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martes, 18 de octubre de 2011

¿Quién Puede Matar a una Escolar?

El cuerpo inerte de la niña yacía bajo una manta gris en un charco de sangre.

Los motivos más obvios para que alguien mate a una cría de 14 años ya estaban descartados: los padres formaban un feliz matrimonio y ninguno de los dos tenía la importancia o los enemigos para que alguien pagara -mucho dinero- para hacer ese trabajo. Porque, sin duda, eso llevaba la firma de un profesional.

El asesino había entrado en el centro haciéndose pasar por un empleado de reparaciones. En otro sitio quizás alguien en recepción habría hecho alguna pregunta, para aquel era un colegio tranquilo en un barrio todavía más, por lo que una gorra de propaganda, un mono sucio y una caja de herramientas fueron pasaporte suficiente.

Con rapidez pero sin prisas, para no levantar sospechas, el sicario había subido hasta la cuarta planta, llegado a la penúltima aula, atravesado la puerta y, sin mediar palabra, le había descerrajado cuatro tiros a la pobre Elenita. Todos hicieron blanco.

Antes de alguien pudiera reaccionar, había tomado la cercana escalera de incendios y había accedido al patio, donde no fue difícil huir confundido entre los padres que estaban recogiendo a los niños pequeñitos.

Ahí se le perdió la pista.

*          *          *

En efecto, el asesino era profesional, pero no un gran profesional. Uno bueno de verdad no habría cimentado un detalle tan fundamental en una base tan débil.

A primera hora de la mañana, el chivato, haciéndose pasar por el papá de un niño en cama con gripe, había subido a las aulas en busca de un supuesto y vital cuaderno de ejercicios de inglés. Con esta excusa, había podido atravesar el pasillo y asomarse discretamente a las ventanas de las clases, hasta que localizó a la presa. Con la misión cumplida, bajó y volvió a pasar por recepción. "¡No se lo va a creer, me acaba de llamar mi mujer, que el cuaderno está en casa!" La conserje sí se lo creyó.

Nada más salir, el chivato usó el mismo móvil de la excusa para llamar al sicario: "La segunda de la tercera fila empezando por la ventana".

*          *          *

Todas las niñas de la clase lloraban histéricas, porque todas eran "superamigas de Elenita", pero había una más histérica que las demás.

-¡Mira la pobre Alba, qué mal lo está pasando!-comentó la de Lengua.

-Sí, es que estaba muy unida a Elenita.-respondió el de Física.

En efecto, Elenita y Alba eran muy amigas, tanto como para que la primera convenciera a la segunda de que le cambiara en sitio en inglés, de manera que pudiera estar junto a Morales, el repetidor de irresistible mirada de niño chungo de barrio que le tenía robado el corazón a Elenita. Alba accedió. Al fin y al cabo, el de Inglés nunca se enteraba de nada.

Alba sabía que había salvado la vida de puro milagro. Siempre le había atraído lo prohibido, sentir que era la niña mala y rebelde que hace cosas peligrosas le encantaba, pero estaba claro que esa vez se había metido en un lío gordo de verdad. Acababa de demostrarse que a esa gente no le gustaban un pelo los que se pasan de listos, y que no se cortaban a la hora de hacerles pagar.

No pasaría mucho tiempo antes de que se dieran cuenta de su error, y ésos no eran de los que fallan dos veces. ¿Qué hacer? Se lo podía contar a los policías, pero en lo que estaba metida era tan gordo que casi mejor que no.

En fin, pobre Elenita, siempre fue un poco pringada...

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