Cuando la noticia llegó al pueblo, el abuelo del actual cabo Requejo, que también era el cabo Requejo, se personó en el Ayuntamiento a tomar el mando en nombre de los sublevados, por la fuerza de las armas, si era necesario.
No, no lo fue. Eran las nueve de las mañana y allí no había nadie. Así que, con toda tranquilidad, llamó a sus superiores y les comunicó que Gracia del Río era territorio Nacional. Recibió la orden de detener y encarcelar a todos los izquierdistas significados del pueblo. La tarea era sencilla, porque sólo había uno: Peral, secretaria general y único integrante de la Unidad Obrera de Gracia del Rio (U.O.G.R). Acató la orden y se fue a ver si lo pillaba en el bar. No lo encontró allí, así que decidió hacer un respiro en su búsqueda para desayunar. Luego, se le echó la hora encima y se marchó a casa a comer, dejando su histórica misión para más tarde.
Peral llegó al Ayuntamiento a eso de las once, también enterado de la noticia. Tomó el poder en nombre de todos los trabajadores del mundo, colectivizó las tierras y también se fue a comer.
Así fue como Gracia del Río, acabó -formalmente- en manos de ambos bandos. Pasada la novedad inicial, Requejo y Peral se dejaron llevar por la pereza y fueron dejando sus deberes de trascendencia histórica para otro día.
Siendo como era y es una localidad minúscula de nulo interés estratégico, económico y simbólico, pasaron un par de años hasta que un grupito de militares del ejército de Franco se personaron en el pueblo. Prevenido por un campesino, el cabo Requejo salió a recibirlos acompañado de otro hombre.
-¿Está usted al mando?
-Sí, soy el cabo Requejo de la Guardia Civil.
-¡Bravo! ¿Todo bajo control?
-Absoluto.
-¿Quedan rojos en el pueblo?
-Ni uno solo. Los pasamos todos por las armas, ¿verdad, Peral?
-Sí, mi cabo.
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