambiar la perspectiva que muchos tienen de la historia del siglo XX. Aunque, le advierto, todo se basa en una deducción que quizás no pase de simple elucubración.

O puede que sea la pura, cruda y cruel verdad enterrada bajo una capa de oportuno silencio oficial.

sábado 16 de julio de 2011

La Hermandad de los Consumidores y Usuarios Justicieros.

Los inspectores Grenella y García contemplaban el chamuscado coche, como si éste fuera a darles la solución del enigma. En eso llegó el agente Zueteri.

-Se acaba de recibir la llamada de "La Hermandad". Dicen que han quemado el coche de Vigiprosa en respuesta a una contestación muy descortés que uno de sus empleados dio a un cliente.

-Y, por supuesto, no han dicho ni cuándo ni dónde.

-No, inspector.

-Ya. Otra aguja en otro pajar. En fin, gracias agente.

En efecto, la "Hermandad de los Consumidores y Usuarios Justicieros" traía de cabeza a toda la policía del país. Y también a las empresas.

La idea era muy sencilla: un número indeterminado de personas habían formado una especie de sociedad secreta de apoyo mutuo. Cuando alguna de ellas se sentía ofendida o agraviada por alguna empresa de cualquier tamaño, en vez de pedir el libro de reclamaciones, pasaban a la acción directa. Ellos decían que eso era mucho más efectivo que los dichosos cauces ortodoxos de protesta.

Su acto de presentación había sido sellar de madrugada las cerraduras de diez tiendas de una compañía de telefonía movil, una por cada minuto que uno de los miembros de "La Hermandad" había tenido que esperar que lo atendieran en la línea de ayuda. "Ustedes ganan mucho dinero, empleen algo en contratar más personal", así terminaba aquel primer mensaje de reivindicación.

Desde entonces, ningún tipo de negocio se había librado de las fechorías de la Hermandad, desde unos grandes almacenes que se habían negado a cambiar un producto defectuoso hasta un banco que había denegado un crédito, de modo injustificado según "La Hermandad".

Delitos, que por supuesto, eran una agujas en un pajar. ¿Cuántos créditos se deniegan al día? ¿Cuántos incidentes hay entre empleados de seguridad y clientes?

De modo predecible y preocupante, "La Hermandad" cada vez disfrutaba de un mayor favor entre la opinión pública. No habían derramado una gota de sangre y hacían realidad esos sueños de arrebatado que todo el mundo tiene cuando siente que lo han timado.

Pero lo peor y más alarmante era que la empresas estaban empezando a usar los ataques de "La Hermandad" como arma arrojadiza las unas contra las otras. "Al contrario que la competencia, nosotros no tenemos por qué temer a 'La Hermandad'", rezaba una campaña de una marca de coches .

Ante ese panorama, los inspectores Grenella y García poco podían hacer.

-La verdad es que los tíos Vigiprosa son un poco bordes. ¿Te conté lo que me dijo uno porque intenté entrar en el supermercado cuando quedaban tres minutos para cerrar?

viernes 15 de julio de 2011

El Nudismo es un Concepto Complicado de Asimilar en Siberia.

Respeto mucho a los nudistas, en especial a los que la tienen de un tamaño más que respetable.

El chiste es grosero, pero no lo he podido evitar. Dicho lo cual, no seré yo quien critique a los nudistas, por mucho que me llamen "textil", y me digan, con gesto entre sabelotódico (o sea, de "sabelotodo". No la busque, me la acabo de inventar) y paternal, que "todos venimos al mundo desnudos". También venimos sin saber hablar o caminar. (Y, dicho sea de paso, también sin dinero).

Es más, les apoyo cuando la gente hace bromas tontas sobre dónde llevan el monedero, o cuando el grueso del sector duro del batallón de amas de casa de mediana edad afirma rotundo: "ésas lo que no quieren es lavarse las bragas" y, por supuesto, nunca me he asomado a ninguna de sus playas en arriesgada misión de comando mirón.

No, nunca he estado en una playa nudista. Ni tan siquiera me he bañado en pelotas a la luz de la luna, que es una de esas cosas que dicen que hay que hacer en la vida porque es una sublime expresión de libertad. Se me ocurren otras mejores, aunque sólo sea porque no te constipas.

En resumen, que nunca seré nudista, puede que porque he recibido una educación plena de represión que ha castrado mi verdadera necesidad vital de ir por ahí con todo colgando...

O puede que porque soy un grandísimo friolero.

(Por cierto, y para no traicionar al título de la entrada de hoy, ignoro cómo estará el tema del nudismo en la misma Siberia, pero -por otra parte del Estrecho de Bering- no hay ninguna playa o parque nudista en el estado norteamericano de Alaska. Cuestiones legales y/o morales aparte, a mí me parece lógica elemental en un lugar donde, hasta en verano, hace fresquillo. Y es que, por terminar donde empezamos, ciertas según que cosas se quedan muy chiquitas con el frío. Y no es plan).

jueves 14 de julio de 2011

El Imperio de Pepito Piscina(s).

Cuando yo era chiquitín (esos ochenta), para los chavales, las casas se dividían en dos tipos: con y sin piscina.

Daba igual que tuviera ascensor o no, portero físico y automático o que tuviera (o no) maravillosas zonas ajardinadas.

Si la urbanización no tenía piscina, no era nada (por muy prestigioso que fuera el arquitecto, lo que -por otra parte- no era nunca el caso en mi barrio de ladrillos rojos).

