Había perdido la cuenta de todas las manos que había estrechado en los últimos diez minutos. Sentía ese agradable y raro cansancio que dejan los nervios cuando todo ha salido bien, muy bien, de hecho. La estudiada coreografía mil veces ensayada se había representado a la perfección, y la química había hecho el resto. Nada más terminar, se había echado la cortina que separaba tras el cristal que separa a los testigos de la cámara de ejecución, y Pete había indicado educadamente que era el momento de desalojar. Los familiares habían salido precipitadamente y se habían dirigido a toda prisa hacia los coches que les esperaban en el aparcamiento. El resto se lo tomó con más calma, comentando la jugada. El dictamen era unánimemente positivo. El tipo sureño lo resumió a la perfección. "¡Me parece que usted y yo vamos a hacer negocios juntos, amigo!"
* * *
Había pasado un año desde la primera ejecución y el negocio seguía avanzando, mas no tan rápido como todos habrían deseado. Aunque ya tenían firmados contratos con cinco estados, únicamente habían tenido una decena de "noches especiales", de las que tan sólo se habían concretado dos y, lo peor de todo, parecía que el interés general cada vez era menor. Se estaba pasando la novedad.
Fue entonces cuando el alcalde Nichols tuvo una feliz ocurrencia. Había que ofrecer más atractivos al visitante. De ahí fue de donde vino la idea del museo.
Se recorrió todo el país y se fueron adquiriendo multitud de objetos relacionados con el crimen y el castigo. Todos ellos pasaron a formar parte de una exposición permanente alojada en una nave que se construyó pegada al edificio de las ejecuciones.
La visita era guiada y su punto álgido y final era la parada en la cámara de la muerte en activo. Valoraron la posibilidad de que el visitante se pudiera tumbar en la camilla por un extra de dinero, pero al final lo descartaron.
El museo, por supuesto, tenía una bien surtida tienda de recuerdos donde el producto estrella eran las camisetas de "La Capital de la Justicia de América".
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