Pensó en su pueblo. En la fe que habían demostrado en él, en el odio que le tenían al Dragón, recordó los aplausos de los hombres y las lágrimas de las mujeres al verle partir. Sí, no les podía fallar. Él sería su libertador. Él aniquilaría al origen de tanta muerte y destrucción...
La cabeza del Dragón pesaba más de lo que el había calculado, pero le daba igual. Los vítores de su gente lo llevaban en volandas al palacio del Rey, donde iba a entregar la prueba de que, por fin, eran libres de tanto mal. El Dragón ya no se llevaría más vidas inocentes.
En el salón de trono, el Rey en persona lo recibiría en audiencia privada. Mientras lo conducían hacía allí, ensayó por enésima vez un cursi discurso con el que presentaría la cabeza del Dragón ante el Soberano.
-¡Mi Señor, aquí os presento la testa sin vida de...!
El Rey levantó la mirada del suelo y se la clavó en los ojos. Era más fría, más temible y más iracunda que la del Dragón. Esta vez, sí se permitió el lujo de temer.
-¡Imbécil! ¿Qué has hecho?
Se quedó mudo.
-¡Yo te lo diré, bastardo! ¡No has arruinado a todos!
Se quedó incluso más mudo.
-¿Te fijaste bien en lo que había en la guarida?
-Mi Señor...los restos de aquellos valientes que...
-¡Aparte de esqueletos! ¿Qué más había?
-Mi Señor...
-¡Cacas, mierdas, boñigas del Dragón! ¿Y sabes lo que hay dentro de ellas? ¡Oro, el maldito oro que la mantiene la economía de este Reino! ¿De qué vamos ahora a vivir ahora? Mi acuerdo con el Dragón era ese, le surtíamos de carne humana, y él, a cambio, nos regalaba su mierda. Pero, por tu maldita culpa, desde este momento somos pobres...Sí, hijo, yo tenía que hacer como que odiaba al cruel y despiadado asesino -¿qué habrían pensado mis súbditos de mí si no lo hubiera hecho?- pero resulta que me era absolutamente necesario.
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