En resumen, que yo crecí en un barrio sin piscinas, lo que fue fraguando en mi interior una profunda hostilidad hacia esos mares enlatados. Hostilidad que todavía conservo.

En resumen, que soy de los pocos españoles que es poco piscinero.

Ya sé que la mayoría de los seres humanos adoran a "la pisci", y que pagan con agradado importantes suplementos de contribución para que sus hijos (y los amigos de sus hijos, y los amigos de los amigos de sus hijos...) disfruten de la piscina en temporada.

Pero a mí, entre el ejército mixto de insectos que habita el cespecito, los niños que gritan, chapotean y salpican (no les diga nada, que la madre que no aparecía para reñirlos, aparece de improviso para sacar la cara por ellos) y las camarilla-de-las-cotillas-de-mediana-edad-sin-nada-mejor-que-hacer que no me quita ojo, no consigo encontrarme cómodo en mis cada vez menos habituales visitas a las piscinas -siempre con la camisa puesta y sobrecargado de protector solar, siempre más pendiente de tumbarme a la sombra que de emular las legendarias hazañas de Tarzán de los Monos.

Y si tengo calor, pues me bebo algo fresquito o me ducho, o cualquiera de esas cosas tan aburridas que hacemos cuando nos estrangula el Lorenzo los niños que crecimos -sin piscina- en barrios de ladrillos rojos.

miércoles 13 de julio de 2011

Diccionario Balompédico-Onomástico de Jackson: "Estupar(se)".

"¡No sé para qué protestan si no vale de nada!" es apreciación cotidiana de comentaristas deportivos profesionales y aficionados (aunque, por otra parte, también se escucha eso de: "debía de estar en fuera de juego, porque no protesta").

En efecto, protestar nunca vale de nada, y, como toda regla tiene su excepción, en este caso la protagoniza Miroslav Stupar, colegiado internacional que arbitró el realmente poco emocionante Francia-Kuwait del Mundial 82.

Tan poquita emoción había, que Alain Giresse marcó el 4-1. El tanto fue legal, aunque poco antes de su consecución se había escuchado un pitido -sin que nadie supiera de dónde venía- (por cierto, el partido se jugó en Valladolid, los buenos madridistas ya sabrán por donde voy....). Los kuwaitíes se indignan de lo lindo, hasta el punto que Al-Ahmad Sabah, hermano del mandamás kuwaití, baja al terreno de juego desde su palco y, tras parlamentar brevemente con sus hombres, se pone a comerle la oreja al colegiado. Dicho y hecho, el gol queda anulado. No sirvió de mucho, otro cuarto llegó y ante este sí que no hubo nada que hacer. Resultado final 4-1. Tras el partido, Stupar fue suspendido a perpetuidad por la FIFA (supongo que para dar un escarmiento ante tan peligroso precedente).

Visto lo leído, se define "Estupar" como presionar a la autoridad (de cualquier tipo) hasta hacerle cambiar una decisión en firme, siendo "Estuparse" (acaso, en los pantalones) la acción de cambiar de opinión ante la presión recibida.

No se burle, que aquí nos hemos "estupado" todos alguna que otra vez. Y, por cierto, Stupar no tiene nada que ver con "Estupor" o "Estúpido", no me sea usted mal pensando.














Pacífico sorteo de campos, lo gordo vendría después. Por cierto, el capi francés es Platini....

martes 12 de julio de 2011

La Lección de "El Lussa" (y 6).

Mientras aquellos jugadores, por primera vez en mucho tiempo, sacaban sus cosas de sus bolsas de deporte y se se lustraban personalmente las botas, su entrenador tomó la palabra:

-¡Hasta un helicóptero!...Y luego dirán que el que se ha vuelto loco soy yo por haberos traído de esta manera al partido. No, estamos todos locos, nos han vuelto a todos locos con tanta parafernalia...¡La maldita parafernalia de los periodistas, el marketing y los confetis de colores...! Olvidaos de ese atajo de parásitos que come de que vosotros corráis, sudéis y os frían a patadas, olvidaos de orgullos regionales y esas tonterías de política barata. Salid ahí fuera como cuando os jugabais la honrilla contra un colegio de otro barrio, como cuando a los únicos que les importaba el resultado era a vuestros padres y a los amigos más fieles, como cuando después del partido os llevaban a zampar sabrosa comida de plástico . De eso va -o debería ir- realmente el fútbol: de pasar un buen rato luchando contra otros chavales, de comentar luego el partido delante de un plato y ya está, para el lunes todo quedó olvidado.

Tocaron a la puerta, era el resto del nutrido equipo técnico: delegado, médicos, ayudantes... Ellos habían llegado en avión y dormido en hotel. Tras dejarlos pasar, el entrenador prosiguió:

-¿Qué más queréis que os cuente? Conocéis a la perfección al contrario, al igual que ellos nos conocen a nosotros. Son muy buenos, pero nosotros también. Vamos a salir ahí fuera a pasarlo genial: vamos a picarnos, a dejarnos las pelotas, a ilusionarnos, a cagarnos en la madre del contrario y del árbitro, a reír y a llorar. En resumen, que vamos a jugar al fútbol de verdad, como unos chavales que realmente aman este deporte y nos vamos a dejar de gilipolleces. Pragano, como mi segundo de confianza, te voy a encomendar una misión de capital importancia.

-Dime.

-Asegúrate de que, después del partido, en este vestuario hay docenas de pizzas variadas recién hechas, cerveza para todos y un buen surtido de porquerías para picar...¿Vale?

-Descuida.

-¡Buen plan, ¿verdad, chavales?!

El vestuario en pleno rompió en aplausos y vítores.

-¡Pues vamos a por esa pandilla de creídos!

lunes 11 de julio de 2011

La Lección de "El Lussa" (5)

-¡Menuda han armado ustedes!

"El Lussa" sonrió, al tiempo que leía los titulares de la prensa matutina que le mostraba el fraile. "¡Secuestrados!", "Un Loco Peligroso Anda Suelto", "Burla a la Afición"

-¿Sabe que incluso una cadena de radio ofrece dinero por una pista fiable sobre el paradero de ustedes?

-Pues llame en cuanto salgamos, y la pasta para sus obras benéficas.

-¿Está seguro?

-Sí, ya logré lo que me proponía.

Los jugadores pasaron la mañana paseando y charlando, jugando con a las cartas con esa baraja que siempre aparece en algún cajón e incluso algunos se animaron a tirar algunos tiros a una oxidada canasta con una pelota de plástico que encontraron.

A medio día, les volvieron a dejar llamar a casa.

A las cuatro de la tarde, tras comer y descansar un rato, volvieron al autocar.

-Adiós y gracias, hermano.

-¿Está seguro que no le importa que llame a la radio?

-No, tómelo como un acto de caridad: saque al país de su agonía.

Al poco de montar en el autobús, alguien chilló desde atrás:

-Míster, ¿lleva las fichas?

"El Lussa" sacó una carpetita de su mochila y la mostró sonriente entre los aplausos generales.

-¡Mire a ver si están todas!

A así, entre carcajadas, "El Lussa" fue revisando en voz alta, una a una, todas las fichas.

Entonces un sonido raro inundó el vehículo.

-¿Qué es eso?

-¡Parece un helicóptero!

-¡Joder, es que es un helicóptero, mirad!

En efecto, contratado por una televisión. Sin duda, los frailes ya habían hecho la llamada telefónica. Poco después, empezaron a verse rodeados de todo tipo de vehículos de radios, televisiones, particulares, con el consiguiente caos circulatorio y la absoluta desesperación de las autoridades, a las que todo aquello había pillado en claro fuera de juego. En recorrer los últimos diez kilómetros hasta el estadio, tardaron casi una hora.

Al llegar, los jugadores bajaron y se encaminaron a los vestuarios, cada uno con su bolsa deportiva al hombro y entre la locura colectiva.

domingo 10 de julio de 2011

La Lección de "El Lussa" (4)

Pablo "Látigo" Bermúdez estaba dándole toques a una piña, no podía evitarlo.

-¿Preparando un numerito para el próximo anuncio?

El "Latigo" le propinó un brusco patadón a la inocente piña y la mando bien lejos. "El Lussa" sabía dónde tocar para que escociera.

-Ya sabe que odio los anuncios, míster.

-Es el precio por ser una estrella global y llevarse todo el dinero que te llevas, macho.

-Empiezo a estar un poco harto de todo eso.

-¿De qué? ¿De las fiestas, las tías, de los coches..?

-No, de la presión, de tener que ganar por cojones...Jugar partidos como el de mañana es la leche, pagaría por jugarlos, como cualquiera. Debería estar nervioso, pero esos nervios que están bien, como los de niños en la Noche de Reyes. Pero no, estoy nervioso en malo. Porque vamos a perder, porque toda la prensa se va a cebar con nosotros, porque van a decir que no soy el que era...que me estoy acomodando y todo eso. ¡Y una mierda, usted sabe que me dejo la piel en cada partido!

-¿Sabes lo que estaría bien? ¡Jugar el partido de mañana sin que nadie se enterara! Los mejores contra los mejores, y nadie más de por medio.

-Sí, si el fútbol fuera así, no ganaríamos un duro, pero...¡Estaría genial!

-¡Oye, pues vamos a hacer como si jugáramos un partido de barrio! Cuando termine, que le den a todos, nos encerramos en el vestuario, nos tomanos en unas cervezas y nos echamos unas risas comentando el partido.

-¡Vale, yo se lo digo al resto de lo chicos!

Y así, "EL Lussa" fue hablando con sus muchachos, uno por uno. Dejo al "capi" para el final.

-¿Cómo va la cosa, Gil?

-Normal, como siempre antes de los grande partidos. A veces toca ganar, esta vez va a tocar perder...

-¿Y no te da pena despedirte con una derrota?

Ese tío era más listo que el hambre.

-Todavía me queda un año de contrato, míster.

-En el papel tienes un año más, pero tú y yo sabemos que no en las piernas. Podrías seguir, y jugar -sin duda-, pero no serías el de siempre, la prensa empezaría a darte la murga con el rollo del comienzo de la decadencia, y ese no es tu estilo.

-Usted sabe mucho de esto, jefe...Lo pensaba anunciar el lunes, después de que todo esto pasara...Nadie verá a Gil Pacheco arrastrándose sobre un terreno de juego.

-Así que mañana es el último grande...

-¡He jugado y ganado muchos!

-Sí, ya eres historia del fútbol nacional, eso no te lo puede quitar nadie. Pero, según yo lo veo, cuando un jugador sale al campo derrotado, no juega, se arrastra. Así que, como tú mismo me has dicho que no quieres que te vean arrastrándote, mañana no te saco...

"¡Qué zorro cabrón!", pensó el futbolista.

-No, míster, yo estoy para jugar mañana, al 100 por 100.

La cena fue lo que cabía esperar, pero, dado que llevaban horas sin probar bocado, allí nadie rechistó. A las once se dio la orden de todo el mundo a las literas, apagar luces, silencio y a descansar. Y al que se pillara charlando, a darse cinco vueltas al patio, para que le entrara sueño.

Entonces fue cuando Manolín Ponce se metió en la cama con sus flamantes guantes de portero puestos. Había hecho lo mismo antes de su debut como infantil y sintió la necesidad de repetir la experiencia. "Látigo" se percató del particular y empezó la guasa. Ya no sentía aquellos nervios tan malos.

A las dos menos cuarto de la mañana, algunos de los mejores futbolistas del planeta trotaban muertos de risa y en calzoncillos por la total oscuridad.

Gil Pacheco iba en cabeza. Hacía rato que el capitán se había percatado de que el "míster" no había montado todo aquello para justificar una derrota, sino como una maniobra desesperada para lograr la victoria.

sábado 9 de julio de 2011

La Lección de "El Lussa" (3).

En el país, en el continente, en el mundo entero había saltado la alarma, ¿dónde estaban sus ídolos? El público estaba acostumbrado a las rarezas de la "El Lussa", pero aquello era demasiado.

Y mientras se iniciaba en toda la nación la caza humana del autocar, dicho vehículo aparcaba plácidamente en un punto alejado de la carretera de una residencia de esas donde hay ejercicios espirituales en invierno y campamentos para niños en verano. Estaba en un pueblo perdido a 50 kilómetros de la ciudad del partido y se había alquilado de modo discreto, oficialmente para una convivencia de empresa. Los tres frailes encargados de la finca estaban en el ajo, así que no había peligro de chivatazos. Nadie los encontraría allí.

Nada más llegar, a los jugadores les enseñaron los cuartos de cinco literas donde pasarían la noche, se asearon un poco y tuvieron la oportunidad de hacer una llamada telefónica a casa desde la cabina. Nada de dar datos, sólo tranquilizar a las familias.

Luego, un paseo por la finca.

El día antes de un partido y ahí estaba, paseando por un senderito de tierra, dando patadas a las piedras. Sin ruedas de prensa con sus mismas preguntas de siempre, sin los gritos y los flashes de fans histéricas, sin miles de personas dándote consejos...¿Cuándo había sido la última vez? Seguramente en la época de juveniles, hacía toda una década. Cuando los periodistas tenían que consultar sus notas para recordar que el portero era un tal Manolín Ponce.

Como si tuviera un sexto sentido que seguramente tenía, el míster se unió a su guardameta titular.

-¡Qué bien sin los muchachos de la prensa!, ¿verdad, Manolín?

-Sí -mejor hacer como si no pasara nada, como si todo aquello fuera normal.

-Mira, te he comprado una cosa.

-¿Una cosa?

-Sí un regalo, toma.

-¿Unos guantes?

-Exacto. Mira la bolsa.

"Deportes Olímpico", Manolín hacía quince años que no oía ese nombre. Era la tienda de deportes del barrio, la que custodiaba en su escaparate el mayor de los tesoros para aquel chaval: unos guantes de portero, unos auténticos guantes de portero. Él iba a admirarlos todas las tardes a la salida del cole, hasta que por fin su padre se los compró, para el día que debutó con el infantil de la "Asociación Deportiva Colonia Cerro Vergara".

-Me han dicho que el día que los estrenaste no hubo manera de hacerte gol.

Era cierto, el día de su debut con un equipo de veras había pasado muchísimos nervios, pero se las había apañado para mantener la portería a cero. Mientras volvía a casa, le había dicho a su padre que ese iba a ser el día más feliz de toda su vida. Inocencia infantil.

-Sí, aquel partido la cosa se me dio muy bien.

-Pues nada, macho, mañana igual.

viernes 8 de julio de 2011

La Lección de "El Lussa" (2).

Acostumbrados a las amplias butacas de la primera clase, a aquellos hombres les costó una o dos vueltas acomodar la postura, pero la mayoría pronto cogió el sueño.

Juan María Gil Pacheco, el veterano gran capitán, el hombre que había levantado tantas copas, no podía dormir. Al contrario que sus compañeros, él sí creía entender la razón de que el míster hubiera montado aquel numerito, y estaba admirado de la belleza del gesto.

El partido de ida había sido una auténtica cagada, pero, a pesar de eso, o puede que precisamente por eso, la afición esperaba una remontada imposible. Imposible porque meterle cuatro goles en su campo a aquellos elementos -y que no te metieran ninguno- no estaba al alcance de nadie. La machada no se produciría, y los medios y los aficionados sacrificios para aplacar al monstruo de las ilusiones rotas. Con todo esa payasada del autocar, el míster estaba regalando la excusa perfecta a sus hombres, a la vez que cargaba sobre sus espaldas toda la responsabilidad. "El Lussa" iría a la calle en mitad del escarnio periodístico, al tiempo que los jugadores saldrían de rositas diciendo "perdimos porque ese tipo estaba loco. ¡Mirad lo que hizo!"

Si no hubiera sido un veterano tan curtido, Gil Pacheco habría llorado. El míster era un tío cojonudo.

-¡Quita esa cinta de una vez, coño!

Gil Pacheco sonrió, aquellos chavales no compartían el gusto por la copla del conductor. ¡Si es que la mayoría eran casi unos críos!

Los dos camareros del sitio donde se hizo la parada al principio pensaron que aquello era una alucinación producto de lo temprano que era, luego, no tuvieron más remedio que avisar a los de cocina.

La visita fue rápida, lo justo para ir al baño, tomarse el bocadillo y complacer las peticiones de fotos y autógrafos. Luego, con el personal todavía boquiabierto, siguieron trayecto.

jueves 7 de julio de 2011

La Lección de "El Lussa" (1)

-¿Qué hora es, "Látigo!?

-Las 5 de la mañana.

-¡No me jodas! ¿Qué querrá éste a estas horas?

-Ni idea. Sólo sé que acaba de llamar, que estemos en 20 minutos en recepción.

-¡La madre que parió al genio de la táctica y la motivación!

Fabio Sergio Lussambani "El Lussa" era famoso por lo buen entrenador y lo mala persona que era, según algunos; otros decían que era al revés, que no tenía ni idea de fútbol, pero era una madre con sus hombres. Unos decían que tenía suerte, otros que sacaba de petróleo de futbolistas mediocres; unos decían que era un genio excéntrico, otros que era un perfecto gilipollas...En cualquier caso, había ganado títulos en tres países diferentes y no dejaba indiferente a nadie, con lo que debía ser grande de verdad.

Y allí estaba "El Lussa", con la plantilla en pleno de uno de los tres mejores equipos del continente, y de los cinco mejores del mundo, con cara de sorpresa y sueño.

-Bueno, señores, venga, al autocar.

-¿Al autocar? Tendremos que subir a por nuestras cosas- exclamó indignado José Paizcuta, interior zurdo internacional.

-En esas bolsas tenéis todo lo preciso, de los demás, ya se encarga el club de que no os lo quiten. A la vuelta lo recogéis.

-¿Pero...mi móvil, mi aparato de música, mi...? -terció alarmado Mario do Santos Fabra "Pelao", lateral diestra, acaso el mejor del mundo.

-Si tienes que llamar, buscamos una cabina y me pides una moneda y de la música no te preocupes, que el chofer tiene una buena colección de cintas.

-¿Nos van a llevar al aeropuerto en esa mierda de autocar? -preguntó Zarko Sprainovich, el "Serbio de Oro".

-No, os vamos a llevar al partido en esa mierda de autocar.

-¿Cómo al partido? ¿Los 500 kilómetros?-dijo Manolín Ponce, portero titular del combinado nacional.

-Los 500 kilómetros. Muchos, así que no hay tiempo que perder, coged las bolsas con las equipaciones y vámonos.

-¡Yo soy una estrella global y me niego a...! -estallo Pablo "Látigo" Bermúdez, máximo goleador de la última Eurocopa.

-Error, tú eres un chaval de 24 años que va a jugar un partido de fútbol, si es que tu entrenador decide sacarte. Así que vamos.

Los muchachos conocían al míster y sabían que ya estaba todo hablado. Sin rechistar, como corderitos en chándal, subieron al autocar y se fueron sentando.

-¡En marcha, Sinsoles!-indicó "El Lussa" al conductor.

miércoles 6 de julio de 2011

Nación Bolingbroke 5 (Futuro-Ficción).

Relativamente pocos "bolingbrokers" cometen delitos y la gran mayoría son comunes, por lo que son juzgados por los tribunales ordinarios de sus "países geográficos". Si son enviados a la cárcel, pierden automáticamente la nacionalidad. Bolingbroke no quiere delincuentes entre sus filas.

No obstante, si el delito es contra Bolingbroke, principalmente traición por venderle información a otra empresa rival o algún periodista fisgón, el asunto es competencia del Ministerio de Justicia de Bolingbroke. El ciudadano tiene un juicio justo, y, si efectivamente es culpable, se le factura al Centro de Redención bajo Custodia Bolingbroke, alias "La Nevera".

"La Nevera" es una cárcel edificada sobre gran pedazo de Polo. El terreno, obviamente, fue muy barato y tiene la gran ventaja de que, aunque alguien consiguiera fugarse de sus muros, se encontraría en mitad de ninguna parte con kilómetros y kilómetros de hielo en todas las direcciones. Obviamente, las condiciones de vida en "La Nevera" son durísimas, no es ningún secreto. Se llama "disuasión". Los policías que custodia a los internos también se enfrentan a las mismas penurias, pero es un destino voluntario de sólo seis meses y supone un ascenso seguro, por lo que no faltan candidatos. Hacerlo así resulta más barato que construir y mantener viviendas cómodas con potente calefacción para los guardias. Estilo Bolingbroke.

Para los amantes de climas mucho más agradables, Bolingbroke ofrece sus "colonias vacacionales". La denominada "Perla del Índico" está especialmente de moda. Se asienta sobre lo que solía ser un territorio africano en conflicto permanente. Pero no olvide que las guerras son por dinero, y los billetes que servían para los hombres mataran, sirvieron también para que dejaran de hacerlo. Así, la región en disputa pasó a ser un idílico y exclusivo complejo turístico bañado por el Océano Índico, del que disfrutan tanto altos "bolingbrokers" como otras gentes de fuerte poder adquisitivo. Y, por si acaso algún loco no entiende el idioma universal del dinero, está todo rodeado de un doble un cinturón de seguridad, el exterior controlado por el ejército y el interior por la policía.

Los trabajadores de la "Perla del Índico" son en su mayoría "externos" que sueñan con la ciudadanía que algunos logran cada año. Para ello trabajan horas y horas, y habitan en una pequeña ciudad de barracones situada entre los dos cinturones de seguridad. Todo sin rechistar, por supuesto. Los clientes, obviamente, jamás la verán: ellos llegan y se van desde la pista de un aeropuerto emplazado en un extremo del complejo.

Bolingbroke está muy satisfecho de su "Perla del Índico", como, en general, de toda su floreciente industria turística, que no deja de crecer.

martes 5 de julio de 2011

Nación Bolingbroke 4 (Futuro-Ficción).

"Analice la Historia: los primeros homínidos pronto se asociaron con lo que tenían más cerca, formando familias, clanes, tribus. ¿La razón? Satisfacer necesidades básicas: seguridad ante ataques de animales u otros hombres, la estabilidad emocional que da tener amigos o encontrar una pareja, y asegurarse de que alguien cuidará de uno si enferma o durante la vejez.

Entonces, cuando se sintió seguro y poderoso, el ser humano decidió que quería un hogar más grande, mejores alimentos, ropa más lujosa, y eso se podía lograr a costa de los que eran más débiles que él. Se aliaron en grupos más grandes, hasta configurar los actuales países, e iniciaron las guerras y las conquistas. Los señores de las armas controlaban los recursos, eran los amos del mundo, y todos debían someterse a su capricho.

Y aquí llegamos a un momento clave: no basta con apoderarse de los recursos, hay que saber administrarlos, hay que saber hacerlos producir. El poder de la guerra no es ilimitado -los ejércitos no pueden luchar infinitamente-, es preciso entonces enriquecerse en la paz. Y es ahí cuando la gente como yo entra en juego: los empresarios, los economistas, los banqueros...Los gestores del botín de guerra, los que transformar las victorias militares en prosperidad, los que mantienen vivos los imperios.

Pero me estoy desviando del tema, perdone. El caso es que ya he demostrado que una nación no es más que una unidad colectiva de protección y promoción individual. Tradicionalmente, la pertenencia a una u otra estaba marcada por el lugar de nacimiento. Era algo lógico, los nuevos miembros de la comunidad nacen en el seno de la misma, ésta les ampara cuando son niños indefensos y, a cambio, crecen en la lealtad hacia su país. Pero, en las condiciones actuales, esto debe cambiar. Las comunicaciones de todo tipo son rápidas, seguras y económicas, las fronteras dibujadas en los mapas han dejado de tener sentido y poder, los "países geográficos" están condenados a la extinción, van a ser sustituidos por los "países económicos", por las "Empresas-Estado". ¿Quién mejor que una empresa fuerte y eficiente para darle seguridad y comodidades al ciudadano? ¿Por qué ser parte de una nación absolutamente ineficaz desde el punto de vista empresarial, lastrada por inútiles y vagos que son incapaces de producir, y a los que tengo que mantener con mi trabajo? ¡No hay mayor orgullo y sentimiento patriótico que sentirse parte de un grupo de ciudadanos que son la élite intelectual y laboral de nuestra raza!

Las "Empresas-Estado" son el futuro. De hecho, la III Guerra Mundial no se librará entre países convencionales, sino entre "Empresas-Estado", y puede que un futuro no muy lejano. No será una guerra nuclear, sino económico-comercial, y resultará la más cruel que jamás haya conocido la especie humana y la de efectos más devastadores".

(Artículo publicado por Henry W. Bolingbroke en "The New York Times" el 30 de Enero de 2029, días antes de la creación de la Empresa-Estado Bolingbroke).

lunes 4 de julio de 2011

Nación Bolingbroke 3 (Futuro-Ficción).

¿Por qué, pues, son los Bolingbrokers tan fuertemente nacionalistas? ¿Por qué todos lucen con orgullo la "bandera del sol estrellado" en sus casas y en sus coches?

Piénselo, ¿por qué se ama a un país? Porque es bello, porque nos da motivos para sentirnos orgullos, porque todo el mundo quiere sentirse parte de algo grande e importante.

Bolingbroke es una nación de prosperidad máxima donde ninguno de sus ciudadanos está en el paro; es una nación donde todos los ciudadanos son brillantes y sofisticados profesionales -no hay paletos-; es una nación moderna y bella, un país que adquirió terrenos hermosos y los decoró para hacerlos incluso más bonitos (¡pero si hasta hay colonias Bolingbroke con importantes ingresos por turismo!)

¿Responde eso a su pregunta?

En lo referente a la política, la mayoría de los Bolingbrokers manifiesta una absoluta falta de interés. Todos tienen derecho a voto en su "otro país", pero casi ninguno lo ejerce. ¿Para qué? Todo lo que tiene que garantizar un gobierno (sanidad, educación, vivienda...) ya se lo proporciona Bolingbroke. Este es un fenómeno que es visto con preocupación por la mayoría de los estados pero, ¿qué pueden hacer? Nadie puede competir con Bolingbroke.

Otra característica peculiar -y uno de los grandes pilares de su éxito- son los "externos".

Un "externo" es una persona que trabaja para cualquier empresa de Bolingbroke pero no es ciudadano, al menos de momento. Realizan trabajos que requieren poca formación y la mayoría están empleados en las colonias de América del Sur, África y Asia. Trabajan con gran entusiasmo, empujados por una gran motivación, por un sueño: La "Inclusión".

Todos los años, el Ministerio de Ciudadanía concede un número de pasaportes Bolingbroke a aquellos "externos" que más se han distinguido por su productividad y su empeño por mejorar. Se hace en una gran ceremonia pública. Mientras los nuevos "bolingbrokers" posan sonrientes con sus flamantes pasaportes (y todo lo que ellos significan), los "externos" contemplan, aplauden y sueñan.

Hay "externos" que hacen turnos de hasta 16 horas voluntariamente y cobrando sólo la mitad (lo firman por escrito). Es el único camino al soñado pasaporte. Mientras, los gobiernos locales no abren la boca. Le recuerdo que lo que pasa en las "colonias Bolingbroke" no es asunto de nadie de fuera.

