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martes, 31 de agosto de 2010

Radio de Servicio Público (y Ronquido).

Parece que lo de tener insomnio se está convirtiendo un todo un pasatiempo nacional.

Atravesar toda la noche removiendo el puchero de las preocupaciones -grandes o pequeñas-, recorrer de lado a lado la cama como un rodillo, o simplemente estar horas y horas mirando al techo buscando en vano una respuesta en esa hoja en blanco.

Hay quien busca asilo en la radio, esa calurosa radio nocturna. Grandes programas, muy entretenidos, para todos los gustos...

¡Así no hay quien se duerma!

Es por esto que me parece que alguna cadena de radio pública, como un servicio público que es, debería tener una programación de madrugada donde se contratara a los oradores más soporíferos del país para que hablaran de los temas más aburridos que imaginarse uno pueda.

Y, para que el escuadrón plúmbeo pueda descansar un ratito, pausas en las que se emitirá una nana.

No tendría mucha audiencia, al menos no mucha audiencia en estado de vigilia, pero estoy seguro de muchísimos españoles le estarían eternamente agradecidos.

¿El nombre?

"La Sartén de Morfeo" (para quedarse frito), "El Sueño Soñado" (más poético) o "Profesores Eméritos Le Introducen a la Macroeconomía (sin vaselina).

lunes, 30 de agosto de 2010

Los Casos de Woodchat Shrike: Un Honrado Amigo (y 16).

Ahí terminaba el relato de Woodchat Shrike. Dentro de la carpeta que lo contenía, también hallé un libro: "Antología Poética de Horace Adria, (Doctor en Artes)".

Yo tampoco sé mucho de Literatura, pero sólo me hiceron falta un par de poemas para decidir que no iba a leer más. Sin duda, el hecho de que la obra hubiera pasado desapercibida durante todos estos años constataba que no tenía demasiado valor.

El tomo traía una introducción redactada por el doctor Clive Jenkins, aunque a mí me supo a otras cosas: disculpa, justificación...Todo eso veía yo entre aquellas líneas, gracias sin duda a la información privilegiada que me había regalado Woodchat Shrike.

El Amor tiene su reverso tenebroso en el Odio. Ambos comparten la misma naturaleza y, presiento, se diferencian sólo en el estado de sus componentes, al igual que le ocurre al diamante y el grafito.

Pero, ¿cómo se llama al reverso tenebroso de la Amistad? ¿Es acaso la Envidia? ¿El Rencor? Lo ignoro, pero sin duda existe, como el caso de Adria y Clive tan claramente me había demostrado.

Por último, el libro traía una curiosa dedicatoria: "Para Walt Sharper, con todo su afecto. Woodchat Shrike".

Un nuevo nombre, una nueva pista, un nuevo misterio...

domingo, 29 de agosto de 2010

Los Casos de Woodchat Shrike: Un Honrado Amigo (15).

"Usted sabrá disculpar mi evidente exceso de teatralidad con aquel montaje, pero presentía que era necesario para que Jenkins lo admitiera todo. En el fondo, fue un gran farol, porque yo jamás hubiera sido capaz de ahorcarle. Bastante poca gracia me hacen las que llevan la firma de un juez, como para ponerme a hacerlas por iniciativa propia. Además, aquello habría sido toda una chapuza carnicera. Yo sólo sé hacerlo con trampilla, y no tirando de una soga que cuelga de una rama.

Le quité la mordaza y, como era de esperar en una persona de ese tipo, me ofreció dinero. Le repliqué que se lo metiera el agujero de costumbre, y saqué de mi bolsa los cuadernos de Horace Adria.

'Vamos a hacer una cosa: usted se va a encargar de que esto se publique, bien editadito, ¿prometido? Y ahora, vamos a ocuparnos de las cenizas de su amigo, y después le llevamos de vuelta a Londres, y damos por zanjado el asunto, ¿de acuerdo?.

El asintió, sombrío y aliviado.

Le retiré las ataduras y la soga, y le di una voz a Peabody para que viniera. Oportunamente, se había ido a buscar setas, según yo le había indicado.

'Por cierto, siento mucho lo de su prometida. Pero, ya ve, Adria murió y ella no ha vuelto, ni su agónico dolor se ha ido'

'Ya...La quería de verdad, mucho, ¿sabe?...Jamás encontraré a ninguna como ella...No, yo ya me quedo soltero'

Entonces recordé que no hay verdugos, sino víctimas que matan".

sábado, 28 de agosto de 2010

Los Casos de Woodchat Shrike: Un Honrado Amigo (14).

"No debió ser un dulce despertar: al pie de un árbol con un tremendo dolor de cabeza, atado, amordazado y con una soga al cuello.

'¡Póngase de pie, por favor, Doctor Jenkins!'

El tipo abrió unos ojos como de dibujos animados, al tiempo que intentaba en vano chillar.

'Muy bien, doctor. Ahora le voy a contar un bonito relato, a ver qué le parece a su fino paladar literario. Es la historia de dos muchachos que se conocen en la universidad. Uno es un cara, el otro es un pobre hombre. Se hacen amigos, o eso creo el infeliz del segundo, porque al primero sólo le divierte reírse de él haciéndole creer que la porquería que escribe es buena. Al tiempo, nuestro querido caradura se nos enamora de verdad de una hermosa muchacha y planea casarse con ella. Pero llega un señor muy malo llamado Adolf Hitler para estropearlo todo. El cara se nos va a la guerra, y teme que algún listo le levante a la novia, así que le deja encargado a su amigo el tontín que cuide de ella, como un eunuco de los viejos tiempos...¿Qué tal? ¿Le está gustando?'

Por la cara que estaba poniendo Jenkins, era claro que no le estaba gustando un pimiento, pero también que yo no iba desencaminado.

'Pero, ¡misterios del alma humana y sus caprichos!, la señorita empieza a sentir una pasión totalmente intolerable por el poestastro o por su obra, o quizás por ambos. Y se lo transmite a usted por carta, lo que le fuerza a volver apresuradamente de permiso con el fin de intentar que las aguas vuelvan a su cauce...Para encontrarse a su llegada con la tragedia de que la joven ha fallecido, y todo por salvar una de las mierdas en su tinta del otro...¡Usted está roto por dentro y siente necesidad de vengarse! ¡Qué cosas más dolorosa y estéril la venganza, se lo digo yo por propia experiencia!'

'Su primer impulso es matar al pánfilo, pero tiene la sangre fría de decidir que no merece la pena acabar ante un juez -o alguien peor- por ese imbécil. Además, usted quiere llegar más allá...Mientras, el tontín no para de martirizarle con sus ansias de laureles literarios. Entonces, se le viene a la mente un tipo similar: Charles Guiteau, el asesino del presidente Garfield, del que tantas veces le habló su camarada durante la guerra. Guiteau también tenía delirios de grandeza...y matar al presidente le permitió que la gente se interesara por él. ¿Me sigue, Jenkins?'

Me seguía, puesto que el mismo había fabricado el camino.

