Sí, lo reconozco, soy muy dado al agobio, ¡qué le vamos a hacer!
Es de nacimiento, pues nací a la 1 de la mañana por no tener a la gente esperando mucho rato (que el médico y la comadrona se querrían ir ya a sus casas).
Crecí agobiado, pensando en cómo iba a recuperar asignaturas que, al final, nunca suspendí.
Y ahora vivo y trabajo agobiado, buscando a cada instante que todo lo que tiene que salir bien encuentre sin problemas la salida.
Son legión los que me dicen: "No te agobies, si está saliendo todo muy bien", y no se dan cuenta de que, quizás, precisamente el agobio es el motor de que todo marche sobre ruedas.
Los envidio, no obstante, porque fueron capaces de asimilar aquel viejo principio nacido en el mundo del teatro, por el cual las cosas siempre terminan arreglándose.
O quizás es que son personas que han fracasado con cierta frecuencia en sus vidas, y, por tanto, están familiarizadas con el fracaso y no le temen, sin duda porque no es tan fiero como lo pintan.
Pero yo, en cambio, no tenía por costumbre suspender exámenes, y por eso le tengo auténtico pavor a que las cosas no salgan bien. Y del pavor nace el agobio.
Pero, insisto, no tengo la menor duda de que los agobiados como yo somos los que, en gran medida, movemos al mundo. Porque queremos que todo salga bien, y nos entregamos para intentar que así sea. Y eso es, indiscutiblemente, bueno.
En resumen, que es mil veces mejor un agobiado que un pasota.
Y paro ya de escribir, que tengo otras mil cosas cosas que hacer, y me está subiendo un agobio por todo lo que es la columna vertebral con aparato de boca seca y sudor frío incluidos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario