Cuenta la leyenda (bueno, en realidad me lo estoy inventado yo ahora, pero empiezo así porque queda más bonito, y, en cualquier caso, ya sabe usted que soy un licencioso poético) que los dioses, en respuesta a las súplicas de un pueblo que se veía amenazado por invasores extranjeros, cogieron a cinco lugareños y les dotaron de poderes especiales para hacer frente al enemigo.
Cuando éste llego, allí estaban los divinos salvadores, y los dioses los contemplaban satisfechos desde las alturas:
-¡Mirad, ese es Burgeín, al que dimos el don de la Fuerza!
-¡Y ése es Aareke, con el don de la Sabiduría!
-¡Gereryo, dotado de la Velocidad!
-¡Jurepano, al que le entregamos la Elocuencia!
-Pero. ¿y Hermanet? ¿Dónde está?
-Es que a ése lo que le dimos fue el Escaqueo.
La historia es un tanto tonta, pero ilustra una profunda convicción que yo tengo, la que de la capacidad, más bien el don, de escaquearse es una de los mejores regalos que la Naturaleza ( o la Educación) le puede hacer a un ser humano.
El escaqueo te permite ahorrarte un montón de malos tragos, otro montón de ratos aburridos, por no hablar de montañas inmensas de pesado trabajo. Y todo ello, lo mejor y más importante, sin sufrir ningún tipo de consecuencia negativa.
Por supuesto que opino que el escaqueo es de los más reprobable desde el punto de vista moral, pero, reitero, el que lo domina y no le pesa en la conciencia lleva una existencia mucho más sencilla y plácida.
Ah, que no le he contado el final de la historia. El pueblo se salvo, aunque a costa de que Burgeín, Aareke, Gereryo y Jurepano dieran su vida en el campo de batalla.
Hermanet, por supuesto, consiguió que nadie le echara nada en cara..
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