'Su amiguito está dispuesto a todo con tal de que se publique su obra, pero matar a un ser humano...Es entonces cuando usted decide poner en marcha los conocimientos sobre falsificación de documentos adquiridos durante la guerra. Crea esta carta que encontré en la habitación de Adria. Supuestamente, se la ha enviado en viejo profesor Porter-Smith, y le confía que le quedan semanas de vida y que la espera lo está torturando. Así, el homicidio no será un crimen, sino un acto de piedad. La carta será su golpe de efecto durante el juicio, le hará la pena mucha más ligera -incluso puede que salga absuelto- y, sobre todo, le dará incluso más publicidad. ¡Los editores se pegarán de bofetadas por publicar su libro! Lo que él no sabe es que cualquier perito caligráfico descubrirá que la carta es una muy mala falsificación'.

'Por fin convencido, Adria abandona a su familia para concentrarse en su plan. El método más adecuado parece sin duda el envenenamiento. En el servicio secreto, usted aprendió una o dos cosas sobre el tema. Ahora tan sólo queda buscar una excusa para tomar el té con Porter-Smith, y se les ocurre lo del encuentro con Bright. Pero el estúpido de su amigo no vale ni para envenenador básico. Con los nervios, confunde el veneno -cianuro de potasio- con el azúcar, y liquida a quien no debía...Y el resto ya está en los periódicos. Usted le visita en la cárcel, le lava el cerebro diciendo que ése es su destino y le promete que publicará todo lo que escriba.... El bobo colgando de una soga -con los zapatos relucientes, al igual que Charles Guiteau- y habiendo muerto con la convicción de que su obra por fin será difundida, cosa que usted se encargará de que no pase...¡La venganza se ha cumplido, redonda!'

'Doctor Jenkins, es usted cómplice de un asesinato. El cerebro, para ser más exactos. Usted lo sabe, yo lo sé, pero resultaría complicado demostrar toda esta historia ante un juez, así que he decidido que nos saltemos ese paso'.

Jenkins, que había agachado la cabeza hacía unos segundos, levantó la vista. Como tipo listo que era, sabía que había llegado el momento de negociar, posiblemente para salvar su vida".

viernes, 27 de agosto de 2010

Los Casos de Woodchat Shrike: Un Honrado Amigo (13).

"Había llegado la hora de la Verdad (o, al menos, de intentarlo).

Bernie me estaba esperando en su oficina. 'El señor Jenkins debe estar al llegar'. Yo aleccioné a Bernie. Daba gusto con él.

'Buenos días, señor Jenkins. Soy Bernard Peabody y este es mi ayudante Jones'

'Doctor Jenkins'

'¡Ah, perdón!...Bien, aquí tiene las cenizas de su amigo. Supongo que debe ser un momento duro para usted, ¿quiere que le lleve a alguna parte en mi camioneta?'

Bernie no se habría ganado la vida como actor.

'La verdad es que mi amigo me había pedido que arrojara sus cenizas...'

'Pues nada, nosotros les llevamos', intervine, aprovechando al máximo aquella oportunidad inmejorable.

Durante el trayecto, interrogué a Jenkins sobre Adria. Me lo describió como un pobre hombre, con una terca incapacidad para asumir sus grandes limitaciones que lo había hecho un infeliz y , en último extremo, la había empujado al patíbulo.

'Pero, ¿usted era claro con él?...Sobre lo de que no valía para poeta', dejé caer.

'La verdad es que jamás tuve el valor...Lo cierto es el que el pobrecillo me daba tanta lástima'

Un amigo de verdad jamás te tiene lástima, y te ayuda para que no se la des a nadie. Y, si es preciso, te empuja o te lleva a rastras.

'Aparque aquí, que el sitio está ahí cerca y no se si podrá seguir con la camioneta'.

Salimos los tres y nos internamos en el bosque. En fin, había llegado la hora. Saqué una porra que llevaba conmigo y le metí un viaje al tal Jenkins que lo dejó fuera de combate".

jueves, 26 de agosto de 2010

Los Casos de Woodchat Shrike: Un Honrado Amigo (12).

Sentía que podía estar en la ruta correcta, pero ante un cruce de caminos. Necesitaba que los Adria me indicaran por dónde desviarme, y además, que me dieran permiso para seguir camino.

Me recibieron con su distintiva corrección, pese a que me presenté de improviso. Les indiqué que su hijo había escrito unos cuadernos en prisión y si deseaban que les ayudara a conseguirlos. La idea pareció no ilusionarles demasiado. Me comentaron que saber que su hijo estaba arrepentido de todo lo que había hecho era lo más importante para ellos. Con la ayuda de amigos ,y de Dogan, estaban convencidos de que poco a poco serían capaces de retomar sus vidas y tener un bello recuerdo del hijo perdido. En lo referente a los cuadernos, seguro que eran tan malos como de costumbre, así que no merecía la pena que me molestara.

'¡Que se los den al maldito Jenkins, que era el único que parecía apreciar su obra!', dijo la madre.

'¡O a la pobre Claire, si estuviera viva!', apostilló el padre.

'Esa Claire...¿era la prometida de Jenkins?', me interesé.

'Sí, cuando Jenkins se fue a la guerra, nos visitaba con frecuencia. Supongo que mi hijo y ella se consolaban mutuamente por la lejanía del tipo ese. Entonces, aquel infame día, llegaron los bombarderos alemanes. Salimos todos pitando, pero mi hijo se dio cuenta que se había dejado en su habitación su enésimo mejor poema de la historia, y la infortunada Claire se volvió corriendo a intentar recuperarlo. Al poco de entrar...un impacto directo. Nos dijeron que debió morir en el acto, que no sufrió...Jenkins llegó al día siguiente...La debía querer mucho, porque había pedido permiso sólo para verla...Jamás pensé que ese bicho pudiera llorar, pero...ya ve'

Sí, ya lo veía todo claro.

miércoles, 25 de agosto de 2010

Los Casos de Woodchat Shrike: Un Honrado Amigo (11).

Tenía, pues, un montón de piezas -pero no todas- y la necesidad de encajarlas.

Llamé por teléfono a Peabody para que me informara de cuándo se iba a hacer la entrega de las cenizas de Adria a su amigo. Me contestó que al día siguiente, a primera hora. Le pedí que me esperara antes de hacerlo. Bernie Peabody, fiel a sí mismo, se limitó a decirme que sí. También me comentó que se había quedado con los zapatos del finado, porque estaban muy relucientes y eran de su talla. Peabody tenía esas cosas.

En fin, tenía un día para intentar resolver todo aquello, así que no había tiempo que perder.

Decidí que mi siguiente movimiento debía ser hacerle una visita al lugar del crimen. Sin duda la Policía ya había estado allí, pero en un caso tan claro dudo que hubieran hecho un registro a fondo. No había sido necesario, ya tenían sus pruebas para poner a un sospechoso convincente delante de un juez. Yo, en cambio, no buscaba eso. Buscaba la verdad.