La devoción de los "externos", como ya le dije, es uno de los pilares del éxito de la Empresa-Estado.

domingo 3 de julio de 2011

Nación Bolingbroke 2 (Futuro-Ficción).

Pero, ¿qué tiene de especial ser de Bolingbroke?

A primera vista, nada. Son ciudadanos totalmente normales, que trabajan y reciben su salario como cualquier otro. Pagan impuestos, aunque en condiciones ventajosas, gracias a acuerdos especiales que Bolingbroke suscribió con los diferentes gobiernos.

Van de compras, al cine o al fútbol, aunque gestionan todo eso a través del Departamento de Ocio y les sale más barato, e incluso puede que gratis, si poseen el nivel adecuado.

Se relacionan como cualquier persona y tienen sus amigos. Algunos son bolingbrokers, otros no. Lo mismo es aplicable a las relaciones de pareja, aunque para que un niño tenga la nacionalidad, es preciso que sus dos padres sean bolingbrokers.

También tienen hipoteca, aunque reciben un trato muy especial si lo hacen con algún banco de Bolingbroke. Y para los que no quieran comprar vivienda, Bolingbroke ofrece alquileres a precios muy asequibles en cualquiera de sus colonias.

En lo referente a sanidad o educación, todos los bolingbrokers son libres de elegir médico y colegio para sus hijos, pero a nadie se le escapa la excelencia de las clínicas de la Red Sanitaria Bolingbroke (con precios casi simbólicos para ciudadanos) y que los menores que estudian fuera del Sistema Educativo Bolingbroke tienen que pasar la muy exigente Evaluación de Idoneidad Ciudadana (E.I.C) si no quieren perder su pasaporte bolingbroker al cumplir la mayoría de edad.

Bolingbroke no es una secta, no hay lavados de cerebro, no hay veneración artificial hacia el muy anciano Presidente, nada de eso (de hecho, es un estado aconfesional, y sus ciudadanos pertenecen a todo tipo de credos). Se trata, simplemente, de un país de personas en el que un gigantesco departamento de recursos humanos, llamado oficialmente Ministerio de la Ciudadanía, da y quita la nacionalidad según su criterio. Es la patria artificial de los trabajadores más brillantes y eficientes. Si eres bueno, el chollo continúa; si te relajas y dejas de ser muy productivo, estás fuera.

Tampoco hay un control obsesivo por la información personal de los ciudadanos, aunque si existe un Ministerio del Interior, con su propio servicio de policía, y un Ministerio de Justicia, a cuya autoridad todos los bolingbrokers se someten, independientemente de la justicia ordinaria de los diferentes países.

Lo cual nos lleva al tema de los "concordatos especiales".

Hay ciertos países que, a cambio de fortísimas inversiones de Bolingbroke, aceptaron que los portadores de pasaporte Bolingbroke tengan inmunidad con la justicia local, y sean juzgados exclusivamente por un Tribunal Bolingbroke. Además, también aceptaron no inmiscuirse en cualquier asunto que ocurriera en las colonias ubicadas en su territorio, ni establecer control alguno sobre las entradas y salidas de personas y mercancías entre colonias Bolingbroke y terceros países.

Hubo cierto gobernante recién elegido que consideró todo esto como un escandalo nacional y expresó su intención de anular tales privilegios. Entonces, hizo números y se percató de que sin Bolingbroke, la economía de su país simplemente se iba a pique. Y cambió de opinión.

También hay un Ministerio de Defensa (con su ejército correspondiente). Su única misión oficialmente es defender la integridad territorial del Estado Bolingbroke y la seguridad de sus ciudadanos. Gracias a los "concordatos especiales", lleva a cabo "misiones defensivas" con total libertad en ciertos rincones del mundo.

Esta es, brevemente, la muy exitosa Empresa-Estado Bolingbroke.

sábado 2 de julio de 2011

Nación Bolingbroke 1 (Futuro-Ficción).

Clara García y Joaquín Lozano son legalmente españoles, así como su hijo Albertito, pero, para ellos, eso es poco más que una anécdota. Si usted les pregunta, ellos se definirán como "bolingbrokers", que, oficialmente, no es nada en absoluto, pero lo es todo para ellos.

Aquello nació en 2029, gracias al sobresaliente intelecto del magnate Henry W. Bolingbroke. La idea, el concepto era el de la "Empresa-Estado". Bolingbroke declaró de modo extra-oficial a su inmenso rancho de Montana como el "Estado Bolingbroke", y todas sus fábricas y oficinas repartidas por el planeta pasaron a ser "Colonia Bolingbroke". De inmediato, los trabajadores de cierto rango de sus múltiples compañías pasaron a recibir la nacionalidad "bolingbroker", con pasaporte incluido. Ni el estado ni los pasaportes estaban reconocidos por ningún organismo oficial y, de hecho, todo el mundo se tomó aquello como una excentricidad del viejo empresario.

Hoy, diez años después de nacer la idea, el pasaporte sigue sin ser oficial, pero ya nadie lo toma a broma. Hay más de 7 millones de "bolingbrokers" repartidos por los cinco continentes en miles de colonias, y las solicitudes se cuentan también por millones. De hecho, la idea ha cuajado tanto, que las extra-oficiales "Empresas-Estado" están floreciendo.

Pero volvamos a Clara y Joaquín. Están planificando sus vacaciones, este año les apetece conocer París. No hay problema, una enorme finca cercana a esa ciudad fue adquirida por Bolingbroke hace tres años y se edificó allí una colonia. Clara y Joaquín son ambos "bolingbrokers nivel 3", por lo que se le proporcionará una habitación familiar y media pensión gratuitas durante seis noches.

Además, están contentos, Albertito (legalmente, "Alberto Bolingbroke García Lozano") ha sacado buenas notas. Estudió el Segundo Curso de Educación Primaria en el Centro Preparatorio Básico Bolingbroke-Madrid Este. El sistema educativo propio de los Bolingbrokers asigna a cada alumno unos estudios dependiendo de sus capacidades y las necesidades del Estado. El deseo de sus padres, obviamente, es que en el futuro sea seleccionado para entrar en alguno de los centros de la Red Universitaria Bolingbroke, lo que le convertirá automáticamente en "bolingbroker nivel 2".

viernes 1 de julio de 2011

Historia Imaginarias de un Colegio que Jamás Existió: El Hermano Matías y los 40 Ladrones.

-¡Se dejaría usted la cabeza en la sala de profesores si no la tuviera sobre los hombros, don José Luis!

Suspenso en originalidad, aunque el Hermano Amalio tenía razón. Si no llega a ser porque siempre hay un hermano de retén en portería, se habría tenido que pasar todo el verano sin carné de identidad.

Lo había sacado con el fin de que lo fotocopiaran para no recordaba qué papel, y, empujado por las prisas que presiden un fin de curso escolar, lo había metido en el bolsillo de la bata en vez de guardarlo en la cartera. Con las mismas prisas del último día, se había olvidado de rescatarlo y ahí se había quedado, acurrucadito en su taquilla.

Los pasillos y las salas de un colegio vacío son lugares tenebrosos de puro pacíficos, en especial para aquellos que están acostumbrados a recorrerlos sumergidos en el ruido perpetuo de las carreras y los gritos del alumnado.

¿Pasos? ¿Quién más se habría dejado algo?

José Luis Trestuestes asomó la cabeza por la puerta de la sala de profesores, y a lo lejos, distinguió los característicos andares del Hermano Matías, alias "El Boliche". ¿Es que el tío no dejaba de dar vueltas por el colegio ni en vacaciones?

El Hermano Matías se detuvo delante la puerta del cuartito con ventanilla que hacía las veces de papelería del colegio y extrajo del bolsillo del pantalón su legendario manojo de llaves. En efecto, el Hermano Matías poseía la clave de todas y cada una de las cerraduras del colegio. Pero, sin duda, la más preciada y exclusiva habitante del llavero era la del almacén que estaba situado al fondo del cuartito de papelería. Nadie, ni tan siquiera el director, poseía copia. Hacía años que el propio Hermano Matías había cambiado la cerradura y él custodiaba la única llave existente, por lo que era gestor exclusivo del almacén. Cuando llegaban materiales, los repartidores siempre entregaban las cajas en la ventanilla, siendo el propio Hermano Matías el encargado de transportalas a la otra sala.

En lo referente a la contabilidad de la papelería, el Hermano Matías y el Hermano Admnistrador trataban el asunto directamente entre ellos. A la hora de la rendición de cuentas anual, las números siempre cuadraban a la perfección. En cualquier otro lugar, quizás alguien se habría sentido tentado de escarbar un poquito, pero aquello era un colegio de curas, y ciertas cosas era mejor dejarlas estar.

Ajeno a que no estaba solo, el Hermano Matías dejó la puerta de la papelería abierta y se fue en busca de algo, que resultó ser un paquete de mediano tamaño que el anciano metió en la sala con cierto esfuerzo y resoplido. La operación se repitió, ante los furtivos y asomados ojos de José Luis Trestuestes. Cuando el Hermano Matías se fue de nuevo, la tentación atracó a Trestuestes. Seguramente, el almacén -el misterioso almacén- estaba abierto y huérfano de centinela.

¿Por qué no?

Con todo el sigilo que le toleraron los nervios y la excitación, José Luis Trestuestes se dirigió hasta el cuartito de papelería y se introdujo en su interior. Efectivamente, la puerta del almacén estaba entornada. Con la cautela, la reverencia y la emoción de un arqueólogo, la abrió lentamente.

Lo primero que le sorprendió fue que el almacén era mucho más grande de lo que había imaginado, pero esa fue la menor de las sorpresas.

Allí no cabía ni un clip: cajas, y cajas, y más cajas con todo tipo de artículos de papelería y sin abrir; estanterías llenas de libros de texto y cuadernos totalmente nuevos, aunque algo amarillentos ya por los años de almacenaje; colecciones de diapositivas con el plástico puesto, al igual que multitud de cintas de vídeo, e incluso un par de ordenadores portátiles, también en su embalaje original.

Los pasos lentos y los resoplidos se oyeron a lo lejos. José Luis salió disparado y, al amparo de la semi-oscuridad del pasillo y la sordera del Hermano Matías, ganó la sala de profesores sin ser descubierto.

Guardado ese último paquete, el Hermano Matías volvió a cerrar su particular cámara acorazada y desapareció tan rápido como había venido.

De camino a casa, un perplejo Jose Luis Trestuestes no podía quitarse de la cabeza el espectáculo que había presenciado, aquella sorprendente manifestación del más puro "Síndrome de Diógenes" en versión material escolar.

¿Debía hacer algo?

No, mejor no, después de todo, aquello era un colegio de curas, y ciertas cosas es mejor dejarlas estar.




















(El Colegio Imaginario cierra sus puertas hasta Septiembre, pero "Mundo Jackson" continúa).