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jueves, 20 de octubre de 2011

Al Servicio de las Puertas.

Nunca en mi vida he habitado una casa con puerta de servicio, y eso imprime carácter. El carácter de que, para mí, todas las puertas, con tal de que te dejen pasar, son iguales.

No es lo mismo para cierta gente, la misma gente que inventó las puertas de servicio.Curioso concepto.

Sí, curioso, eso de que haya personal tan pendiente del asunto de las clases, que tiene que clasificar hasta las puertas de su casa. Y que una puerta sea la de la gente noble, la de los señores y los amigos de los señores y la del señor doctor, que viene a pasar consulta.

Mientras que otra es la de la "chica-muchacha-chacha" y el repartidor del super-mercado.

Porque, claro está, aquí siempre ha habido clases.

En el fondo, igual se trata de un trauma nacional, un trauma heredado de la historia. Quizás es un asunto cultural manifestado en las puertas grandes de las plazas de toros o las puertas elegidas para que entren en las ciudades los generales victoriosos. O en la puerta de atrás de los perdedores, o en la puerta falsa por la que se escapan los golfos.

Vamos, que aquí uno vale la puerta por la que pasa.

(O por la que una puede permitirse pasar, que es de sobra sabido que el dinero abre muchas puertas, o hace que te las abra un señor de uniforme, e incluso, si se tercia, el vil metal o el papel bellaco pueden hasta derribar puertas).

El concepto de "puerta de servicio" tuvo su prolongación natural con la llegada de los "ascensores de servicio". Para que se haga usted una idea de lo que pienso de ellos, tan sólo le comentaré que yo me crie en una casa sin ascensor.

Termino concluyendo, por fin, que me huele que este país hay mucho "gilipuertas".

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