Tuve la suerte de que la habitación estaba disponible, por lo que me hice pasar por un posible inquilino. La casera, muy amable, me la mostró destacando sus bondades con el grado adecuado de exageración. No obstante, obvió el detalle de que allí habían envenenado a un hombre. Yo, con mi mejor rubor fingido, le dije que estaba interesado en la habitación, pero sólo por un par de horas y para recibir a una “invitada”. La señora se indignó mucho y me dijo que aquella era una casa respetable. Yo le ofrecí una semana de alquiler poniendo cara de pena (lamentablemente, tuve que recurrir a dinero falso, dada mi humilde condición económica). A ella se le pasó la indignación. Hizo un poco de comedia: '¡Excepcionalmente, hasta las dos y que ni usted ni su invitada vuelvan por aquí!' Yo asentí y le dije que la señorita llegaría en un rato.

Por fin libre, fisgué en los típicos lugares donde la gente que no sabe esconder esconde las cosas importantes. El amigo Adria era de los de detrás de un cuadro. En posesión de lo que buscaba, me fui por donde había venido. La casera, sorprendida, me preguntó por mi “invitada”. `Se ha ido con Cary Grant”, le solté.

Me había puesto de buen humor.

martes, 24 de agosto de 2010

Los Casos de Woodchat Shrike: Un Honrado Amigo (10).

Sólo por pasar una guerra sin que le maten, no piense que ha sobrevivido. Las guerras le quitan la vida a muchísimas más personas que las que aparecen en las cifras de fallecidos.

Yo soy un buen ejemplo.

Es por eso que quise saber de cómo habían vivido la Guerra con los alemanes Adria y Jenkins. Me planté mi viejo uniforme y puse rumbo al archivo donde encontrar al información.

Resultaba que Adria se había librado del servicio -sin duda sus distinguidos padres habían podido tocar las teclas adecuadas para preservar a su amado hijo de los horrores de la guerra en ultramar-, mientras que Jenkins había trabajo en la Inteligencia Militar. Incluso, para mi sorpresa, leí que había sido condecorado junto a un compañero, un tal James R. Garfield.

Picado por la curiosidad, localicé el paradero de Garfield. De vuelta al mundo civil, daba clase en una universidad del norte del país. En concreto, de historia de Estados Unidos. Llamé a su despacho, pero la señorita que me contestó me dijo que no se encontraba en ese momento. 'Seguramente estará por ahí, contando batallitas de la guerra o de su tío-abuelo el presidente”, apostilló con tono de resignación.

Según parecía, James era pariente del presidente norteamericano James Garfield.

lunes, 23 de agosto de 2010

Los Casos de Woodchat Shrike: Un Honrado Amigo (9).

No es complicado que un jubilado te dedique un rato de su tiempo, puesto que éste siempre es libre. Y es especialmente sencillo si estás dispuesto a escuchar mientras lo llena charlando. Un carné de periodista de la BBC “prestado” terminó de concertarme la entrevista.

Adria y Jenkins habían sido alumnos suyos en lo que él calificó como un “triple último curso”: el último en que él impartió docencia, el último de los dos jóvenes en la universidad y el último antes de que Alemania invadiera Polonia.

¿Y a Bright, de qué lo conocía? Me replicó negando con la cabeza. 'Leí un poema suyo por primera vez un lunes y antes de terminar la semana ya había conseguido que me lo presentaran, siendo el primero de frecuentes y amistosos encuentros. Bright era bueno, y habría llegado a ser muy bueno, pero el doctor Adria no podía soportar que escribiera un millón de veces mejor que él. ¡Perra envida! ¿Usted cree que lo mató por la cátedra? ¿En Kingsharper? ¡En Oxford o Cambridge, sin duda, pero por esa universidad de mala muerte en Cornualles! El doctor no valía un pimiento como escritor, pero nadie sabía tanto de Poesía como él, si Bright le hubiese quitado la plaza de Kingsharper, habría ganado una en cualquier otro sitio sin mayor dificultad'.

Le pedí detalles de la tarde de autos. 'El doctor Adria sabía de mi estrecha relación con Bright, y me telefoneó para que le invitara en su nombre a tomar el té en la habitación alquilada donde se alojaba. Me dijo que era una especie de gesto de 'que gane el mejor'. Llegamos, charlamos, incluso reímos, todo muy amigable y civilizado, hasta que el doctor Adria preparó el té -dulce en exceso para mi paladar-, Bright bebió, empezó a hacer muecas extrañas y cayó redondo. Lo mejor del asunto es que el doctor Adria parecía tan sorprendido e impresionado como yo mismo'

Llamativo, sin duda.

domingo, 22 de agosto de 2010

Los Casos de Woodchat Shrike: Un Honrado Amigo (8).

“Comprenderá usted, estimado lector, como hombre de mundo que sin duda es, que comencé a barajar la posibilidad de que entre Adria y Jenkins -por ambas o alguna de las dos partes- existiera amor de ese que asociamos al hombre y a la mujer, pero que no es raro se presente entre personas del mismo sexo.

Nada más abandonar el domicilio de los Adria, le comenté dicha suposición a Dogan. Sonrió, a él también se la había pasado la idea por la cabeza, y con todo el tacto del mundo se lo había planteado a sus padres. Ellos habían sido tajantes: 'Imposible, toda la pésima poesía amorosa de nuestro hijo siempre estuvo claramente dedicada a mujeres y el golfo de Jenkins tuvo amoríos con cientos de chicas, e incluso estuvo prometido a una chica llamada Claire Granger, que murió durante un bombardeo alemán en el 1940'.

La siguiente etapa era la familia de la víctima.

La señora Bright habían encarado el dolor de un modo totalmente diferente a los Adria. El mismo dolor al que había llegado por un camino diferente.

'Me hubiese encantado estar allí y ver a ese malparido pataleando', dijo.

Yo estuve a punto de decirle que a nadie le encanta estar allí, y que lo del pataleo es tan sólo en las malas películas de vaqueros, pero me mordí la lengua.

En cualquier caso, le mostramos la carta de Adria. La recibió con frialdad.

'¡Cómo que no quería matar a nuestro hijo! ¿Y a quién si no? ¿A Sir Eric?'

Volviendo por fin a casa, le pregunté a Dogan si sabía quién era ese tal Sir Eric. Me comentó que se trataba de Sir Eric Porter-Smith, eminente catedrático de Literatura jubilado que acompañó a Bright en el fatal encuentro con Adria".

sábado, 21 de agosto de 2010

Los Casos de Woodchat Shrike: Un Honrado Amigo (7).

El señor y la señora Adria tenían clase, y ni tan siquiera lo que su hijo les había hecho había logrado despojarles del todo ella. No obstante, se notaba que el dolor les había desgarrado la cara, dejándola como un campo tras la batalla, cargada de arrugas y sombras.

Dogan y yo llamamos al timbre de su casa a primera hora de la mañana, cuando apenas habían transcurrido 24 horas desde la ejecución. Fui presentado como un "empleado de la prisión" -usted comprenderá que tal mentira era necesaria-. Nos recibieron con suma cortesía, nos invitaron a una de las mejores tazas de té que he tomado en mi vida, y escuché uno de los testimonios más amargos, emitido con la entereza de los que pasean por la cuerda floja de las lágrimas sin llegar a caer.

Horace había sido un niño en extremo sensible e retraído. Siempre en su mundo, imaginando cosas y escribiendo cuentos. Decía que escribir era más divertido que leer, puesto que uno crea sus propias historias y no depende de las de los demás. Horace había querido ser escritor desde siempre.

Pero a toda esa ilusión le faltaba la chispa del talento. No escribía bien, y era incapaz de asumirlo. Llevaba intentado publicar algo desde que era sólo un adolescente, pero los manuscritos era rechazado por sistema. Horace no lo podía soportar, tras cada amable carta de negativa de una editorial, montaba el cólera y destrozaba todo lo que tenía escrito en su alcoba. Luego lloraba y lloraba.

Como si de un juego de alquimia se tratara, Horance leía y leía crítica literaria, buscando la fórmula secreta del genio literario, pero el éxito seguía sin llegar. No obstante, gracias a los enciclopédicos conocimientos adquiridos, se había doctorado con honores en Literatura Inglesa.

El único que parecía convencido de que Horace tenía talento era Clive Jenkins (la madre se refirió a él como "ese maldito Jenkins"). Se habían conocido en la universidad y llegado a ser amigos intimos, absorventes, exclusivos. Clive Le animaba a escribir una y otra vez, y Horace lo obedecía ciegamente.

Por fin, y conscientes de que escribir no le daría de comer, sus padres lo habían conseguido convencer de que se presentara a la plaza de la Universidad de Kingsharper, aunque él decía que era "algo temporal hasta que me empiece a ganar la vida como autor".

Al poco de hacerse público que William Bright también optaría a la plaza, Horace, sin mediar causa aparente o explicación, se fue de su casa, y jamás había vuelto a hablar con sus padres.

Cinco días después, Bright había sido envenenado.

En ese momento, les hice entrega de la carta, diciéndoles que me le había dado en el ultimísimo momento. Ellos la leyeron con el pulso tembloroso y, por primera vez, creo que los vi llorar.

'Siempre prefirió expresarse por escrito, hablando se trababa', dijo su madre al terminar. Espero de corazón que sintiendo algo de alivio.

(Puede que usted se admire de mi sangre fría al visitar a los Adria, dado que mi mano fue la que le quitó la vida al hijo de aquellos señores. A mí también me admira la suya, permitiendo que personajes como yo sigamos matando en su nombre. Tenga por seguro que si gente como usted saliera a la calle, yo ya no tendría que matar más.

O quizás usted no protesta porque aprueba lo que hago. En ese caso, limítese a darme las gracias)".

viernes, 20 de agosto de 2010

Los Casos de Woodchat Shrike: Un Honrado Amigo (6).

"De vuelta a mi casa, me puse a echar un vistazo a los cuadernos de Horace Adria. Después de todo, el mismo me había concedido permiso. A mí, y a toda la Humanidad.

No sé mucho de Literatura, prácticamente nada, por lo que no me extrañó que toda aquella poesía me resultara tan carente de sentido y compleja de leer: palabras que no entendía, frases demasiado largas...Y ninguna pista que me pudiera interesar. O, al menos, que pudiera comprender.

No obstante, el esfuerzo no fue en vano. En mitad de una de las libretas había un pedazo de papel doblado, escrito al fin en el idioma que me enseñaron en la escuela. Se trataba de una carta de despedida dirigida a su familia y a la de su víctima, William Bright.

Sin embargo, lejos de deshacer la maraña, la enredaba todavía más. Ahora ya sí que estaba completamente convencido de que la voluntad de Adria no fue que se quemaran esas libretas, pero en la carta afirmaba que su intención jamás fue matar a Bright, que todo había sido un grandísimo error, y que estaba profundamente avergonzado y arrepentido. Tan grande era la vergüenza que sentía, que había sido incapaz de expresarla de viva voz en vida, y sólo se atrevía a hacerlo después de morir.

Afirmar que no era tu intención matar a alguien a quien le pusiste veneno en el té, algo que él mismo había reconocido en el juicio, podría parecer la expresión máxima de cara dura.

Pero, por dictado de la experiencia, no me precipité en mis conclusiones, y sí telefoneé David Dogan. Sin duda, él me podría poner en contacto con las familias de Adriá y Bright. Tenían que leer aquella carta de inmediato".

jueves, 19 de agosto de 2010

Los Casos de Woodchat Shrike: Un Honrado Amigo (5).

"Lo primero era 'retener cautelarmente" los cuadernos. Peadody, fiel a su estilo, me los entregó encogiendo sus hombros y diciéndome que la responsabilidad de todo aquello reposaba en los míos.

Una vez que hube terminado con el cuerpo de Adria, me fui en busca de 'mi hombre en Pentonville". No fue difícil encontrarlo: en el pub más cercano a la prisión.

Entre pinta y pinta, le pedí más detalles sobre aquel amigo que había condenado la obra de Adria a las llamas (aunque me reservé este último detalle). Me comentó que se llamaba Clive Jenkins, y que era un gran tipo, muy cortés y simpático. El único que se había molestado en visitar al condenado. De hecho, le habría gustado estar con él hasta el mismísimo final, pero el reglamento lo impedía y no había excepciones. No obstante, el director le había permitido una última despedida y que esperara en su despacho mientras todo ocurría.

Le pregunté sorprendido si nadie de su familia se había preocupado por Adria, y me dijo que el condenado se había enfadado con ellos hacia algún tiempo y no había querido recibirlos, ni siquiera en tal penosísimo trance.

Para rematar, dejé caer si Horace Adria alguna vez le había comentado qué quería que se hiciera con todo lo que escribía en la celda. Me reiteró lo que ya sabía: 'Que se lo den a mi amigo. Es sabe cuál es mi deseo'. Y eso mismo se había ido a hacer el director nada más terminar.

¿Que se lo den a mi amigo para que lo queme? No, no -pensé para mí-.

miércoles, 18 de agosto de 2010

Los Casos de Woodchat Shrike: Un Honrado Amigo (4).

Lo encontré.

La carpeta, sucia y con ese misterioso pájaro al que tanto afecto estaba cogiendo.

Las misma presentaciones de la otra vez, o parecidas. Con su permiso, se las ahorro y voy al grano del relato.

"Aquí todo es rápido, sin tiempo para discursos de despedida. El condenado lo sabe. Si tiene algo que decir, que lo deje por escrito, porque a las 9 en punto empieza todo y no ha de durar más de un minuto. Al menos para él.

La mayoría no tiene tiempo ni de pensar, menos de hablar. Así está diseñado, así es mejor para todos.

Horace Adria tuvo la presencia de ánimo de susurrarme en sus últimos segundos. 'Todo lo que tenía que escribir, ya lo he escrito. Que la posteridad lo juzgue'.

Se fue feliz y en paz, como se van todos los que sienten que han cumplido la misión que los trajo a este mundo. En su caso, escribir. Según me comentó 'mi hombre en Pentonville', no había hecho otra cosa desde que ingresó en prisión. Compulsivamente, de noche y de día, en libretas que lo acompañaron hasta el final. Había parado dos días antes de su muerte, y lo había dejado todo bien envuelto para que, junto con el resto de sus cosas, se lo entregaran a un amigo que lo había visitado con regularidad. No había tenido palabras para nadie más. Ni una declaración de arrepentimiento, ni una frase de despedida.

Yo, como de costumbre, le eché una mano a Peabody con el cuerpo. 'Este va para incineradora', me comentó con la involuntaria frialdad de los profesionales. 'Pero con propina', dijo al meter dentro del ataúd un paquete.

Yo le interrogué sobre esa 'propina'. Peabody me replicó que eran las libretas del difunto, con las que, según le había indicado el director de la prisión al entregárselas, deseaba que lo quemaran.

Las cosas no me cuadraban. Y soy de los que no descansan hasta cuadrarlas".

martes, 17 de agosto de 2010

Los Casos de Woodchat Shrike: Un Honrado Amigo (3).

De modo casi milagroso, el recoleto y pacífico rincón donde Jenkins me había indicado que tiró las cenizas de su amigo Adria había sobrevivido a eso que llaman progreso y seguía siendo un pedazo de bosque. Jenkins me había dicho que no tenía perdida, y no mintió: "En el patio trasero del pub 'The Jolly Mariner', encontrará un sendero, sígalo hasta que se tope con un arroyo, y en mitad del mismo, verá una piedra grande. Desde allí lo hice".

Muy bien, aquel era al lugar, ¿pero dónde encontrar el ansiado manuscrito?

Primero pensé en husmear en el propio pub, pero me pareció del todo improbable que hubieran pasado tantos años y nadie hubiera encontrado nada. En ese mismo momento, me percaté de que quizás yo no era el único conocer de los secretos testimonios de Woodchat Shrike, de que era posible que otra persona (u otras) como yo hubieran hallado sus relatos y que, también al igual que yo, estuvieran recorriendo todo el país en busca de la siguiente historia. Por pura higiene mental aparqué ese pensamiento y volví a centrarme en mi búsqueda.

¿Cavar? Sí, ¿pero dónde? Recorrí el sendero con la vana esperanza de encontrar algún indicio en sus orillas, busqué alguna pista en las húmedas tierras cercanas al arroyo e incluso me remangué los pantalones para, zapatos en mano, examinar la piedra de autos. Nada.

Cansado, deprimido, casi rendido, me senté a la sombra de un árbol con la desesperada esperanza de, cual Isaac Newton, la solución me golpeara en la cabeza.

Lo que me cayó fue un hermoso excremento de pájaro. Presa de la rabia, me levanté, aun sabiendo que sería imposible vengarme de mi agresor. Seguramente, ya estaba en su nido, seguro y partiéndose el pico de la risa a mi costa.

Sí, en una alta rama, o quizás refugiado en el interior de alguno de esos troncos huecos.

Troncos huecos.

Me sentí una versión pobre y escatológica de Sir Isaac.

Me sentí feliz y empecé a buscar el tronco hueco y discreto que ocultaba el preciadísimo botín.

lunes, 16 de agosto de 2010

Los Casos de Woodchat Shrike: Un Honrado Amigo (2).

El ya muy anciando Jenkins me abrió la puerta. Vivía sólo, aunque una señora -decían las malas lenguas que incluso más vieja que él- venía con regularidad a sacarle de los líos domésticos.

Me condujo a su típico salón de casa británica y me invitó a tomar asiento (y a ninguna otra cosa, con la torpeza propia del anfitrión soltero).

-Usted dirá.

-Mire, es un asunto un tanto delicado y le ruego le perdone si le resulta de mal gusto...Tiene que ver con su amigo, el señor Horace Adria.

-Doctor, si no le importa.

-Sí, perdón.

-¿Qué quiere saber? Si es por lo del crimen, todo lo que le puedo contar ya se encuentra en las hemerotecas. Como comprenderá, las confidencias que me hizo mi amigo me las voy a llevar a la tumba.

-No, no es eso. Lo me a mi me interesa...A ver cómo digo esto...Es lo que dejo tras de sí...Sus cenizas...

-¿Cómo dice usted?

-Ya le anticipé que mi interés tenía algo de extraño y mucho de desagradable. No le puedo explicar la razón, dado que no la iba a creer, pero para mí es importante saber qué hizo usted con los restos del señor...del doctor Adria.

-¡Debe ser usted la persona más morbosa que he conocido en toda mi vida! Pues miré, si su deseo es llevarse un recuerdo de mi amigo, siento decepcionarle. Las cenizas de mi amigo fueron esparcidas en un bosque algunas millas al sur de Londres. Él mismo así me lo había rogado.

-¿Cuándo?

-Al poco de la muerte de mi amigo, la misma mañana que dos empleados de la funeraria me las entregaron en un una urna. Ellos mismos tuvieron la amabilidad de ofrecerse a llevarme en su vehículo, y echarme una mano en caso de que me temblara el pulso o me fallara el ánimo.

-¡Woodchat y Peabody!

-¿Cómo dice?

-¡Me podría indicar dónde está ese bosque, el lugar donde tiro las cenizas! ¡Es de capital importancia!

-¿Usted está loco o que?

-¡Es lo último que le pido, señor Jenkins!

-¡Doctor Jenkins, si no le importa!

domingo, 15 de agosto de 2010

Los Casos de Woodchat Shrike: Un Honrado Amigo (1).

No fue complicado localizar Horace Adria, puesto que sabía dónde buscar.

Poco después de la Segunda Guerra Mundial, el señor Adrida, doctor Adria, mejor dicho, había envenenado a su principal competidor por la Cátedra de Poesía Inglesa Contemporánea en la Universidad de Kingsharper. El caso no había presentado especiales dificultades para la policía. Adria había cometido todos los errores del asesino primerizo y confesó entre lágrimas a las pocas horas de ser detenido.

Lo irónico -trágico- del asunto era que la víctima, William P. Bright, era uno de los más prometedores poetas jóvenes del país. Como muy gráficamente declaró un alumno de la facultad a la prensa: "Esta debe ser la reducción de temario más violenta de la historia de la enseñanza".

Horace Adria fue juzgado, condenado y ahorcado en la prisión londinense de Pentonville. Seguramente, por mi flamante y misterioso amigo, "Woodchat Shrike".

¿Qué se escondía detrás de toda esa historia? ¿Qué secretos inconfesables me iba a revelar Woodchat? ¡Ardía en deseos de saberlo!

Intuía que, como en el caso anterior, tenía que seguir la pista del cadáver para toparme con la verdad. Pero, para mi desagradable sorpresa, averigue que Horace Adria, por propio deseo, había sido incinerado y sus restos, junto con todas sus posesiones, entregados a un tal Clive Jenkins, su mejor amigo.

Y mi única pista.

Por fortuna, Jenkins resultó ser un crítico de cierto prestigio en los círculos literarios y no me fue difícil localizarlo y concertar una entrevista.

sábado, 14 de agosto de 2010

El Comandante Más Valiente del Mundo.

El laureado comandante entró en el aula, y los jóvenes cadetes se levantaron como uno, en instantáneo alarde de perfección coreográfica. Cosas del respeto y la admiración.

El oficial los sentó con un gesto de cabeza y tomó un trozo de tiza para comenzar la lección. Escribió en la pizarra, con su caligrafía clara y marcial.

"La Rendición".

Los alumnos se miraron, y un levísimo rumor inundó la sala. Sin duda, su maestro los iba a obsequiar con una antológica arenga contraria a deponer las armas ante el enemigo.

-Bien, señores. Llegado hipotético el caso de una rendición, los pasos a seguir son los siguientes: En primer lugar, se mostrará -en lugar donde se pueda ver con claridad- una bandera blanca o, en su defecto, cualquier otro elemento de dicho color; a continuación, se esperará a que cese el fuego enemigo-de existir éste-, y se pasará a abandonar nuestro refugio o parapeto, con las manos en alto y claramente desnudas...

Susurros con aceleración de volumen fueron acompañando a las palabras del comandante, hasta llegar casi a gritos. El profesor se giró e interpeló desafiante y frío a sus alumnos.

-¡Las preguntas cuando terminé la explicación, señores!

Entonces habló Solis, que iba de cabeza para primero de la promoción.

-Con el debido respeto, mi comandante, creo hablar por boca de todos mis compañeros cuando le expreso la sorpresa, indignación y pena con que recibo sus palabras. ¡Enseñarnos cómo rendirse a nosotros, que hemos jurado dar la última gota de sangre por nuestra Patria! ¡Y usted, el más bravo entre los feroces ante el enemigo!

-En efecto, Solis, pero no olvide que la Patria son las personas, no las piedras. Todos daríamos la vida propia a cambio de otras vidas. Pero por un puñado de campos o un pedazo de mar, lo más que debe entregar es un poquito de sangre. Si el fuego ya hizo evidente que ellos son más y mejor equipados, es absurdo defender lo que perdido ya está.

-Pero...¿Y el Honor, el Orgullo..?

-Llenando demasiadas tumbas inútilmente, caballeros.

Los estudiantes tomaron asiento y comenzaron a escribir en silencio, admirados por un guerrero que había demostrado que el valor no está sólo en luchar en la guerra, sino también en hablar en la paz.

viernes, 13 de agosto de 2010

La Pereza de Lucro (Ese Enemigo de la Economía).

Imagine que es usted dependiente de librería ajena. Imagine que se le presenta un individuo con la intención de adquirir un libro expuesto en el escaparate, cuyo importe es más bien discreto. Imagine que para acceder a dicho libro tiene que mover un pesado mueble situado detrás del escaparate. ¿Qué haría usted?

No hace falta que imagine más, la cruda realidad es que el dependiente dijo -me dijo-, que el libro estaba defectuoso y que no me lo podía vender. A la salida de la tienda, perplejo y decepcionado contemplé a mi presa fallida, perfectamente envuelta en plástico transparente. De cómo ese tipo sabía que un libro sellado estaba defectuoso, ni idea. De por qué tener un producto que no podían vender en el escaparate, menos idea todavía.

Por fortuna, conocía a un buen cliente de la tienda, y para él sí movieron mueble.

Moraleja, cuando la comisión es mísera o inexistente, el trabajador no se deja la piel. Pero sospecho que estos pequeños detalles, esas "compras interruptus" por pasotismo puro del empleado, hacen cierto daño a la Economía.

¿Exagero? Le aseguro que fue la falta de entusiasmo de los dependientes de cierta librería madrileña de importación lo que me impulsó a empezar a comprar los libros (de aviones) directamente por Internet hace siete años.

Raro es el mes que no me caen uno o dos. Saque usted la cuenta de lo que un negocio puede perder a causa de la apática antipatía de su personal.

Sí le.

jueves, 12 de agosto de 2010

Por Qué Ella No Se Casó con Él.

Estaban hechos el uno para el otro. O eso creía él, o eso creía que creía ella.

El caso es que, veinte años después de que ella lo dejara más plantado que un tahúr con seis y media, la casualidad o el destino los volvió a juntar.

-Oye, te voy a hacer una pregunta...No es rencor, que a mí eso se me acabó muriendo, es simple curiosidad...

Ella lo interrumpió, como el niño empollica que canta la lección antes de que el maestro le termine de formular la pregunta.

-¿Te acuerdas de los paseos que dábamos a la luz de la luna, y cómo me decías que esa misma luna de nuestro pueblo era lo más bonito del universo, quitando yo?

-¡Hombre, reconozco que era un poquito cursi! Pero estaba en edad y situación, tampoco pienso que aquello fuera para salir pitando...

-No, si me encantaba, que yo también estaba en edad y situación...

-¿Entonces?

-Entonces llegaron las fiestas del pueblo, y los fuegos artificiales aquellos, y tú te quedaste mirándolos embobado, ignorando por completo a aquella pobre luna que estaba allí, plantada para ti.

-Pero es que los fuegos eran novedad, y a la luna...

-...A la luna la tenías muy vista, y sabías que estaría allá arriba al día siguiente y al otro, esperando como una tonta a que tú te cansaras de la novedad esa tan vistosa y tan artificial.

-Ya.

-Pues eso.

-Quizás fue mejor así.

-Para mí, desde luego.

miércoles, 11 de agosto de 2010

¡Que No Te Pille el Toro! (Aquí También el Que Corre Vuela).

Seguro que si le digo "corredor de Sanfermines", se le viene a la cabeza un señor calvo y de bigote, y puede que hasta se acuerde de que se llama "Julen" (esto mismo les pasa a todas las televisiones, que, año tras año, nos obsequian con la entrevista de rigor).

Julen Madina forma parte de la élite de "Los Divinos" (apelativo que ignoro si es fetén o un invento para impresionar al turismo) y, desde luego, tiene el tremendo mérito de correr delante de los toros. Aunque, sospecho, el realmente peligroso es el chavalote del mismo Little Rock, Arkansas, que empapado del espíritu de Hemingway (aunque no tanto como de vino barato), corre a su lado (dando mucho por allá).

El señor Madina dispone de su propia página web (a un sólo golpe de Google de distancia), donde ofrece sus expertos servicios como preparador para aspirantes a "tauroatletas", incluyendo la parte física y psicológica del tema.

Sin duda, una buena idea para evitarle a más de uno un susto.

(y, supongo, de paso sacarse una perrillas...Lo dicho, "que el que no corre, vuela". Aunque, que conste, me parece lo más lícito del mundo, que este señor lleva la tira de años jugándose su poderoso bigote).

martes, 10 de agosto de 2010

Yo Nunca Tuve un Yoyó Russell.

Es (uno más) de mis traumas infantiles.

Seguramente, si usted tiene menos de 30 años, sabe qué es un yoyó, pero nunca se ha molestado en jugar con uno. (Normal. Sin duda, si yo hubiera tenido una Play-Station con 8 años, también le habrían dado morcillas a todos los juguetitos simplones de la época. Por suerte no fue así, y desarrollé una capacidad de divertirme con poca cosa que atesoro como una de mis más preciadas facultades).

El caso es que, en aquellos ya remotos años 80, el dichoso yoyó se ponía de moda, y durante un par de semanas no se hacia otra cosa en el patio (y luego se iba tan rápido como había venido, y nos daba por cualquier otra locura efímera, como los cromos de Disney o las vueltas ciclistas de chapas).

El Yoyó (con mayúsculas) era el de la marca Russell, que se presentaba en diferentes modelos de 2, 3 y 4 estrellas (creo que de 1 no había y los de 5 no estaban a la venta, la única manera de conseguirlos era ganando un campeonato).

Pues resulta que yo jamás tuve uno, e ignoro la razón. Quizás porque no eran baratos, y mi familia se negó a pagar de más por un producto que -sin duda- acabaría condenado a cadena perpetua en el fondo de un cajón en pocas semanas. O puede que no los encontraran o que yo no fuera suficientemente explícito en el enunciado de mi capricho.

Sea como fuere, terminé con un yoyó chucho de color morado, con el que era absolutamente incapaz de ejecutar todas las figuras que mis compañeros repetían hasta la saciedad con sus "Russells" (léase "el perrito", "el columpio"...)

Yo achacaba mi fracaso a no disponer de un yoyó de primera división, pero lo cierto es que había un niño en mi clase con el peor yoyó del mundo al que le salían todos los trucos imaginables...

Afortunadamente, la moda se pasó y aquel modesto yoyó acabó en el fondo de un cajón.

Un lugar donde todos los yoyós, Russell o no, son iguales.

lunes, 9 de agosto de 2010

Persónajes Históricos que No Existieron (Pero Deberían).

Abdul Minales: Guerrero otomano de sobresaliente torso.

Alí-Hera: Introdujo en España en el año 902 el concepto de meter prisa.

Arjen Van de Reta: Músico holandés, destaca especialmente por sus villancicos.

Bolinga: Mítico caudillo celta que se pasaba todo el día borracho.

Celúlitis: Filósofo griego, más célebre por su piel de naranja que por su pensamiento.

Giacomo Caliente: Seudónimo que adoptó el escritor veneciano Vaia Gazuzza cuando por fin consiguió salir de la pobreza.

Kawasakiano: Emperador japonés, contemporáneo de Vespasiano.

Macarnin, Harrisin y Ringin: Los compañeros de Lenin.

Marco Segundo Primo: Senador romano inventor de los prefijos telefónicos.

Pierre Sinn: Fakir francés del siglo XVIII, muy dado a agujerearse la anatomía.

Richard de los Bosquejos: El primo pintor de Robin. Su ideal era retratar a los ricos para decorar las casas de los pobres, pero nunca terminaba sus cuadros.

domingo, 8 de agosto de 2010

Para que los Amantes de los Datos Vuelvan con su Mujer.

Si usted repasa la historia de la Selección Española de Fútbol en las fases finales de los mundiales, el equipo estadísticamente más goleador (8 goles en 3 partidos, 2.6 de media) es el del Mundial de Francia-98. No pasaron ni de la primera fase. A la historia sí que pasaron -me temo- como una de las mayores decepciones del fútbol patrio.

En cambio, los flamantes campeones de 2010, apenas superan el gol por partido (8 tantos en 7 encuentros, a 1.14 por día). Se trata de la peor media goleadora de la Selección desde el Mundial de España (donde metieron sólo 4 goles en 5 partidos. Todavía me dura el trauma). En México-86 la media fue de 2.2; En Italia-90, de 1.5; en EEUU-94 y Japón-Corea-02, de 2; y en Alemania-06, de 2.25.

Esto, unido al hecho de que España ha sido el primer combinado nacional de la historia en ganar un Mundial metiendo menos de 10 goles, parecería indicar que el equipo era un puñado de chavales corajudos y muy disciplinaditos pero poco talentosos que se encerraban atrás, y que fueron pasando las eliminatorias -para sorpresa propia y ajena- por la gracia del simpático "Duendecillo de la Acción Aislada y con Mucha Potra".

Pues nada, para que se siga fiando usted de los datos, o, mejor dicho, de los que se los presentan e interpretan.

sábado, 7 de agosto de 2010

Gracia del Río (Un Pueblo con Poco de Ambas): Escuela de Sirenas.

La piscina municipal "Jacques Cousteau", obviamente, no fue inaugurada por Jacques Cousteau, pero, al menos, se leyó un telegrama de agradecimiento del francés (que Marcial había falsificado oportunamente).

Tiene la piscina como socorrista titular a Gregorio Vazgaño, al que su adicción a los helados le ha hecho ganarse el apelativo de "El Crocanti". Y también una panza de categoría.

La estampa de "El Crocanti", repanchingado en una silla de playa, con la barriga asomando por la camiseta de tirantes, vigilando al personal a través de unas gafas de sol pasadas de moda -y siempre mordisqueando un polo de chocolate- da poca sensación de tranquilidad a los bañistas.

El socorrista suplente es el hermano del propio Gregorio, Tomás Vezgaño. Tomás es más cuidadoso con su estado físico, lo malo es que no sabe nadar, lo que hace que todos le conozcan como "El Submarino".

Interrogado sobre el particular por la autoridad más o menos competente, "El Submarino" dijo en su defensa: "¡Da igual, si a alguien le pasa algo, me tiro y nos ahogamos los dos juntos!"

Ante tan racial argumento, no hubo más remedio que mantenerle en su puesto.

En fin, que el caso es que la gente en Gracia del Río, cuando hace calor, prefiere zambullirse en el cálido abrazo de las frías aguas del río Guirlachuelo.

viernes, 6 de agosto de 2010

Gracía del Río (Un Pueblo con Poco de Ambas): Corticera Da Marcha Atrás.

El garaje de Diosdado es de "vado permanente", con su "aviso grúa" y todo.

Corticera y Diosdado perdieron su antigua amistad por un lance de juego (vamos, que se picaron a voces jugando al dominó).

Esa misma tarde, Corticera, cegado por la chulería y sediento de humillar a su flamante enemigo, le plantó el turismo delante del vado y le escribió debajo del cartelito de "aviso grúa": "¡No hay cojones, Diosdado!"

Al día siguiente, debajo de lo anterior ponía: "¡No me busques, Corticera, que me encuentras!"

Debajo de lo cual apareció: "¡Pero qué grúa, animal, si no hay en el pueblo!".

"¡Pues la traigo de la capital!"

"¡Vamos a verla, desgraciado!"

Para evitar males mayores, al rato el Cabo Requejo se personó en el domicilio de Corticera y, a punta de pistola, le obligó a retirar su vehículo del vado.

"¡Sí, sí, pero la grúa no la veo por ninguna parte!", le oyeron gritar mientras metía la marcha atrás.

jueves, 5 de agosto de 2010

Gracia del Río (Un Pueblo con Poco de Ambas): El 600 de Diosdado.

A Emiliano Diosdado, un tal Pablo Ruiz Picasso le había arruinado la vida.

Resulta que Diosdado tenía, posiblemente, el coche más reluciente de toda la provincia: un Seat Seiscientos de lavado casi diario y encerado casi semanal. El orgullo de su propietario y la envidia de todos aquellos capaces de envidiar un coche impoluto.

Hasta que María, la señora esposa de Diosdado, se empeñó en ir a conocer Francia (con los niños, claro está).

El Seiscientos se comportó como un auténtico jabato, devorando kilómetros (despacito, eso sí), pese a ir lastrado con más kilos de los necesarios y razonables. Y, por lógica, hizo su entrada triunfal en París sucio como el sueño de un adolescente salido.

Diosdado, en estado de mística agonía automovilística, estaba loco por aparcar a la familia en el modesto hotel e ir en busca de un taller donde vendar las heridas de su fiel montura.

Fue entonces cuando paró en aquel fatídico semáforo.

Pablo Picasso cruzaba en ese momento y, por esos ramalazos que les dan a los genios, se paró delante del capó, escribió: "¡Lávalo, guarro, que no encoge!", pintó una cara sonriente, firmó y se marchó por la acera de enfrente a la que había venido.

Fin de las vacaciones y comienzo del calvario de Diosdado.

Desde entonces, el Seiscientos duerme en un garaje del que no sale ni para perder aceite. Y, lo que es peor, desde entonces el auto no ha visto una gota de agua.

Diosdado sufre en silencio y derrama lágrimas interiores cada vez que contempla a su amado turismo cubierto de una capa de roña perpetua. A menudo le entra la tentación de mandar tanta mierda a la ídem y devolver al coche a su anterior estado de esplendor, pero entonces se acuerda de su histórica responsabilidad con el patrimonio artístico de la humanidad y se reprime.

miércoles, 4 de agosto de 2010

Gracia del Río (Un Pueblo con Poco de Ambas): Comida en el Plato.

"Peralín", siempre tan preocupado de buscarles las vueltas a los mayores, y, de paso, resolver sus dudas.

-Padre, ¿Dios se enfada si un niño se deja comida en el plato?

El Padre Cosme, siempre tan dado al lucimiento en los callejones morales sin salida.

-No, hijo, Dios se enfada cuando hay mayores que consienten que haya niños que no tienen comida que dejarse en el plato...Pero, cuando tu madre te diga eso para que te termines las acelgas, no le digas nada de esto, te callas y te las comes.

"Peralín" sonrió y se fue para casa. El Padre Cosme resopló, aquel renacuajo siempre acababa ganando la partida.

No era la primera vez que al Padre Cosme le hacían esa pregunta. En aquella ocasión dio la misma respuesta, y la otra parte se enfadó mucho con él. El caso es que la conversación, cada vez más tensa, se cerró con un: "¡Pues yo seré un demagago de mierda, pero lo prefiero a ser un hijo de la grandísima, que es lo que son ellos y usted!"

Ya le dije yo que el Padre Cosme tiene un pasado.

martes, 3 de agosto de 2010

Recordando al Olvido.

Qne no le engañen, los monumentos, más que para homenajear, están para que no se olviden de uno.

Porque el ser humano es de memoria corta, caprichosa y cabrona.

¿Por qué razón sino se gasta la Coca-Cola una pasta en publicidad? Porque, de lo contrario, al poco tiempo de cesar los anuncios, el personal empezaría a beber otros nombres que le suenan más frescos, y se olvidaría por completo del "Agua de Georgia". Todos los buenos ratos que la Coca-Cola nos hizo pasar -solos o en compañia (tanta la Coca-Cola como nosotros)- no servirían para evitar la traición y el olvido.

Porque la lista de los olvidados es larga y dolorosa.

Injustamente olvidados.

La Sociedad dice abominar de la Injusticia, y públicamente escupe a sus embajadores a la luz del día, pero recibe feliz a sus rameras cuando cae la noche.

(Esta frase va un poco con calzador, pero se me ocurrió ayer, me gustó y estaba loco por meterla).

lunes, 2 de agosto de 2010

Confesiones del Ministro de Deportes de la R.P.P.

Ser Ministro de Deportes de un país minúsculo como la República Popular de Poliespán no es sencillo.

De entrada, tenemos poco territorio y menor población, por lo que sacar deportistas de calidad (o de cualquier tipo) no es sencillo. Es por eso que no hemos tenido muchos éxitos en el panorama deportivo internacional (ninguno, de hecho) . En cambio, en los campeonatos nacionales gran parte de la medallas son para nuestros atletas.

De todas las disciplinas de atletismo, es la Maratón la que nos da mayores problemas, a saber:

1-Encontrar un ciudadano que tengo los arrestos de hacerse corriendo 42 kilómetros de un tirón.

2-Que el país es tan minúsculo que no hay manera de correr más de 30 kilómetros sin meterse en el del vecino.

Hace años tuvimos a un chaval -Dragan García-, que no era mal fondista. El problema era que tenía un pésimo sentido de la orientación, por lo que en una carrera de 20 kilómetros, por aquello de que se perdía, acababa recorriendo más del doble. Total, que hizo lo mejor que podía hacer y se retiró del atletismo. Como él decía: "Para mí, lo importante no es ganar, sino encontrar la dichosa meta".

Su hermano -Mihail García- tampoco se aclaraba mucho con lo del recorrido de las carreras. Este tenía más delito, porque era velocista. El inventor de los 100 metros lisos de 190 metros.

Hubo un tercer hermano García, que era boxeador. Fue, de los tres, posiblemente el que más corrió durante su carrera deportiva.

En fútbol, en cambio, hemos hecho grandes progresos y puedo afirmar, con gran satisfacción, que la gran mayoría de nuestros árbitros, y un número importante de jugadores, entiende lo del fuera de juego.

Soñamos, en suma, con lograr algún día un gran triunfo internacional, y que nuestros deportistas hagan un desfile triunfal por las calles de la capital. Pero el nuestro será en condiciones: no sólo con los muchachos saludando entre vítores desde el techo de un autobús, sino que los jugadores del equipo perdedor de la final irán detrás, cargados de cadenas y listos para ser vendidos como esclavos.

(En fin, que de ilusión también se vive).

domingo, 1 de agosto de 2010

El Papá y la Mamá.

-¡Tres para septiembre y se va cinco día de cachondeo con sus amigotes!

-Déjale, tiene que descansar.

-¿Descansar qué cansancio? ¡Será el del año de juergas que lleva!...¿Y dónde dices que van a dormir?

-En tiendas de campaña.

-¡Qué idea tan buena!

-Con veinte años, todo parece una buena idea.

-Ya, pernoctando al raso, comiendo lo que puedan, y con la higiene básica complicada. ¡Mira, iba a mandarle a la mierda, pero ya veo que se ha ido el solito!

-¡Está en la edad!

-Sí, pero cuando yo tenía su edad, nunca hacía cosas ni a deshoras ni en deslugares.

-No me tires de la lengua, Álvaro.

-¡Aquello era diferente!

-No, ese es nuestro gran error. Creer que somos diferentes. Somos todos iguales, y siempre lo seremos. Al igual que los países que olvidan su historia cumplen condena de repetirla, las familias también olvidan su pasado y lo acaban repitiendo. Así que haz como yo, aférrate al rollo ese de que "tiene que equivocarse y así aprender".

-Por tanto, tengo que quedarme de brazos cruzados mientras mi hijo comete los mismo errores que yo cometí.

-Sí no quieres acabar en un psiquiátrico, sí.